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Sesenta años con Él. Por Eduardo García Rojas

Cuentan las crónicas que el público salía de las salas de cine con los ojos anegados en lágrimas provocadas por la risa. Y no porque hubieran visto una frívola comedia con la que pasar una tarde de domingo sino, simple y llanamente, porque ese Él les daba risa.

No sé, sin embargo, qué gracia les daba la película.

Tampoco si la risa era nerviosa, escondida, espontánea o un reflejo al empatizar con la historia. 

Quiero pensar así que el sonido de las carcajadas aún debe de escucharse mientras la figura de su director, transparente como la de un fantasma, no deja de fumar cigarrillos y sacudir la cabeza.

Hace sesenta años se estrenó en las pantallas Él, una “de mis películas preferidas” comenta Luis Buñuel en Mi último suspiro, probablemente el libro de memorias más dicharachero de la historia del cine e imprescindible manual para acercarse a la vida y a la obra de un hombre que vio la vida con otros colores.

Él está basado, como todo el mundo sabe –o debería saber– en la novela del mismo título de la escritora tinerfeña Mercedes Pinto, una mujer de turbadora belleza demasiado adelantada a su tiempo.

En esta novela, vuelta a editar hace dos años por Escalera y objeto de un interesante estudio, BuñuÉl, de la investigadora Teresa Rodríguez Hague, y personaje desdibujado en el frustrante documental Ella(s), de David Baute, la escritora volcó las experiencias personales que vivió durante su primera matrimonio. Una unión que fracturó los celos de su esposo y que pronto degeneraron en maltratos.

La acción de la novela se desarrolla en una ciudad –La Laguna– provinciana y encogida en su humedad; y geografía urbana en la que sus habitantes miran hacia otro lado, probablemente para convencerse de que allí, y siempre de puertas afuera, nunca pasa nada.

No es de extrañar que con este material el cineasta aragonés apostara por llevar el relato de Mercedes Pinto al cine en una película en la que dio rienda suelta a muchas de sus obsesiones, entre otra su fetichismo por los pies femeninos, afición que compartió con otro gran clásico del cine: Cecil B. DeMille.

Cuenta Buñuel en Mi último suspiro: “Rodada en 1952 después de Robinson Crusoe, Él es una de mis películas preferidas. A decir verdad, no tiene nada de mexicana. La acción podría desarrollarse en cualquier parte, pues se trata del retrato de un paranoico.

Los paranoicos son como los poetas. Nacen así. Además, interpretan siempre la realidad en el sentido de su obsesión, a la cual se adapta todo. Supongamos, por ejemplo, que la mujer de un paranoico toca una melodía al piano. Su marido se persuade al instante de que se trata de una señal intercambiada con su amante, escondido en la calle. Y todo así.

Él contenía un cierto número de detalles verdaderos, tomados de la observación cotidiana y también una buena parte de invención, Al principio por ejemplo, en la escena del mandatum, del lavatorio de pies en la iglesia, el paranoico descubre inmediatamente a su víctima, como un halcón que ve a una alondra. Me pregunto si esta intuición descansará sobre alguna realidad.”

Protagonizada por Arturo de Córdova y Delia Garcés, entre otros actores, Buñuel volvió a recurrir a un autor nacido en las islas –el director de Los olvidados era un confeso admirador de la obra de Benito Pérez Galdós– para rodar una cinta que, aseguran algunas fuentes, llegó a influenciar entre otros cineastas a Alfred Hitchcock, quien se inspiraría en algunos momentos de Él para filmar el que sigue siendo el filme más extraño de quien fue conocido como el mago del suspense: Vértigo.

Cuentan que cuando un puñado de grandes directores de Hollywood (entre otros William Wyler, Billy Wilder, George Cukor, George Stevens y Rouben Maomulian) celebraron el famoso encuentro con el hombre de Calanda (Teruel), Hitchcock lo recibió con los brazos abiertos.

Claro que había pasado mucho tiempo desde el estreno de Él.

No obstante, pienso que las carcajadas del público nunca terminaron por desaparecer de la cabeza de Buñuel, quien comenta que “la película fue mal recibida. Con algunas excepciones, la Prensa se mostró hostil. Jean Cocteau, que antaño me había dedicado algunas páginas en Opium, declaró incluso que con Él yo me había “suicidado”. Cierto que más tarde cambió de opinión.”

Es probable que la película, como la misma novela de Mercedes Pinto, publicada a finales de la década de los años veinte, se adelantara a su tiempo porque con el discurrir de los años fue descubierta por espectadores que ya no tenían tantas ganas de reír.

O que aprendieron a reír con el universo personal de un cineasta que contribuyó a que este trabajo sea hoy considerado un arte.

Jacques Lacan, que tuvo la oportunidad de verla en una proyección organizada por medio centenar de psiquiatras, tuvo la buena idea de presentarlas a sus alumnos en varias ocasiones. Lo cuenta Buñuel en Mi último suspiro, pero añade: “aunque en Méjico fue un desastre.

“El primer día, Óscar Dacingers salió de la sala absolutamente consternado, diciéndome: “¡Se ríen! Entré en el cine, vi la escena en que –lejano recuerdo de las casetas de baños de San Sebastián– el hombre hunde una larga aguja en el agujero de una cerradura para saltarle el ojo al observador desconocido que imagina tras la puerta, y, en efecto, la gente se ría a carcajadas.”

Pese al fracaso, Luis Buñuel continuó dirigiendo películas en México.

Rodó, de hecho, otras obras maestras: Ensayo de un crimen, Nazarín, El ángel exterminador… Tuvo incluso tiempo de regresar a España y, más tarde, sin encontrar hueco en un país que se había transformado en un cuartel, se trasladó a Francia donde apenas quedó nada del genio de Calanda pero sí de Luis Buñuel.

Claro que eso es otra historia. 

Saludos, mirando hormigas en la palma de mi mano, desde este lado del ordenador.

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