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Santa Cruz, puerto de la emigración. Por José Manuel Ledesma

El paso obligado de las flotas que recalaban para avituallarse, reparar averías o completar cargas, impregnaron en nuestros antepasados el espíritu de aventura que se respiraba en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife, incitando a enrolarse en los navíos en busca de mejor fortuna.

En la primera mitad del siglo XVI las islas fueron una fuente inagotable de emigrantes que se embarcaban en la aventura del Nuevo Mundo, bien como soldados, fundadores de ciudades o conquistadores; en la segunda mitad de esta centuria saldrían familias enteras como colonos.

Santa Cruz fue puerto de migraciones externas hacia América, e internas desde El Hierro, Lanzarote y Fuerteventura dada la acuciante hambre impuesta por las prolongadas sequías. Por ello, y con el fin de evitar tensiones sociales, ante el aplazamiento de las obras que por cuenta del Estado debían hacerse, y mientras se encontraba algún cultivo de recambio para la cochinilla (crisis de la grana) se potenciaron, en las dos últimas décadas del siglo XIX, los movimientos migratorios, manteniendo, a través del indiano que retorna, una atractiva propaganda de las excelencias del dorado americano, dado que era una entrada de remesas para nuestra pobre economía.

La Diputación Provincial de Canarias, en sesión celebrada el 4 de Abril de 1878, apuntaba: «En vista de que la emigración es desgraciadamente hoy uno de los medios mas eficaces para aliviar la triste suerte de tantos desgraciados canarios, que el Estado conduzca a Cuba en sus buques a las familias que careciendo de trabajo quieran trasladarse a aquella hermosa Antilla».
El puerto de Santa Cruz de Tenerife sería la válvula de escape -a más de 150.000 canarios- de la miseria que se respiraba en las islas y del constante crecimiento demográfico, que doblaba la media nacional. En los alrededores de los muelles, agentes y comisionistas, actuaban en el tráfico humano transoceánico, llegando a constituir un lucrativo negocio.

El hecho diferencial canario volvió a ser determinante en el momento de elegir los puntos de emigración. Cuba y Venezuela serían los países escogidos, pues era donde los nexos históricos se encontraban más enraizados, siendo la navegación a vapor un factor importante para este tipo de viajes.

Los isleños que deseaban emigrar solicitaban en su ayuntamiento el permiso -comendaticia- por el cual dos vecinos testificaban de su honradez; los que desembarcaban en La Habana eran confinados en la Triscornia donde, después de pasar la cuarentena, salían para ser contratados por un empresario del país. Las autoridades coloniales y los patricios canarios, radicados en la isla caribeña, colaboraron con nuestros compatriotas hasta que en 1898, la guerra hispano norteamericana, forzaría a los emigrantes canarios residentes en Cuba, a regresar tras la angustia de varios años de luchas.

Entre 1908 y 1935 se suceden, otra vez, las migraciones estacionales -las golondrinas- debido a la falta de mano de obra en Cuba para los cortes de caña de azúcar y las cosechas de tabaco; cuando en la isla caribeña comenzaron a contratar braceros antillanos, los canarios tuvieron que buscar otro rumbo: Venezuela.

Finalizada la Guerra Civil española y a consecuencia de la mala situación económica, social y política por la que atravesaban las Islas, se produjo una gran salida de tinerfeños acogiéndose a la esperanza de una tierra que, al impulso del desarrollo de la economía petrolera, experimentaba un progreso económico notable. Las expediciones las llevaban a cabo los enganchadores quienes, abusando de la credibilidad de la sencilla gente tinerfeña, les pintaban la felicidad al otro lado del océano y les preparaban los papeles -credenciales o comendatícias-.

Como la emigración legal ponía inmensas trabas en el Nuevo Estado donde era imprescindible para la concesión del visado de entrada: la carta de llamada o contrato de trabajo y un certificado de divisas, se abre la puerta de la emigración clandestina como única alternativa para trasladarse a Venezuela, asumiendo todos los riesgos que la misma implicaba.

Las expediciones de los veleros furtivos -barcos fantasmas- se realizaba en pequeños pesqueros habilitados para el viaje trasatlántico. Noventa viajes se le contabilizaron a El Arroyo, La Carlota, El Nuevo Teide,…, que con capacidad para 50 personas, llegaron a transportar hasta 285 pasajeros. En la mayoría de los casos el amontonamiento a bordo superaba la capacidad del navío, por lo que para duplicar la cabida, se dividía la bodega impidiendo ponerse de pie a los pasajeros.

Los viajeros llevaban su propia comida, pero como era imprevisible la duración de la singladura, dada la incompetencia de la tripulación, la escasez de alimentos y la falta de agua ocasionaron más de una muerte durante la travesía.

En la primera etapa los viajes fueron organizados por los perseguidos políticos que, una vez estipulado el precio con el dueño del barco, reunían al grupo de personas que querían embarcar y dividían la cuantía del pasaje. En una segunda fase los traslados estuvieron coordinados por entidades clandestinas, con lo que el beneficio era muy superior para estos.

El velero era despachado hacia su destino habitual y en alta mar cambiaba el rumbo acercándose de noche al lugar de la costa, fijado de antemano, en el que los aventureros esperaban con el avituallamiento; pasados unos días el dueño del barco notificaba a las autoridades el robo, eludiendo así cualquier responsabilidad.

El destino de todos los navíos era el Puerto de La Guaira; a la llegada los pasajeros pasaban la cuarentena en la Isla de La Orchila, desde donde salían con autorización para residir y trabajar en Venezuela.

El gran número de viajes frustrados obligaría al Gobierno a legalizar la emigración en 1950. Los canarios habían conseguido por fin, lo que tanto ansiaban: justicia y trabajo en la Octava Isla. A partir de este momento y durante veinte años ininterrumpidos, partieron más de 100.000 tinerfeños. Venezuela, donde hoy residen aproximadamente medio millón de isleños, sería la cuna de la emigración marítima del siglo XX.

De nuestro puerto salían con periodicidad los famosos trasatlánticos de la emigración, copando más del 50 por ciento del tráfico portuario de la época: Begoña, Montserrat, Irpinia, Satrustegui, Surriento, Marqués de Comillas, Virginia de Churruca, los gemelos Vera Cruz y Santa María,…..; este último viviría (22/01/61) en el trayecto La Guaira-Santa Cruz de Tenerife, el secuestro de sus 650 pasajeros y 350 tripulantes por parte del Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación (DRIL) al mando del pirata Galvâo, que se saldó con la muerte del tercer oficial y tres marineros heridos.

Los refugiados políticos, los jóvenes con ansia de aventura, el hambre que se padecía en la isla, etcétera, crearían en la primera mitad de este siglo una nueva figura en la navegación: el polizón. Fueron tantas las intentonas de escapada que las consignatarias tuvieron que colocar, a banda y banda de los barcos atracados o fondeados, los famosos guachimanes, palabra que proviene del vocablo inglés Watchman= guardián.

De la misma manera, Santa Cruz fue puerto de la Evangelización, pues desde sus instalaciones embarcaron para América: el humanista y sacerdote jesuita José de Anchieta y el beato Hermano Pedro.

El Rey Carlos II, conocedor de la misión que habían realizado estos tinerfeños, en 1796 nombró al Puerto de Santa Cruz de Tenerife «principal de embarque y desembarque de los religiosos en la comunicación con América y las otras Islas»…

José de Anchieta, conocido como el Apóstol del Brasil, nacido en San Cristóbal de La Laguna en 1534, marchó rumbo a tierras cariocas, a la edad de 20 años, donde realizó una inmensa labor de apostolado y de cultura en favor de las comunidades étnicas.

Fundó ciudades, colegios, hospitales, casas de reposo y de asistencia para los nativos desvalidos. Escribió poemas líricos, épicos, eucarísticos y a la Virgen María. Son famosos sus sermones, su diálogo de la fe, su gramática, sus fragmentos históricos, su catecismo y sus cartas. Murió en Reritigba, hoy Anchieta, el 9 de junio de 1597.

El beato Hermano Pedro de San José de Bethencourt, conocido como el Padre de Guatemala, nació en Vilaflor en 1626. En su juventud vivió como pastor y ermitaño, por eso la tradición ha conservado un paraje próximo a El Médano, donde guarecía su rebaño en invierno. La conocida Cueva del Hermano Pedro, continúa siendo lugar de peregrinación de sus devotos.

Cuando tenía 23 años emigró al continente Americano. Estuvo un año en La Habana, trabajando como tejedor, y después marchó a Guatemala, donde construyó un centro para pequeños vagabundos, una escuela, un oratorio, una enfermería y una posada para sacerdotes y estudiantes de escasos recursos; todo ello pidiendo limosna por las calles.

Fundaría la primera Orden del Nuevo Mundo: la Hospitalaria Orden Betlehemita, que rápidamente se extendería por el Centro y Sur de América. Desde 1984, tiene su sede universal en La Laguna.

Por sus grandes virtudes y bondadosa caridad para los menesterosos y enfermos, la Iglesia lo declaró venerable en 1771 y beato en 1980; su canonización está muy próxima.

 

1 Comentario

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  • Hola, he leído su articulo sobre la migración en Tenerife de la ultima década de 1800 y principios de 1900, llegue a el de casualidad, buscando datos del apellido Ledesma en Tenerife pues mi abuelo era de allí. Yo vivo en Sevilla desde hace un tiempo pero como mismo investigue en Cuba toda la trayectoria de el allí (muy interesante por cierto), ahora quisiera saber un poco de la familia que dejo aquí en España. Que sepan quien fue y todas las cosas que hizo en aquella tierra. Espero nos comuniquemos, Gracias anticipadas: Odalys Ledesma Hernandez