FIRMAS

Con el mazo dando y a Dios rogando. Por Joaquín Hernández

Empiezo por decirles que me considero creyente,  nada tengo de ateo o agnóstico. Mi educación estuvo basada en la religión Católica, Apostólica y Romana. Bautizado y comulgado por primera vez, confirmado y posteriormente bendecido con el sacramento del matrimonio, mis hijos  han seguido el “ejemplo social” y ha optado por seguir mi camino, o sea cumplir con los mandamientos de nuestra Santa Madre Iglesia.

A lo largo de mi vida más de 5 décadas, he vivido y he  observado que el gran cinismo de la humanidad está basado en las religiones y especialmente en la iglesia, en las asambleas organizadas con la misión de introducir en tu mente un Dios todopoderoso que castiga a los malos y premia a los buenos.

Con la nueva ley del aborto, La iglesia vuelve, una vez más, a contradecir su apostolado y sus finanzas, para  apoyarse en la credulidad de personas que tienen tanta fe que el árbol no les deja ver lo autentico de la realidad. Pero vamos por partes y nos remitir al inciso 11. 2.1 del  “Curso de Teología Moral” de La Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

Es necesario que cada uno de los actos conyugales, y no sólo su conjunto permanezca destinado a la procreación, en la medida en que depende de la voluntad humana (cfr. Paulo VI, Enc. Humanae vitae, n. 11).

Este principio, tradicional en la Iglesia y consecuencia del fin primordial del matrimonio, se fundamenta en la ordenación que Dios ha dado al acto conyugal; los fines que de modo personal se propongan los esposos no puede oponerse a este fin primordial de la generación, como siempre ha enseñado el Magisterio de la Iglesia; la ilicitud de un acto conyugal voluntariamente infecundo, no puede justificarse aunque la vida matrimonial en su conjunto permanezca abierta a la procreación (cfr. Paulo VI, Enc. Humanae vitae, n. 14).

Es pues ilícita toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación (Enc. Humanae vitae, n. 14).

Están, por tanto, reprobados todos los medios anticonceptivos que interfieran en el natural desarrollo del acto conyugal: sean físicos o químicos, tanto si impiden que el semen llegue a su sitio natural, como si evitan su acción fecundante o el primer desarrollo del nuevo ser; tanto si son onanísticos en sentido propio coitus interruptus (cfr. Gen. 38, 8-10) como si se dirigen, de cualquier modo y en cualquier momento, a impedir la procreación.

Cada uno de los actos así realizados es gravemente pecaminoso.

Observaremos a continuación la doble moral y el cinismo entre lo que se predica y lo que se practica. Los asesores financieros de la Iglesia, saben perfectamente la enorme riqueza que poseen  por lo tanto disponen de grandes cantidades de dinero para invertir y especular.

Ya supongo que alguno de mis lectores estará pensando en los famosos “fondos éticos”. Estos fondos prometen al ahorrador que su dinero será invertido con un criterio de selección moral como el respeto al medio ambiente, la exclusión de fabricantes de armamento, de empresas sospechosas de explotación de mano de obra infantil, laboratorios de productos anticonceptivos, comercien con países no democráticos o fabriquen tabaco. ¿Qué hay en estos fondos de Marketing y Solidaridad? Con tantas limitaciones,  ¿pueden ser rentables y prosperar? La contestación es bien simple, su rentabilidad es muy baja o prácticamente nula.

Los asesores financieros de la   Iglesia han demostrado que trabajan bien. El año pasado, ante la debacle bursátil decidieron dejar la bolsa e invertir en renta fija. Pero ahora han vuelto a invertir en renta variable, en un momento en que las Bolsas s han aprovechado cualquier signo de recuperación económica para batir un record tras otro,   veamos algunas de estas inversiones:

El arzobispado de Madrid, presidido por Rouco Varela igual que el arzobispado de Burgos han financiado empresas, gracias a los dividendos obtenidos por las inversiones en Bolsa, entre otras al laboratorio farmacéutico Pfizer, entre cuyos medicamentos más vendidos se encuentra la famosa Viagra, que fabrica un anticonceptivo inyectable comercializado en Estados Unidos llamado Depro-Provera, utilizado por unos 30 millones de mujeres para evitar su embarazo, además de fabricar otros anticonceptivos vendidos en todo el mundo. No sólo es la Iglesia de Roma la que actúa con este cinismo:

La Iglesia Anglicana tiene buen ojo clínico y, sobre todo, financiero, según una crónica del diario El País, de Madrid, que señala la participación de la misma en los laboratorios «Pfizer», fabricantes de la famosa píldora contra la impotencia «Viagra».

Pero la Iglesia no ve objeciones morales a esta píldora que ha duplicado el valor de sus acciones en Pfizer (un millón de libras esterlinas el año anterior).

Cuestiona el diario El País que dicha Iglesia tiene otras inversiones menos santas, por ejemplo en dos fábricas de armamento y tres laboratorios de manipulación genética.

Figuran también en la relación de inversiones de la Iglesia Anglicana empresas como las petroleras British Petroleum y Shell, cuestionadas por grupos ecologistas por ignorar supuestamente los derechos de los indígenas que ocupan las tierras de explotación.

No sólo en esto se manifiesta la hipocresía de las Iglesias, los casos de pederastia ocultados durante siglos ha llegado a tal bochorno que, un informe de la BBC, de 2004, señalaba que el 4% del clero católico de Estados Unidos ha estado implicado en prácticas sexuales con menores (unos 4.000 sacerdotes en 50 años). Más de un centenar de miembros de la Iglesia Católica australiana han sido condenados por abusar sexualmente de un millar de víctimas, según la organización Broken Rites.[1]

Otras investigaciones, como la realizada en 1995 por la Universidad de Salamanca y publicada por el Ministerio de Asuntos Sociales de España, determinaron que del total de españoles que han sufrido abusos sexuales siendo menores, el 10% asegura que fue abusado por un sacerdote católico.[7]

La mayoría de los casos se presentaron en seminarios sacerdotales, escuelas y orfanatos en donde niños y adolescentes estaban bajo el cuidado del clero. La publicación de numerosos escándalos creó una fuerte crítica hacia la jerarquía de la Iglesia, especialmente por la actitud que algunos obispos y superiores religiosos asumieron frente a las evidencias del hecho limitándose a llamados de atención privados y el traslado del infractor a otros sitios, mientras se guardó una indiferencia sistemática frente a las víctimas, lo que llevó a la conclusión de que los superiores de los infractores estaban encubriendo el crimen. El Papa Benedicto XVI ha condenado reiteradamente estas prácticas, subrayando que «sacerdocio y pederastia son incompatibles».[2]

¿Y que me dicen de los “hijos de los curas” que se cuentan por decenas de miles en todo el mundo?

Los hijos de curas han sido noticia. El Diario La Stampa hizo saltar el polémico tema cuando a principios del mes de agosto publicaba una noticia que indicaba que el Vaticano estaba estudiando la posibilidad de permitir a los sacerdotes reconocer civilmente a sus hijos, darles apellido y herencia sin que ellos modificase su estado religioso ni se tomasen medidas al respecto. Dos días después el Vaticano negaba que esto fuera cierto, e incluso que se hubieran tenido reuniones para analizar la cuestión.

El holocausto judío, el genocidio en Ruanda, millones de muertos en todo el mundo por el hambre y las enfermedades, ¿saben ustedes que la Iglesia Católica podría acabar con enfermedades como el sida y la malaria en el continente africano con sólo vender las joyas que tienen donadas las Vírgenes de Lourdes, Fátima, Montserrat, etc.?

El Papa Benedicto XVI ha pedido perdón, públicamente, ante tamaña injusticia. Todo este asunto del perdón se quedará en mera retórica mientras no dé lugar a un cambio real en los hechos, empezando por una reconstrucción más fidedigna de la historia, viendo cómo el genocidio ha sido un elemento constante de la cristiandad desde que Teodosio estableció la Inquisición (382), a la que los reyes católicos hicieron reinar con ellos en España.

Cuando la  iglesia, pretendiendo defender a Dios, se entrampa en esa tentación del desierto, algo que debería conocer muy bien a esta altura de su historia, lo que está es defendiendo su propia concupiscencia religiosa. Y al sucumbir en la tentación, las consecuencias para todos sus miembros son más nefastas que las de otras tentaciones a las que sucumbió  también, como las de la simonía, el nepotismo, el   “poder político temporal.

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