FIRMAS

La dictacracia. Por Joaquín Hernández

Me lo dijo un taxista madrileño, mientras me llevaba por la madrileña calle de Alcalá, íbamos hablando del sistema político en España desde hace más de medio siglo; de la farsa repetida cada cuatro años, del ejercicio monolítico del poder, a cargo de PSOE y PP. Y aquel castizo taxista, comentó:

—Pues mire, señor, es que aquí tenemos lo que podríamos llamar una “demodura” o “dictacracia”.

Era una definición estupenda, Sabido es la pintoresca comedia democrática que tenemos montada  en este “país”, con la aquiescencia de todo el mundo.

La democracia que nos han  instalado en España podríamos llamarla demodura o dictocracia, porque bien mirada ofrece numerosas peculiaridades nada acordes con la pureza del sistema democrático auténtico.

Durante los años de la dictadura franquista, cuando se luchaba en las “cloacas” contra ese oprobioso régimen, parece elemental enfrentarse un argumento considerable: la masiva votación a favor de la reforma política, la abrumadora decisión, del pueblo español de inclinarse de forma rotunda y sin vacilaciones, hacía un sistema democrático. Muchos millones de ciudadanos votaron sí al cambio político, al hacerlo se estaba escogiendo el único camino viable para despejar el futuro de España.

También el pueblo español decidió que era forzoso cambiar profundamente las estructuras políticas de la nación. Sin embargo el nuevo modelo político nacía con taras ya que no se nos permitió elegir entre la monarquía parlamentaria que ahora padecemos o bien  el sistema republicano.

El antiguo dictador nos impuso instaurar, nuevamente, la monarquía en virtud de la aprobación plebiscitaria de la Ley de Sucesión. De forma que  lavaba su conciencia devolviendo a la casa real española sus privilegios.

Partíamos, desde un principio, con un sistema democrático impuesto por un sistema dictatorial, no elegido por el pueblo soberano; o al menos no elegido democráticamente.

El sistema electoral español está considerado esperpéntico y lejos de los deseos del pueblo que se manifiesta con rotundidad en contra de las listas cerradas, donde indignados y no indignados reclaman un cambio de la Ley Electoral que todos los partidos prometen pero que, llegado el momento de gobernar, ninguno cumple.

Dos partidos se reparten el poder en esta España nuestra que ahora llamamos país: el PSOE y el PP, es más de lo mismo, sales de Guatemala y vas a Guatepeor y  esto es lo que hay.

El Parlamento que tenemos, o seas la institución básica en la que debe asentarse una democracia, donde los diputados, elegidos por votación directa, libre y secreta, en unas listas cerradas confeccionadas por los partidos políticos, no en virtud de la cualificación e inteligencia de los militantes, muy al contrario se hace por las simpatías que despierte el individuo y la amistad o peloteo con el Secretario General del partido y del número de votos que haya conseguido arrastrar.

Los diputados representan (al menos teóricamente) la voluntad del pueblo que no ha tenido más remedio que votar. Es muy lamentable tener que reconocer que los españoles se sienten enteramente desvinculados de sus diputados. Más todavía: muestran una total indiferencia por los trabajos del Congreso.

La Constitución Española, nuestra Carta Magna, necesita una reforma acorde a los tiempos que vivimos, a la evolución social de los españoles a la realidad del Siglo XXI; mejorando e innovando, pasando del Estado de las Autonomías a un Estado Federal, reformando la obsoleta Ley Electoral; en definitiva que pueda volver a ilusionar a millones de españoles indignados y desilusionados.

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