FIRMAS

Santa Cruz de Tenerife, puerto de escala. Por José Manuel Ledesma

La conquista y colonización del Archipiélago canario señalaría el trayecto que habrían de seguir las flotas procedentes de puertos españoles y europeos.

La aparición de la brújula, el astrolabio y la cartografía harían variar las formas de navegación, realizándose en veleros de mayor velocidad y capacidad de carga, lo que permitía adentrarse en el Atlántico, mientras que el astrolabio náutico sería el instrumento primordial para situar una nave en la mar dado que medía la altura del Sol sobre el horizonte, ángulo que, ajustado mediante tablas de declinación solar, permitía conocer la latitud.

A finales del siglo XV, el puerto de Santa Cruz haría de puente en la colonización de América de las expediciones navales castellanas hacía las regiones que el Imperio Español dominaba en América; es decir, sería el lugar de paso obligado para descubridores, conquistadores y colonizadores que buscaban el camino de las Indias siguiendo la ruta de los Alisios; sirvió de estación abastecedora a las naos y carabelas que venían a comprar bastimentos, abastecerse de agua, vino, frutas, leña y sal.

Estas flotas completaban sus expediciones con la recluta de isleños que en la mayoría de los casos no iban por la conquista, sino como pobladores y colonos.

A lo largo del siglo XVI llegan al puerto, en distintas oleadas, infinidad de Armadas. La mayor de éstas, vista hasta entonces en Canarias, lo hace en 1502, al mando de Nicolás de Ovando con 31 navíos y 2.500 hombres; partirían el 15 de abril con destino a La Española para establecer la autoridad de la Corona en los recién creados dominios americanos; debido a la cantidad de isleños que querían acompañarle fue preciso comprar otro barco. Trece años después (1515) avitualla y repara su embarcación Juan Díaz de Solís, quien iba rumbo al Río de la Plata.

El 26 de septiembre de 1519, una flotilla compuesta por cinco navíos de la Corona Española hace escala en Santa Cruz. La Trinidad, capitaneada por Hernando de Magallanes y San Antonio, al mando de Juan de Cartagena, ambas de 120 toneles machos, eran las mejores de la formación. Las otras tres naves: Concepción, Victoria y Santiago iban capitaneadas por Gaspar de Quesada -como piloto Juan Sebastián Elcano-, Luis de Mendoza y Juan Serrano. El autor de la apasionante crónica, Antonio Pigafetta, cuenta que Magallanes comunicó al Adelantado que Carlos I había sido elegido emperador y por tal motivo subieron a La Laguna para realizar el ritual solemne de la proclamación.

En bufadero se abastecieron de agua y otras provisiones, vituallas que tuvieron que compartir con 20.000 cascabeles, cajas repletas de tijeras y anzuelos, alumbre, azogue y un sin fin de baratijas para las lejanas tribus de salvajes que tan bien conocía Magallanes de anteriores viajes. Tres días después de su llegada, un cañonazo es la señal para recuperar anclas y enfilar rumbo a Montaña Roja, en El Médano de Abona, donde permanecieron varios días ocultos pues les perseguían barcos portugueses que les querían prender y ahorcar. Pasado el peligro y cuándo los Alisios comenzaron a soplar, estos le llevarían a dar la primera vuelta al mundo.

En 1535, después de haber participado en la conquista de Méjico, toca puerto tinerfeño Diego de Ordáz, con el fin de reclutar 200 hombres y comprar dos carabelas a los hermanos Silva; permanecería dos meses en casa del hacendado tinerfeño Gonzalo Yanez de Daute. También, en la referida fecha, se hacen a la mar 15 barcos bajo las órdenes de Pedro de Mendoza -tres de ellos armados en este lugar con 800 hombres- que sufrirían muchas calamidades en su recorrido por el Río de la Plata hasta llegar a conquistar Santa María del Buen Aire (Buenos Aires); nuestra representación fundaría la ciudad de Tenerife en Colombia y el capitán lagunero Pedro Benítez de Lugo instituiría la ciudad de Asunción en Paraguay. Un año después (1536) la Corona solicitó al segundo Adelantado de la Isla, Pedro Fernández de Lugo, que organizara un viaje con destino a Puerto Rico compuesto por 26 naves y 1.500 personas, la mayoría labradores isleños acostumbrados al cultivo de la caña de azúcar.

En 1563, otra expedición con 15 navíos al mando del Adelantado Diego de Sanabria sale de nuestro puerto, lo mismo que la del descubridor del río Amazonas, Francisco de Orellana.

Menéndez de Avilés, al pasar por estas aguas (1565) en dirección a Florida, a los 11 navíos y 1.500 hombres que llevaba, se le unieron otros barcos con 1.000 expedicionarios más que iban a luchar con el fin de expulsar a los franceses de la mencionada península y fundar la ciudad de San Agustín.

En 1569, un numeroso grupo de canarios fueron capitaneados por el tercer Adelantado de Tenerife, Alonso Luís Fernández de Lugo, y diez años después -para evitar la pérdida de Jamaica- nada se consideró mejor que enviar una flota con gente de Canarias, dado su fama de muy trabajadora.

Una Real Cédula de 1668 establecería el Tributo de Sangre, mediante el cual se concedía a los canarios el privilegio exclusivo del comercio con aquellos pueblos indígenas a cambio de un alto precio, ya que por cada cien toneladas de vino que se exportaran hacia América, cincuenta familias eran obligadas a abandonar su isla natal con el mismo destino que la mercancía enviada. De esta manera, la Corona representada en esos momentos por el rey Carlos II, aumentaba el número de españoles en las casi deshabitadas provincias de las Indias Occidentales; estos clanes, en su afán de colonizar y acceder a la propiedad de la tierra, se adentraban en territorios inhóspitos afrontando dificultades de todo tipo, tal fuel el caso de lo ocurrido, en 1685, a una expedición de labradores quienes con sus esposas e hijos partieron para La Española, donde fundaron la colonia de San Carlos de Tenerife.

En el siglo XVIII los isleños vieron en los veleros la forma de escapar hacia las Indias enrolados como milicias-colonos. El desplazamiento se realizaba con la Compañía de la Habana, creada en 1740 para el transporte de familias canarias, teniendo la obligación de suministrarles los alimentos para la travesía, tierras, ganado y semillas, así como dinero y ornamentos para el culto. Muchos paisanos dejaron el Archipiélago entre 1718 y 1765, hecho corroborado por las 984 familias -unas 5000 personas- que embarcaron con destino a Florida.

En 1726 parten de nuestro puerto, en el navío Nuestra Señora de la Encina, las primeras cincuenta familias que, dirigidas por Bruno Mauricio de Zabala, instituyeron la ciudad de Montevideo. En la década 1729-1739 saldrían idéntica cantidad de canarios con el fin de evitar la influencia inglesa en las recién creadas colonias españolas. Dos años después, 56 vecinos de Tenerife (16 familias) fundaron la ciudad de San Antonio de Texas. En fechas sucesivas, diversos grupos de isleños crearon, en el mismo estado, las ciudades de Galveston y Valenzuela. En distintas tandas, entre junio y diciembre de 1778, los barcos La Victoria, La Santa Faz, Ignacio de Loyola, San Juan Nepomuceno y Sagrado Corazón de Jesús transportaron desde la rada santacrucera a más de cuatro mil colonos, al objeto de poblar La Luisiana, donde en la actualidad, la aldea de San Bernardo -el principal núcleo habitado por nuestra colonia- es conocida como La Isla; de este grupo 700 eran jóvenes seleccionados por tener una estatura media de 5 pies y 6 líneas, ser robustos y perfectos.

La importante aportación canaria, en los años del descubrimiento y colonización de América, se constata hoy en las inequívocas huellas dejadas por los isleños en sus costumbres, tradiciones y aspectos de la lengua. El papel que jugaron los canarios en la formación de la sociedad del Caribe español (Venezuela, Puerto Rico, Cuba, República Dominicana, Luisiana y el Yucatán) fue muy importante, pues la emigración isleña, eminentemente rural, trasladó hasta allí al campesino blanco cuya unión con los criollos daría lugar a numerosos casos de mestizaje.

 

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