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Con el miedo en el cuerpo. Por Eduardo García Rojas

La idea de este post, en un Carnaval marcado por los ecos de la desgracia, me lo sugiere una amiga tras ver Hitchcock, película en la que se cuenta algunas de las interioridades del rodaje de Psicosis y la peculiar relación que a lo largo de su vida mantuvieron don Alfredo y esposa, doña Alma, que en el filme de Sacha Gervasi están interpretados por un caracterizado Anthony Hopkins y una siempre inmensa Helen Mirren.

Mi amiga me comenta nada más salir la película que después de Psicosis ya no fue lo mismo meterse en la ducha. Espacio, el de la ducha, en el que quizá seamos de lo más vulnerables en nuestra propia casa.

O en las ajenas.

A todo ello contribuyó, y así se subraya en Hitchcock, la excelente banda sonora de Bernard Herrmann.

Desde ese entonces, el cine ha imitado hasta la indecencia el brutal asesinato que perpetra Norman Bates. Ese cuchillo que parece se clava en las carnes desnudas de la atractiva Janet Leigh. La sangre que se escurre por el desagüe, las cortinas que saltan de las anillas, el rostro de Leigh que mira a cámara hasta quedar congelado en la imagen.

No resulta gratuito por eso afirmar que, desde ese día, meterse en la ducha ya no fue lo mismo.

De repente, y en un golpe maestro, el orondo maestro del suspense nos invitó a que miráramos a través de la cortina del baño mientras el agua de la alcachofa cae sobre nuestras cabezas…

Curiosamente, y también vinculado al agua, otra película que logró que desde ese entonces meterse en el mar resultara otra cosa fue Tiburón de Steven Spielberg.

La primera vez que vi Tiburón fue en el atestado y ya desaparecido cine Greco de Santa Cruz de Tenerife.

La sala estaba literalmente a reventar, y como a la mayoría me dejó marcado.

Tan marcado que, desde ese entonces, soy bastante reacio a bañarme en alta mar. Me inquieta no saber lo que se mueve bajo mis pies. Siempre pienso que por ahí nada un escualo con la boca abierta dispuesto a sumergirme para siempre en las profundidades del océano.

De hecho, todos los que hemos visto y revisto Tiburón ya no miramos el mar de la misma manera.

Y, oh curiosidad –y en esto coincide con la escena de la ducha de Psicosis– gran parte del efecto que aún continúa conservando se debe a la excelente partitura de John Williams.

La primera vez que vi El exorcista pasé lo que se dice mucho miedo. Miedo del de verdad. Ya lo conté en un post en el que narraba la extraña experiencia que viví al volver a verla tras su reestreno por uno de esos montajes del director…

Concluía en aquella reseña que no sentí lo mismo que la primera vez.

Las razones, objetivamente, es que el público con el que la vi ya estaba curado de aquellos espantos con olor a sacristía.

Que los vómitos de la niña poseída eran recibidos con carcajadas. Y que sus protagonistas, unos sacerdotes torturados a los que les tiembla la fe, producían mucha risa en una audiencia cuyos demonios, debo de confesar, ya no identificaba como míos.

Con todo, cuando me encuentro a oscuras siento viruje, escalofríos, por si aparece por algún lado la cara de la niña con el diablo en el cuerpo.

Es decir, que todavía y a oscuras me da escalofríos que de pronto escuche una voz cavernosa por la que no siento ninguna simpatía.

Hay otras tantas películas que de una u otra forma me metieron el miedo en el cuerpo.

Siento miedo y una extraña y repulsiva fascinación por Saló, los 120 días de Sodoma de Pier Paolo Pasolini.

Hitchcock logró, una vez más, que desde ese momento Los pájaros y yo andemos por caminos distintos; y en las dos primeras películas que sobre muertos vivientes rodó en su momento el mucho me temo que sobrevalorado George C. Romero, descubrí justificado mi espanto a sentirme parte de una masa descerebrada y con un solo objetivo en la cabeza: devorar carne humana.

Quizá eso explique mi temor confeso a distanciarme de fiestas multitudinarias en las que apenas puedo moverme rodeado de cuerpos que piden fiestaaaa mientras intento desesperadamente salir y encontrar un espacio en el que respirar aire fresco entre la marabunta.

Ahora que cito la marabunta, recuerdo cómo desde que descubrí Cuando ruge la marabunta además de caer locamente enamorado de Eleanor Parker dejé de mirar a las hormigas como seres diminutos a los que sin querer aplastamos con la suela del zapato.

No me pasa lo mismo cuando estas criaturas crecen, aunque me encantan películas como Them!, claro está.

El cine de catástrofe que se rodó en los años setenta es culpable también de otros miedos que desde entonces me acompañan.

Es inevitable que cite las películas de la serie Aeropuerto como responsables de la terrorífica sensación que siento cuando subo a un avión.

No me pasa lo mismo con los barcos, ni con aquellas producciones sobre desastres varios que reprodujeron con mayor o peor fortuna terremotos, erupciones volcánicas y otras desgracias naturales con las que pretendían hacernos olvidar la crisis, en aquella década la del petróleo, que parecía augurar la muerte del sistema en el que he aprendido a vivir.

Hay más películas que han despertado mis miedos.

Esos miedos que crees bien escondidos pero que palpitan con la fuerza abrumadora de una depresión porque no has sido capaz de arrancarlos de raíz.

Pienso, lo sé, en Un lugar solitario.

En Día de vino y rosas.

En el puto El apartamento.

Y en El Guateque… Ya ven.

Y lugo pienso en Desaparecido, La lista de Schindler, en El círculo de poder, entre otros títulos que me enseñaron que soy, precisamente, una hormiga a la que el sistema no duda en aplastar porque forma parte de una estadística.

Y una estadística son números, no una persona.

Un eslabón, ya saben, perfectamente prescindible de la cadena.

Sin embargo, si hay una película que explota mi miedo es La invasión de los ladrones de cuerpos.

Me quedo con la versión de Don Siegel (1) y con la de Philip Kaufman (2) según la novela de Jack Finney.

¿Por qué me sigue despertando los miedos que pienso tengo reprimidos en algún lugar secreto de mi corazón?

Creo que porque a veces tengo la sensación de que ya no soy el mismo.

Y otras porque a veces tengo la sensación que mis amigos y vecinos ya no son los mismos.

NOTAS:

(1) Otra gran película sobre miedos y del mismo Siegel es el western La ciudad sin ley (1969).

(2) La versión de Kaufman circuló en España como La invasión de los ultracuerpos.

Saludos, Cthulu, Cthulu, desde este lado del ordenador.

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