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Duro y en ebullición. Por Eduardo García Rojas

Quise colgar el teléfono de un golpetazo. Traté de serenarme y, si no hubiera sido porque Ellen desde las profundidades del sofá, lanzó una ahogada risita, le hubiese pegado una patada a lo primero que se me hubiese pegado a tiro. Estuve a punto de decirle que se callase, pero cuando una mujer le mira a uno como ella lo estaba haciendo, se le atraganta la lengua, se limita a quedarse quieto.”

(El gran crimen, Mike Spillane. Colección Intriga, Plaza y Janés, 1967. Traducción de Eduardo Mallorquí del Corral).

Javier Coma destaca en su todavía imprescindible Diccionario de la novela negra norteamericana (colección Contraseñas, Anagrama, 1986) que la corriente del hard boiled (duro y en ebullición) es una tendencia literaria que, surgida en los violentos y locos años veinte, se caracterizó por “su culto a la violencia, el sarcasmo y el ritmo trepidante de la acción”, características que encuentro sin disfraz en Gangster Squad (Ruben Fleischer, 2013), largometraje que reinterpreta las claves hard boiled en clave cómic.

Un cómic que tiene mucho que ver con la excelente y experimental revisión de un clásico del tebeo como fue el Dick Tracy que firmó Warren Beatty a finales de los años ochenta y que recuperó con otros síntomas el elegante noir de L. A. Confidencial (1997), de Curtis Hanson, película en la que adaptaba al cine una de las cuatro novelas que James Ellroy dedicó a la desquiciada ciudad de Los Ángeles en la década de los cuarenta del pasado siglo XX.

Los Ángeles es protagonista también de la acción de la gamberra y ultra reaccionaria Gangster Squad, película que bebe de fuentes variopintas, aunque todas ellas recientes.

Es decir, de filmes que, como el de Hanson, reinterpretan un género en el que más que la historia lo que importa es la estética y la ambientación retro de un universo que, como el western, tiene señas de identidad objetivamente norteamericanas.

Y en este sentido, Gangster Squad no engaña desde su primera escena.

Esa en la que un tuneado Sean Penn como Mickey Cohen descuartiza a un gang de Chicago que quiere hacer negocios “en mi ciudad.”

Gangster Squad advierte así, nada más iniciarse, que vamos a ver una pulp fiction.

Un largometraje plano, con personajes igual de planos en lo que importa no son los grises, las contradicciones que animan a sus personajes, sino la acción a ritmo de swing.

Intentar por ello buscar otras lecturas en lo que solo promete “culto a la violencia, sarcasmo y trepidante acción” es una tarea condenada al fracaso porque, como reitero, la película ya dice por donde van a ir los tiros desde su inicio.

Mucho bang, bang, bang…

Y nada sobre reflexionar en torno a un género, como es el negro criminal, cuya última reinterpretación intelectual, Muerte entre las flores (Joel y Ethan Coen, 1990) no superó las expectativas por actualizarlo como sí hizo la todavía reivindicable Los intocables de Eliot Ness (Brian de Palma, 1987).

Gangster Squad es así un largometraje de gatillo fácil y mensaje si quieren siniestramente fascista.

En el que se viene a decir, como se venía a decir en el filme de Brian de Palma, que solo se puede poner fin al mal empleando las mismas armas que el mal.

Un mensaje claro y directo, ideal para consumidores de cotufas.

Espectado al que le trae floja discursos como ¿pero si utilizan las mismas armas que el mal, qué los diferencia de, precisamente, el mal?

Película por lo tanto de una aplastante y siniestra simplicidad, Gangster Squad es un producto circense que si te arroba, te roba. Y si te mosquea, ¡pues vete de la sala, chaval!

Solo puedo decir que para todo lector de hard boiled, el filme de Fleischer no decepciona.

Ya que quiere ir de duro y quiere estar en continúa ebullición.

Quiere, además, arroparte en su equívoco discurso estético violento que a mí, al menos, me hace evocar las novelas del maestro Mike Spillane.

Un facha el Spillane con todas sus letras.

Pero que inspiró con su bronco Mike Hammer al Harry el sucio que, años más tarde, encarnaría en pantalla Clint Eastwood.

Juez Dredd es así una fantasía postmoderna para la chiquillería que olvida a sus ilustres clásicos.

Todos esos feroces detectives privados y agentes de la policía a los que obligan a renunciar a su placa (seña de identidad) para que apliquen la ley a su manera.

Alégrame el día.

Soy la puta ley.

Hard boiled.

Facherío en continua y dura ebullición.

El personaje que hace que interpreta Josh Brolin recuerda así a un Mike Hammer.

El personaje que hace que interpreta Ryan Gosling recuerda así al mejor amigo de Mike Hammer, ese mejor amigo que en casi todas las novelas de Spillane muere nada más empezar la historia para justificar las tropelías justicieras de su psicópata justiciero…

Y todo ello, todas estas señas de identidad hard y boiled las encuentro en esta delirante, entretenidísima Gangster Squad.

O el relato de un batallón fantasma que, presuntamente, trabaja a favor de la ley aunque al margen de la ley.

Una reinterpretación todavía más pulp –o de encefalograma no tan plano– que la frustrante La brigada del sombrero (Lee Tamahori, 1996), uno de cuyos actores, el pétreo Nick Nolte interviene también en Gangster Squad, película, ya digo, con igual discurso simplista que aquella. Solo que en esta ocasión echa toda la carne sobre el asador.

Entiéndase: tiros, tiros y más tiros.

Concluyo:

Gangster Squad es cine primitivo.

Entretenimiento rudo en estado constante de ebullición.

Su discurso va directo al grano: para poner fin al mal hay que utilizar las mismas armas que el mal.

Claro que… ¿qué es el mal?

En Gangster Squad, Penn/Cohen no para de repetir que encarna el progreso.

Los indignados, encarnados en ese grupo de policías que reparte justicia al margen de la ley, justo lo contrario…

Ya ven…

El mundo al revés.

Saludos, metralleta Thompson en mano, desde este lado del ordenador.

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