FIRMAS

No soy Elvis. Por Irma Cervino

Los gritos de Anselmo se oyeron hasta la cuarta planta del hospital a pesar de que era su mujer la que estaba dando a luz a su primogénito en el paritorio. Extenuada por el esfuerzo que acababa de realizar para que aquel niño tan deseado llegara al mundo, Jovita no entendía a qué venían los desgarradores alaridos que profería su marido y solo pudo comprenderlo cuando la matrona le dejó al pequeño sobre sus pechos desnudos y sudorosos. Era una bolita de tres kilos y medio y 52 centímetros de largo pero cuando lo giró vio que su carita no era la de un bebé sino la de Elvis Presley con su tupé, sus patillas y su gomina.

Por más que miraba aquella cabecita diminuta, Jovita no daba crédito a sus ojos. Su hijo era idéntico al hombre que su madre tanto admiraba y que fue la causa de divorcio cuando ella apenas tenía cinco años.

– Ya está bien. No lo soporto más Manuela. Estás obsesionada con ese tipo. Se acabó -le oyó decir una noche a su padre y desde entonces no le volvió a ver más.

En lugar de llorar, su madre superó el divorcio cantando las canciones de Elvis. “Suspicious mind” era su preferida y llegó a repetirla hasta veinticuatro veces -de principio a fin- en un mismo día. Tanta era su obstinación con aquel hombre nacido en Misisipi que Jovita llegó a odiar su voz, su tupé y sus movimientos de cadera que por aquella época causaban furor entre las mujeres. Uno de los momentos más complicados fue el día que descubrió a su madre intentando coger dinero de sus ahorros.

– Mamá ¿qué estás haciendo con mi cajita de madera?
– Vaya, quería darte una sorpresa. La próxima semana Elvis actúa en el International Hotel de Las Vegas y bueno… ¿te gustaría venir conmigo?
– Mamá, sabes que no me gusta Elvis. No quiero saber nada de él. No lo soporto.

Aquellas palabras le sentaron como un jarro de agua fría y una a una se le quedaron clavadas en el corazón. No entendía cómo su propia hija podía hablar así de su amado Elvis. Se sintió traicionada.

La matrona volvió a coger al recién nacido y se lo entregó a una de las enfermeras para que lo lavase y vistiera. La mujer se quedó impactada y creyó descubrir ciertas notas del “Love me tender” en su llanto. La escena en el paritorio era dantesca. Anselmo yacía en el suelo con la cabeza entre las manos, aterrado por la imagen de su hijo, mientras Jovita había relevado a su marido en los gritos. “No puede ser. No puede ser”, repetía aun sobre la camilla.

La llegada a casa con el bebé no fue como habían imaginado. Anselmo se negó a coger a su hijo en brazos. Le daba pánico y Jovita tuvo que hacer de tripas corazón. Lo ocultó en una mantita y rezó para no encontrarse con nadie de camino del hospital. Por mucho que le daba vueltas, no lograba entender qué había pasado para que el niño tuviera la cara del ídolo de su madre. Pensó que igual era algo pasajero y que con los días, el pequeño iría cambiando hasta adquirir sus rasgos o los de su padre pero no fue así. El tupé y las patillas se acomodaron en aquella cabecita.

Anselmo se pasaba las noches llorando. Había deseado tanto tener un niño que se pareciera a él que no sabía cómo encajar aquella desgracia. Estaba tan avergonzado que llegó a engañar a sus compañeros de trabajo diciéndoles que su mujer no había dado a luz todavía, hasta que Vicente, el contable, le aconsejó que consultara con el médico porque, por sus cuentas, Jovita ya debía superar los once meses y eso no era muy bueno. “Si sobrepasan las semanas previstas, puede empezar a desarrollar una trompa”, le apuntó Gladys, la secretaria del jefe, que lo dedujo tras haber leído que los paquidermos tenían un período de gestación de 22 meses. Anselmo llegó a pensar que una pequeña trompa hubiera sido mejor que aquella cara.

No es que tuviera nada contra la estrella del rock pero, al igual que su mujer, también él había sufrido la obsesión de su suegra y eso le había llevado a cogerle tirria. Nunca le había perdonado que el día de su boda, durante la ceremonia en la iglesia, le sorprendiera con una versión del “Always on my mind”, cantada por un imitador barato. Durante años fueron el hazmerreír de todos sus amigos.

Tres meses después de la boda de su hija, a principios de agosto de 1977, Manuela decidió viajar por fin a Las Vegas para conocer a Elvis. No pudo hacerlo porque, una semana después, el artista moría. Fue tal el disgusto, que decidió quedarse a vivir allí y montó una especie de museo honorífico para recordarle. Mandó a pedir todo lo que había coleccionado de él en su casa y Anselmo y Jovita se pasaron cinco días enteros, de sol a sol, embalando camisas, pósters, figuras y discos de vinilo. Si antes ya lo odiaban, ahora no querían volver a saber nada más de Elvis.

Jovita no volvió a tener contacto con su madre hasta que se quedó embarazada y le envió una carta a su casa de Las Vegas para contarle la buena nueva. Al par de semanas recibió una postal dándole la enhorabuena. Obviamente en la postal se veía a Elvis durante un mítico concierto en Texas. Anselmo entró en cólera, recortó la parte donde ponía “enhorabuena” y se deshizo del resto. Estaba harto ya de tanta tontería.

La tranquilidad reinó en la casa durante el embarazo hasta el día del parto en que el fantasma de Elvis volvió a sus vidas.

El bebé ya tenía cinco meses y a Jovita se le hacía difícil ser cariñosa con él. Su carita era repelente y su llanto había desarrollado un tono idéntico a la voz del rey del rock. Anselmo, avergonzado, seguía ocultando a sus compañeros de trabajo que ya había sido padre. Gladys solía preguntarle de vez en cuando y Vicente le recordaba que, por sus cuentas, Jovita debía tener ya cerca de quince meses de embarazo. Él les miraba torciendo un lado de la boca como diciendo: “cosas de la vida”.

Cuando el niño estaba a punto de cumplir cinco años, los compañeros de Anselmo habían dejado de preguntarle por su paternidad. Gladys temía que, cuando Jovita se pusiera de parto, no pudiera expulsar aquel bebé inmenso que, a buen seguro, en lugar de nariz tendría la trompa de un elefante. Imaginó que acabaría en un circo y eso le dio tanta pena que no volvió a preguntar más a su compañero. El único que aun se resistía a dejar de hacerlo era Vicente. Cada primero de mes sacaba la libreta en la que llevaba el seguimiento del embarazo de Jovita y le hacía algún comentario. Siempre objetivo. “Por mis cuentas ya debe estar llegando a los 70 meses”, le había dicho la última vez.

El día del quinto cumpleaños de NosoyEl, diminutivo de NosoyElvis que era como al final habían decidido llamar al niño, sonó la puerta. Anselmo y Jovita se miraron extrañado. Desde el nacimiento de su hijo, nadie había vuelto a pisar aquella casa que habían convertido en un pequeño refugio del que el niño nunca había salido.

– ¿Quién podrá ser? -preguntó asustada Jovita.
– Ni idea. Igual es algún vendedor de esos a domicilio. Ya abro yo -dijo Anselmo, tratando de calmarla.

Al abrir la puerta, se encontró a una mujer con pantalones acampanados, cazadora de cuero y una sonrisa de oreja a oreja.

– ¡Doña Manuela! ¿Pe…pe… pero usted no estaba en Las Vegas?
– Estaba. He venido a conocer a mi nieto. Ya que ustedes dos no han sido capaces de cruzar el atlántico para que lo viera, he decidido venir yo – contestó con cierto tono de reprimenda.
– ¡Mamá! ¿Tú aquí? -exclamó Jovita que salía de la habitación donde había dejado al pequeño jugando.
– Otra. ¡Qué recibimiento más bonito a una madre que lleva siete años fuera! En realidad he venido a ver a mi nieto. Él no tiene nada que ver con nuestras desavenencias -dijo quitándose la cazadora y dejando ver una camisa de cuello en pico enorme con tachuelas en la pechera.

– Jovita miró a su marido y, soltando toda su rabia acumulada durante años, le dijo a su madre: “Te equivocas. Nuestras desavenencias tienen mucho que ver con el niño” y entró en la habitación a buscar a su hijo. Anselmo decidió permanecer callado.

Mamá, aquí tienes a tu nieto.

Manuela no había experimentado una sensación igual desde la primavera de 1956 en que la discográfica RCA le envió el primer disco de vinilo de Elvis.

– No, no, no puedo creer lo que estoy viendo. Pero si es el mismísimo Elvis. Dios mío, dame una señal que me indique no estoy muerta y de camino a tu encuentro -dijo levantando los brazos y con la mirada perdida.
– ¡Mamá! Déjate de tonterías. Es tu nieto.
– Pero ¿Y esa cara? ¿Cómo lo hicieron?
– ¡Señora! – saltó Anselmo que ya no podía contenerse más- Le rogaría que no metiera el dedo en la llaga. Bastante disgusto tenemos. El niño nació con la cara de Elvis y nos tenemos que aguantar. No podemos hacer otra cosa.
– Pero qué alegría más grande, señor. Es el regalo más bonito que podías haberme hecho, hija mía.

Jovita no paraba de dar vueltas sobre sí misma, tratando de calmarse, mientras el pequeño NosoyEl se sentía especial con tantos halagos por parte de aquella señora. Estaba tan nervioso que empezó a mover las caderas de un lado a otro lo que ocasionó que su abuela sufriera un síncope al recordar a su amado rey moviéndose al ritmo del rock de la cárcel.

Cuando volvió en sí, Manuela no recordaba lo que le había pasado hasta que se encontró con la carita de su nieto que la miraba fijamente.

Anselmo no pudo reprimirse una vez más y le volvió a echar en cara a su suegra su obsesión.

– Confiéselo de una vez, señora. ¿Hizo usted algún conjuro para que el niño llevara la cara de Elvis? -le preguntó porfiado.
– Pero ¿qué estás diciendo insensato? ¿Piensas que soy una bruja?

La mujer se reincorporó y cogió la chaqueta con ademán de marcharse ante la terrible acusación que acababa de escuchar.

– Lo único que he hecho toda mi vida es amar a una persona a la que por desgracia no llegué a tiempo de conocer. Hoy me he llevado una de las mayores sorpresas de mi vida al ver que mi nieto lleva su cara. Solo puedo darles las gracias y pedirles perdón si en algo les he perjudicado -y se dirigió apenada hacia la puerta.

Anselmo y Jovita se miraron y por primera vez sintieron lástima por aquella mujer.

– ¡Abuela! No te vayas -gritó el pequeño NosoyEl- Quiero que te quedes aquí.

Manuela se giró y se encontró con aquellos ojitos de enormes pestañas.

– Nosotros tampoco queremos que te vayas – añadió Jovita, quitándole la cazadora de las manos y dejándola sobre una de las sillas del comedor.

A pesar de ser diciembre, hacía calor y el sol iluminaba toda la ciudad. Anselmo había decidido dejar el coche e ir caminando a comprar unos globos. Cuando llegó a casa, Jovita ya tenía la mesa preparada y Manuela estaba terminando de decorar la tarta del sexto cumpleaños de NosoyEl. Pasadas las cinco de la tarde, sonó el timbre de la puerta y Jovita fue a abrir.

– Hola soy Gladys, gracias por la invitación -se presentó la secretaria de la oficina de Anselmo.
– Hola yo soy Vicente, el contable.
– Buenas tardes, soy Julio, compañero de despacho.

Hacía un año que la abuela había regresado, después de su retiro en Las Vegas y, por primera vez, Anselmo y Jovita habían decidido invitar a los compañeros del trabajo a su casa. El cumpleaños de su hijo era la ocasión perfecta para que, por fin, conocieran al niño.

Todos se llevaron una impresión al ver al pequeño.

– Me recuerda a alguien -le susurró Gladys al contable mientras le daba una mordida a un montadito de jamón y queso.
– Sí, la verdad que me resulta una cara conocida.
– Yo creo que después de un embarazo tan largo el niño ya tenía ganas de salir. Y aunque al final no desarrolló una trompa creo que eso que tiene en el pelo es por culpa de haber estado tanto tiempo dentro de la madre -apuntó la secretaria.

Vicente miró el tupé del niño y, en ese preciso momento, se dio cuenta de a quién se parecía. “Igual después de casi 80 meses de embarazo uno empieza a parecerse a gente famosa”, dedujo el contable, imaginando a quién podría haberse parecido él si su gestación se hubiera prolongado. Recordó que a su madre le gustaba Marilyn Monroe y dejó de pensar en ello.

Las luces se apagaron y la abuela Manuela salió de la cocina con la tarta y seis velas encendidas. Jovita llamó a su hijo para que viniera a soplarlas. NosoyEl estaba encantado de ver a tanta gente pendiente de él. Apagó las velas de una sola vez y el salón quedó a oscuras hasta que Anselmo volvió a encender la luz para empezar a cantar el cumpleaños feliz pero lo que siguió fue silencio.
Todos se quedaron sin palabras al ver que la carita del pequeño ya no era la del Elvis sino que tenía un aire a la de su padre.

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