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El fantasma de Harlot o cómo leer más de mil páginas y no querer morir en el intento. Por Eduardo García Rojas

En un post publicado en este mismo su blog tuve el atrevimiento –osado que soy para mis naderías– de elaborar una selección con las diez mejores novelas de espionaje que, a mi juicio, me hicieron participar imaginariamente en eso que Rudyard Kipling denominó como el Gran Juego.

Alguien me preguntó entonces la razón que no incluyera en la relación El fantasma de Harlot, del periodista y escritor Norman Mailer, y sí The Company, del también periodista y escritor Robert Littelll, obra que coincide con la del autor de La canción del verdugo en novelizar una historia de la C.I.A., no confundiar con la T.I.A.

Claro que hasta ahí las coincidencias, porque se tratan de dos títulos radicalmente diferentes aunque resulten igual de generosos en su volumen de páginas: ambas superan las mil.

El fantasma de Harlot más que ser una historia de la CIA es una historia sobre cómo transforma la CIA a los hombres y mujeres que forman parte de su organización.

Un interesante –a ratos– retrato humano en el que se respira mucha sexualidad, traiciones consentidas y un intento por entender cuáles son y cómo funcionan los resortes emocionales de los que integran la mayor organización de espionaje del planeta que habito.

Explicado así, Mailer más que retratar cómo se levantó y desarrolló La Compañía, lo que le preocupa es explorar en las pequeñas relaciones –familiares– que se tejen en un oficio que consiste en saber por procedimientos la mayor parte de las veces miserable lo que hacen los tuyos y los demás en nombre de una entelequia que se llama patria.

Patria que te da carta blanca para lo que se te ocurra, por absurdo que resulte.

Es verdad que a El fantasma de Harlot se le nota que le sobran demasiadas páginas.

Es verdad que no termina por definirse con la claridad que podría exigírsele.

Es verdad que en ocasiones resulta bastante confusa por las ambiciones que detectas pero que Mailer no desarrolla aunque le latan desde muy adentro.

Y es verdad que, cuando has llegado a sus setecientas páginas, casi parece que te falte el aliento para superar las quinientas que todavía te aguardan.  Pero con todo, merece la pena leerse El fantasma de Harlot no ya como  un compulsivo lector de novelas de y sobre espionaje, sino como la novela que es en su sentido más estricto.

Tiene algo, un algo que tras concluirla hace unas pocas horas todavía planea sin forma en mi cabeza.

Una idea que al no ser total tarda en definirse en mi, insisto, cabeza.

Solo saco en claro, en estos momentos en los que procuro digerirla, que se trata de una pieza tremendamente macho escrita por un hombre cansado de tantas contradicciones.

Quizá radique aquí uno de los mayores atractivos de esta irregular fantasía realista que el propio Mailer deja inconclusa al final.

Porque no hay final en El fantasma de Harlot sino un CONTINUARÁ escrito así, en letras mayúsculas.

Mientras la leía, simultaneando sus páginas con obras menores en pretensiones y páginas, no dejaba de preguntarme ¿qué hace que un lector sin demasiado tiempo para la vida sea capaz de devorar más de mil páginas y no morir en el intento?

Es una cuestión seria.

Brutalmente seria en unos tiempos en los que se invita a lecturas ligeras pese a su número de páginas.

Partiendo de la base que soy de los que no suele dejar un libro por muy pesado que éste resulte –tanto material como intelectualmente hablando– cuando una novela obesa cae en mis manos tiene que engancharme. Y son muchas las formas que se tiene para engancharme como lector.

La primera de ellas es el inicio.

Si no hay un buen inicio malo, pero que muy malo.

Así comienza El fantasma de Harlot:

Una noche de invierno de 1983, mientras conducía entre la niebla a lo largo de la costa de Maine, recuerdos de fogatas en antiguos campamentos empezaron a filtrarse en la bruma de marzo, y pensé en los indios abnaki, de la tribu algonquina, quienes hace mil años habitaban cerca de Bangor.”

Un inicio en el que con muy pocas palabras me hace sentir cómplice de su protagonista, Harry Hubbard, pupilo de Harlot y pronto amante de su mujer.

La novela, leída cien páginas, se acelera entonces y se despeña al llegar a las trescientas y parece que se crece cuando alcanza las quinientas.

Y mientras la lees, a ratos pensando ¿por qué no la dejo a un lado y me dedico a otras cosas?, cuando llegas a las seiscientas vuelve a tocarte algo. Un algo dentro de mi y de ti que se desinfla en las setecientas, casi a mitad de camino de llegar a lo que no es un final sino un CONTINUARÁ.

Dejas entonces que descanse y la retomas otra vez y cuando has alcanzas las ochocientas descubres que te has tragado no sé cuantas páginas porque esas mismas páginas tocaron esa fibra sensible de la que les hablaba antes.

Has recreado en tu cabeza sensaciones, que no momentos, que tú también has sentido.

Y desfalleces cuando cruzas la frontera de las mil páginas, cuando Mailer empieza a circular sobre sí mismo, a divagar sobre sí mismo hasta que termina en ese final abierto que prometía una nueva entrega que nunca se escribió…

Y tienes como la sensación de haber llegado a la cima de la montaña más alta del planeta.

Y una extraña euforia te castiga por dentro.

Porque sabes que lo de menos fue llegar a ese final que no es final y entender la razón por la que desaparece Harlot.

No, no.

Sabes que eso es, precisamente, lo de menos.

Intuyes, por el contrario, que lo más de los más es cómo un escritor que parece que escribió esta novela dando bandazos como un borracho fue capaz de convencerte para que compartieras el mismo esfuerzo titánico que le supuso escribirla.

Una obra que si algo espía es en el corazón poblado de tinieblas de su propio autor.

Un corazón donde todo es una puta mentira.

Y descubrir, he ahí la explicación de cómo leer una novela de más de mil páginas y no morir en el intento, que muchas de esas sombras son muy parecidas a las que guardas dentro de ti mismo.

Ya saben,  donde todo es una puta mentira.

Saludos, CONTINUARÁ, desde este lado del ordenador.

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