FIRMAS

Contagio. Por Irma Cervino

Adelardo llevaba incubando una gripe hacía más de cuarenta años pero era incapaz de saber en qué momento se había contagiado. La última vez que salió a la calle fue el día en que Dedicación, su madre, angustiada por ver que el niño no se levantaba de la cama, decidió llevarle al médico. Allí confirmó los malos augurios.

Desde entonces, ya no volvió a ver más la luz del sol y se quedó encerrado en aquella casa, al cuidado de su madre que hacía todo lo posible para que la gripe no lograra salir. El tiempo pasaba, él crecía pero la enfermedad no daba señales. Estaba escondida en algún lugar de su organismo, como si tuviera miedo y aguardara el momento preciso.

El médico le visitaba cada viernes para comprobar cómo evolucionaba su intento de enfermedad y siempre se marchaba con la misma cara de desilusión al no encontrar ninguna manifestación externa. “Sé que la jodida está ahí. La gripe continúa gestándose”, le susurraba a la madre como si creyera que Adelardo seguía siendo todavía un niño cuando en realidad éste ya había superado los 45. Ella se aterrorizaba al escuchar aquellas palabras. A diferencia del médico, Dedicación no quería que el virus contagioso invadiera el cuerpo de su hijo. “Mientras permanezca dormido ahí dentro, todo irá bien”, pensaba. Después de auscultarle otro viernes más el pecho, don Luis se sabía de memoria cómo sonaba el interior de Adelardo. Antes de marcharse, repetía suempre los mismos gestos: abría el maletín, sacaba su libreta verde, rellenaba el informe y le preparaba una nueva receta por si aparecía la gripe.

Una tarde de invierno, don Luis ya no volvió más a la casa. Estaba demasiado mayor y la muerte, que también él había estado incubando durante toda su vida, se presentó de improviso la noche anterior y se lo llevó. Para Dedicación fue un verdadero trauma. Su dolor no era tanto por la pérdida humana del médico, al que le tenía mucho cariño, sino porque ahora ya no tenía a nadie para que vigilara el caso de su hijo.

Durante varias semanas buscó sin descanso un nuevo médico que pudiera atender la gripe escondida de Adelardo. No fue una tarea fácil. Por mucho que trataba de explicarlo, nadie entendía qué era lo que en realidad buscaba.

– ¿Pero su hijo tiene gripe? -preguntó una señorita al otro lado del teléfono.
– Todavía no, pero está a punto -respondió Dedicación.
– Señora aquí no tratamos supuestos sino enfermedades reales. Cuando su hijo se ponga malo, puede pedir hora y le atenderemos con mucho gusto. Buenas tardes.

No fue esta la única conversación infructuosa. Nadie quería tratar a un futuro enfermo.

Señora, entiéndalo: si no tenemos ni tiempo ni personal para los pacientes que están enfermos, mucho menos para los que aun no lo están pero podrían estarlo en algún momento impreciso -le explicó la telefonista de una consulta médica.

Después de cuarenta años, a Dedicación se le hacía extraño que su hijo no recibiera ninguna vigilancia médica y empezó a obsesionarse con que si no venía pronto alguien a casa a supervisar cómo estaba por dentro, caería enfermo y entonces lo perdería para siempre. Mientras su madre buscaba una solución, Adelardo se pasaba los días en la cama, aburrido y sin hacer nada, esperando -como lo había hecho toda su vida- la presunta gripe.

Destrozada por los nervios, que empezaban a consumirla, y temiendo que, en cualquier momento, ocurriera lo peor, Dedicación tomó la decisión de vestir a su hijo y acudir a urgencias con él. Pensó que allí no podrían negarse a atenderle. Durante el trayecto en taxi, Adelardo no parpadeaba. Por primera vez desde que era un niño de cinco años, volvió a ver la calle y sintió como si acabara de nacer. Después de tantos años encerrado en cuatro paredes, sin saber nada del exterior, ni tener trato con nadie, salvo con su madre y don Luis el médico, se sorprendió de que hubiera tanta gente en el mundo e incluso le pareció extraño cómo se movían, hablaban o gesticulaban. La imagen de lo que era la vida fuera de una casa le entusiasmó y deseó curarse cuanto antes para poder empezar a vivir. Creía que aun estaba a tiempo.

El taxista paró en la puerta de urgencias y, antes de bajar del coche, Dedicación le indicó a su hijo con un gestó que se tapara la boca, no fuera a enfriarse. Adelardo pensó que eso era justamente lo que deseaba que le ocurriera ya de una maldita vez. Quería soltar el monstruo que llevaba dentro.

Ya en el pasillo de espera, un enfermero se acercó a preguntarle qué le ocurría. Como siempre, Dedicación habló por él.

– Se va a poner malo -dijo sin más explicaciones.
– ¿Quiere decir que le va a dar una convulsión o algo así? ¿Es epiléptico? -preguntó el auxiliar.
– No es eso. Mi hijo está incubando una gripe que puede estallar en cualquier momento. Necesitamos un médico urgente. El nuestro se murió y llevamos dos semanas sin que nadie le examine.

El enfermero apretó los labios, levantó las cejas y tragó saliva. Se dio la vuelta y, en menos de tres minutos, regresó con la supervisora jefe.

– Buenos días señora. El enfermero me ha contado lo de su hijo y creo que lo mejor que pueden hacer es esperar en casa.
– ¡Cómo! ¿Esperar? ¿A qué? ¿A qué se ponga malo? Eso es lo que llevo evitando desde hace más de cuarenta años y lo hemos logrado porque teníamos un médico que nos visitaba cada semana pero ahora se ha muerto y nadie atiende a mi hijo. ¿No se da cuenta de que acabará poniéndose malo? -le explicó Dedicación todo de corrido y con un gesto de tormento.

En aquel instante, Adelardo entendió que su madre era realmente la enfermedad que él padecía. Ella había dedicado toda su vida a evitar que su niño -que ya era un hombre- se pusiera enfermo. Lo había protegido demasiado y ese era el mayor daño que podía haberle hecho.

– No nos iremos de aquí hasta que un médico le vea -amenazó Dedicación, empujando hacia la pared la silla en la que estaba sentada y abrazándose a su bolso como si así fuera a pesar más, en caso de que intentaran levantarla para echarla de allí.
– Por su propio bien, señora, le aconsejo que se vaya a casa. Su hijo no tiene nada y puede que nunca lo tenga -trató de explicarle el enfermero.
– Jovencito, le repito que de aquí no nos moveremos hasta que venga un médico.
– Pues tendré que llamar a seguridad -apuntó la supervisora.
– Me da igual lo que haga. No me pueden echar de urgencias si mi hijo está enfermo. Dios mío, ¡que insensibilidad!

Dedicación y la supervisora continuaron enfrascadas en una discusión un tanto desagradable que se estaba convirtiendo en un verdadero espectáculo para el resto de pacientes de urgencias. De repente, en medio de la disputa, un sonido extraño enmudeció aquella sala llena de camillas, dolores y quejidos.

Dedicación, que presentía lo que había pasado, y como si nunca antes hubiera movido la cabeza, empezó a girarla a cámara lenta, temiendo lo peor y descubriendo que el estornudo, efectivamente, había salido de la nariz de su hijo.

– Mamá, creo que por fin está fuera -dijo Adelardo moqueando.

La supervisora jefa miró al enfermero con los ojos más abiertos que la puerta de urgencias y le pidió a madre e hijo que, por favor, abandonaran la sala.

– Lo que tiene es un simple resfriado -trató de tranquilizarla.

En el trayecto de camino a casa, Dedicación iba totalmente sumida en la más absoluta miseria, pues aquella era la primera vez que su hijo, con 45 años, se ponía enfermo.

– Hijo mío, aguanta -le suplicó con los ojos encharcados.
– Pero mamá, no te preocupes. Si estoy bien.

Adelardo pasó siete días en cama, con fiebre, frío, dolores musculares y tos pero nunca antes se había sentido tan feliz. Dedicación, pasó cada segundo de los siete días acostada junto a él, controlándole la temperatura y la respiración. En realidad, lo que había estado incubando su hijo todos aquellos años no había sido una gripe sino una enfermedad mucho más grave: el miedo a la vida.

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