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Dos que cabalgan juntos. Por Eduardo García Rojas

Resulta inquietante lo actual que se ha puesto El retrato de Dorian Gray y Bel Ami.

Y si bien algo de ello encuentro en las nuevas versiones –los remakes dicen– que forman parte del disco duro de mi memoria, últimamente me quiebra la conciencia la tendencia que tiene el cine por rehacer títulos que apenas han y habían llegado a su mayoría de edad.

Las explicaciones que dan son varias.

Ladran y ladran.

No se apuesta por ideas.

Experimentan con el original porque se mejora aunque el producto original, ya digo, apenas lleve cinco años rondando el mercado.

Eso sí, las nuevas versiones –los remakes que le dicen– aportan elementos novedosos: mejora la ambientación y sus efectos especiales.

La historia, si embargo, sigue siendo la misma solo que vuelta del revés.

O deconstruida que es lo que mola decir ahora.

Aunque la palabra exacta sea en la mayoría de los casos reconstruida.

Pero es un remake.

Y uno, al final, hasta lo perdona.

Lo que no perdona, y le hace sacar dinero de la cuenta en Suiza para subvencionar a sicarios afganos, es lo que hacen con las adaptaciones basadas en mis títulos grandes de la literatura.

Veo dos que se presentan en estos tiempos recientes.

Cintas las dos inspiradas en novelas que forman parte de mi biblioteca de cabecera.

El retrato de Dorian Gray cuenta con varias adaptaciones cinematográficas. La primera de ellas firmada por Albert Lewin en los años cuarenta con un ambiguo Hurd Hatfield como Gray y ese siempre exquisito ruso blanco que fue George Sanders como su corrupto mentor, lord Henry.

Lewin y el mismo Sanders trabajarían juntos otra vez en 1947 en Bel Ami, la otra novela que ocupa un espacio preferente en mi caótica biblioteca.

Llegué a Oscar Wilde leyendo primeros sus relatos, algunos de los cuales conservan aún una fuerza conmovedora no sé si por su refinada y cursi crueldad.

Mi devoción wilderiana me llevó a que leyera prácticamente todo lo que caía entre mis manos aunque fue El retrato de Dorian Gray el que rubricó mi afición. En él se encuentra lo mejor de este escritor de origen irlandés. Un provocador, un dandi al que intentaron sepultar acusándolo de ridículo y sodomita.

Mi encuentro con Guy de Maupassant fue un descubrimiento.

Con sus cuentos encontré lo peor y lo mejor de mi mismo. Lástima que hoy no pueda releerlos tras cometer una de las más desafortunadas decisiones de mi vida, prestárselas a un extraño que nunca las leyó ni las devolvió.

Sí que conservo Bel Ami, la novela más famosa del escritor que acabó por degollarse, un autor que si bien pasará a la historia por sus relatos en Bel Ami aplicó todo su talento galante para narrar un feroz retrato de su época.

Un mundo trufado de corrupciones y arribistas con una idea fija en la cabeza: poder.

Con estos materiales, resulta cuanto menos curioso por no decir extraño que el cine haya sido incapaz de transmitir hasta hoy la fuerza que aún conserva ambos títulos. Relatos en los que se exploran las dobleces morales y el lado más perverso de la condición humana.

Y eso explica que nunca envejezcan.

Como si envejecen, curiosamente, las nuevas puestas al día que tanto Oiver Parker como Declan Donnellan y Nick Ormerod mostraron en 2010 y 2012, respectivamente, en su El retrato de Dorian Gray y Bel Ami.

Reinterpretaciones que si bien respetan aparentemente la línea argumental, se precipitan demasiado pronto en la tentación por “mejorarlos” con resultados nefastos.

Indignos ya no solo para el espíritu que tienen ambas novelas sino para con el público que, como quien ahora les escribe, aún siente fascinación por ellas.

El retrato de Dorian Gray, según Oliver Parker, es una cinta que nada hacia la nada por siniestrilla. Por coger de la novela solo el barniz de drogadicto y bisexual que emana del personaje, adobándolo con una postmoderna puesta en escena decadente.

Se subraya además el fondo fantástico del relato, ese cuadro que envejece mientras su rejuvenecido modelo parte corazones a diestro y siniestro por las calles de Londres pero carece de la cursi y siniestra crueldad del material literario original.

Las mismas sensaciones me asaltan cuando veo el Bel Ami de Donnellan y Ormerod. Es decir, comprobar cómo se utiliza solo el esqueleto argumental de la novela para liarla, dejando sin costuras la frenética carrera que emprende el joven seductor para convertirse en el rey del juego.

Dos películas que carecen, incluso, del talento para “condensar” de la ya mítica Reader Digest.

Así que alégreme el día, señor juez…

Saludos, ya digo, desde este lado del ordenador.

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