FIRMAS Marisol Ayala

Heredar el sida. Por Marisol Ayala

Cuando su cuerpo amanece rumboso canta, ríe y baila. La conocí en una boda y me llamó la atención su pasión por el baile, por la música. Brazos, piernas, cuerpo, contoneo, ¡todo! Incansable. No la pude perder de vista durante un largo rato porque el salón se le hacía pequeño a pesar de ser una mujer menuda; vivaz, pero menuda. Pequeña pero engrandecida por su actividad en la pista. Así es; sin embargo, una vez que he sabido de su estado de salud he dado marcha atrás y he querido ver que en su ir y venir de risas y fiestas hay unos ojos tristes.

Hace un mes me contaron qué se esconde detrás de ella; se esconde la tristeza y la muerte porque en el momento que escribo estas líneas su estado de salud es especialmente delicado. El sida la devora. Tiene tres o cuatro hijos, no lo recuerdo con exactitud, y justo por eso, por su perfil de ama de casa, me interesé por su vida. “¿Cómo contrajo la enfermedad?”, pregunto. No sabía que a quien preguntaba es a una de sus hijas: “La contagió mi padre. Él no sabía de su enfermedad y nosotros tampoco hasta que murió y supimos la causa de su fallecimiento cuando, ya era cadáver, nos llamaron del Hospital Negrín para que firmáramos unos documentos. Y entonces nos informaron…”. Ahí fue cuando todos, mujer e hijos, supieron que el sida había vivido en casa durante 15 años y que en esos 15 años ni él mismo supo la gravedad de la enfermedad que padecía y que con el tiempo precisó muchos cuidados que le dispensó su familia, especialmente su mujer. “Al poco de fallecer, mamá comenzó a encontrarse mal hasta que le hicieron analíticas y saltó el sida”, contaba. El marido de esta mujer fue un hombre guapo, mujeriego, y en una de sus andanzas debió contraer una enfermedad que nunca vinculó a la mala salud que arrastraba. Nunca sabrán si la ocultó a posta o si la ignoró y, de hecho, los hijos no le reprochan nada; no obstante hay quien duda de que la enfermedad de la señora haya sido, como fue, una maldita herencia familiar; incluso se han atrevido a mencionar la posibilidad de una vida desordenada de la señora como causa de su mal.

Miserias humanas; lo cierto es que hace unos días vi de nuevo a su hija y me contó que tenía prisa; su madre estaba muy mala, llamaron a la ambulancia. Y tan mala: Está muriéndose. Los pulmones están muy tocados. Todos han preferido creer que papá era ajeno a todo, que ignoraba su enfermedad porque de no ser así “es para matarlo y queremos vivir en paz”. De manera que cuidan con esmero a su madre y por eso en aquella fiesta las hijas hicieron sonar una y mil veces la música preferida de mamá que era, como he dicho, la más bailonga del salón. Su salud empezó a resentirse hace unos años, incluso mientras cuidaba a su marido, pero jamás pensó en el sida. Jamás. No tenía por qué, por eso, cuando se la diagnosticaron cayó en una profunda depresión. Pobre mujer, pobre y maldita ignorancia.

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