FIRMAS Juan Velarde

Gestionar el éxito y la derrota. Por Juan Velarde

¿Hasta qué punto son los padres responsables del éxito o del fracaso de sus hijos en las competiciones deportivas? Somos muchos los que hemos presenciado a lo largo y ancho de nuestra geografía deportiva como a veces los progenitores, en vez de dar muestras de templanza, paciencia y sobre todo hacer ver a sus pequeños que en el deporte lo que cuenta es participar, lo que hacían era todo lo contrario, es decir actuar como verdadero vándalos, como temibles ultras que podían ir desde malmeter a su propio pequeño a insultos a los colegiados cuando entendían que las acciones que pitaban no estaban en consonancia con su ’peculiar’ criterio de la justicia en la cancha.

Tengamos a bien reconocer que a todo el mundo le gusta presumir de tener al mejor hijo o hija del mundo, la más brillante estudiosa, la que con su juego da la victoria a su equipo con una canasta estratosférica o un disparo a portería desde el medio campo. Sin embargo, el deporte, como todo aquello que implique juego, no puede tener sino un solo vencedor, un único líder, pero ello no quiere decir que el segundo, el tercero o el cuarto hayan fracasado. Todo lo contrario, precisamente lo que da realce al que gana es que ha tenido que pelear y sudar duramente con todos sus rivales y a veces sólo es una cuestión de suerte ser el número 1 o el número 2, pero cualquiera de ellos sería dignísimo ganador de cualquier competición.

Esto es lo que tienen que ver los padres, tanto de aquellos que ganan como de aquellos que se quedan a las puertas de súper éxito. En todos los casos, siempre hay enseñanzas que extraer y deben ser los padres quienes deben tenerlas siempre presentes para inculcárselas a sus hijos. A los que ganan, porque hay que advertirles de que el éxito no es eterno, de que hay que tener una constancia y pese a ella siempre acaba apareciendo alguien que te acaba superando en ese primer puesto. A veces es más difícil saber ganar o gestionar los éxitos que la propia derrota.

Y es que quienes pierden, y sobre todo los padres de éstos, tienen que saber que, muy al contrario de lo que pueden creer, la derrota no es ningún fracaso, sino una enseñanza de cara a los futuros éxitos, se extraen lecciones valiosas para mejorar, pero nunca puede usarse por parte de los progenitores el hecho de haber perdido una final para atosigar al más pequeño, hacerle creer que no vale para nada. Ser segundo también tiene su mérito y, sobre todo, provoca en el deportista ganas de superar lo ya conseguido. Y en eso los padres tienen mucha responsabilidad. Pero en cambio, si ante el mínimo trapiés hacemos ver a ese niño que no sirve para nada, a buen seguro se estará fabricando a un fracasado en potencia. Y el deporte, insisto, no es sólo ganar, sino convivir y disfrutar.

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