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Un bicho raro. Por Eduardo García Rojas

Antes de las doce campanas recibo y envío WhatsApp, llamadas, correos electrónicos de personas a los que, la verdad, había olvidado y que parecen que, repentinamente, se acuerdan de uno mientras la herramienta del Facebook se inunda de mensajes que invitan a la felicidad y a que Dios reparta suerte.

Como si fuera cosa de la suerte que este año que comienza a rodar fuera mejor que el pasado, ese que se murió hace dos día a golpe de las dichosas doce y sísificas campanadas.

El caso es que todo sigue igual.

Pero se nota en el ambiente ese poco realista entusiasmo por el reinicio,  por ese “empezamos de nuevo” en el que casi parece, casi parece, que todo puede ser posible pese al derrumbe.

Pero no me malentiendan.

Aprovecho estos días para releer, entre El fantasma de Harlot y Morir despacio, de Norman Mailer y Alexis Ravelo, respectivamente, el Crack-Up de Francis Scott Fitzgerald. Una crónica del despertar –con dolorosa y sedienta resaca– del sueño americano.

Entre otras frases del Crack-Up me quedo con: “La prueba de una inteligencia de primera clase es la capacidad para retener dos ideas opuestas en la mente al mismo tiempo, y seguir conservando la capacidad de funcionar. Uno debería, por ejemplo, ser capaz de ver que las cosas son irremediables y, sin embargo, estar decidido a hacer que sean de otro modo.”

Con el paso de los años las navidades ya no son lo que para mí fueron.

Demasiados los ausentes.

Muertos y vivos. Vivos y muertos a los que echo de menos.

Entiendan así que no sienta el mismo frenesí, y mucho menos el chispazo de emociones que la mañana del 6 de enero me recorría como una lengua de fuego por dentro.

– ¿Qué me pasa, señor Ojo?

– Ginebra…- boquea señor Ojo.

¿No soy el mismo?, me pregunto.

Estos días me he esforzado por reencontrarme con aquello que me amó y armó pero de manera quiero pensar que inconsciente he ido despojándome como quien se quita una caspa molesta de encima.

Salgo entonces a recorrer las calles de esta capital de provincias como un inocente que se mezcla entre golem para que en una librería donde ya me conocen de toda la vida un empleado haga un chiste: que no aproveche la insólita presencia de público para sisar un libro.

No utiliza el empleado la palabra sisar. Un empleado que ignora que sí que he visto momentos antes como una jovencita sisaba un libro: Soy un bicho raro, de Anne Bannon.

¿Levanto el dedo y la señalo?

¿Grito algo así como detengan al ladrón?

No.

Estoy otra vez en la calle.

Demasiada gente en unas calles decoradas con luces que, más que animarme, me derriten un poquitito más.

Tengo que recurrir a la técnica de los codazos para abrirme paso entre la marabunta y atender resignado a un periodista que me pregunta si vi –ojo que no dice escuché– el discurso de fin de año que ofreció el presidente de esta cada día más descascarillada comunidad autónoma.

– No, por supuesto que no.- respondo con una sonrisa de no quiero hacerme el gracioso.

Luego chismea como quien no quiere la cosa y nos damos las manos y el inevitable feliz de año que en estos días de apariencias se ha convertido en una consigna. En algo así como ciudadano o camarada que no era otra cosa que los soldados que compartían cama o lecho en las trincheras de Europa en los años de la Gran Guerra.

Llego a casa donde me abuuuurro por Internet consultando las mismas páginas.

En un blog se hace onanismo con una polémica barroca y tontorrona.

Un yo dije y tú dijiste y ahora tú dices y yo digo que, la verdad, no entiendo. Es más, quiero pensar que es un chiste privado que se han montando estos dos para darse algo de gusto: camaraaadas.

Son días en los que temo que el cielo se me caiga sobre la cabeza. Como a los galos irredentos, los que se enfrentaron a los civilizados romanos porque conocían el secreto de la poción mágica.

La senda de Miguel Ángel Toledo se estrena, leo en la agenda de actividades culturales que facilita el Gobierno de Canarias, el 11, 12 y 13 de este mes a las 19 y 21.30 horas en TEA.

Nunca he tenido muy claro sí se escribe TEA Tenerife Espacio de las Artes o Tenerife Espacio de las Artes TEA… ¿Alguien podría explicármelo si hace el faaaavor?

Encuentro a un precio de risa uno de los mejores discos de The Kinks, Face to Face, y me entra una insólita tristeza porque esta noche veré el último capítulo de la primera temporada de Boardwalk Empire, que ha sido de lo mejor que he digerido últimamente.

Esto me hace recordar que un amigo cubano tiene Érase una vez en América, del maestro Sergio Leone.

El amigo, cada vez que me ve, me pide que le preste con acento, en el que desaparecen las rrr por lll, películas y más películas sobre la mafia.

Solo quiere películas de mafia.

Ya le pasé la trilogía de El padrino y le he prometido que cuando me devuelva Érase una vez en América le paso Uno de los nuestros y Casino.

Rechaza de plano, para mi sorpresa, la nueva versión de Scarface de Brian de Palma.

No le digo nada del Lucky Luciano, la cinta en la que el italiano Francesco Rosi cuenta el crepúsculo del famoso gángster italonorteamericano…

Me pregunto si le gustará Boardwalk Empire.

Aunque ahora todo el mundo enteraaado habla de Los miserables, la película. El musical plagado de estrellas de Hollywood que se exhibe en los cines.

Todo el mundo enteraaado habla de la película pero no de la novela que la inspira.

Y pienso que fue un escritor único, por raro, Victor Hugo.

Yo me quedo con El hombre que ríe, que también se trata de un libro demasiado grueso en páginas y al que hay que coger, como lo cogí yo, si se está enfermo y en cama. Alimentándose de calditos y yogures.

Lo digo porque hay que tener espíritu enfermo para enfrentarse a sus novelones.

Por aquello de la belleza del monstruo también recuerdo El jorobado de Nuestra Señora de París.

Los miserables la vi, no me he atrevido a leerla aún, por primera vez en televisión. Se trataba de una película francesa que, ahora, rastreando en Internet, me entero dirigió Jean-Paul Le Chanois. Recordaba a su protagonista, a quien hace de Jean Valjean, Jean Gabin, que fue siempre un actor por el que siento una extraña, si quieren compulsiva por estrafalaria fascinación.

La otra película que suena en estas navidades donde todo cambia, nada permanece, es el Hobbit. Tampoco la he visto. Y ni puñeteras ganas por verla pero sí que recuerdo cuando leí la novela.

Fue por la fiebre tolkeniana que sufrí tras el estreno de la hoy olvidada película de dibujos animados El señor de los anillos (Ralph Bakshi, 1978).

Pero la verdad sea dicha en esta plancha: en este periodo de transformaciones varias que sufro Tolkien me parece ahora otra cosa.

O cosita.

Debe ser la edad, que va descascarillando lo prescindible de la armadura que forja tu pasado.

La idea es recuperar la inocencia. La capacidad de asombro.

Asombro que sí encuentro cuando vuelvo a contemplar el Conan de Milius. Ya saben, la película protagonizada por ese actor de apellido impronunciable que fue gobernador de California.

En un inquietante viaje a mi pasado vuelvo a ver Desmadre a la americana, que fue la madre de todas aquellas cintas sobre universitarios con una idea fija en la cabeza: perder la virginidad.

¿Me río viendo Desmadre a la americana como la primera vez?

No.

Pero sí que sonrío.

Regreso, es inevitable, al Crack-Up:

Soy un hombre que piensa despacio, y se me ocurrió simultáneamente que de todas las fuerzas naturales, la vitalidad es la única incomunicable. En días en que la savia vital le llegaba a uno como un artículo libre de impuestos, uno trataba de distribuirlo –pero siempre sin éxito–; para seguir mezclando metáforas, la vitalidad nunca “aprende”. Se tiene o no se la tiene, igual que salud u ojos pardos u honor o voz de barítono.”

La chica que sisó Soy un bicho raro me guiñó el ojo.

(*) La imagen que acompaña estas líneas pertenece a El Golem (Carl Boese y Paul Wagener, 1920. El filme está basado en la novela El Golem de Gustav Meyrink.

Saludos, agitando las manos, desde este lado del ordenador.

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