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Antonio Cubillo, años verdes y trópico gris. Por Eduardo García Rojas

Antonio Cubillo es uno de los personajes más singulares e interesantes de la historia de Canarias y de la España de la segunda mitad del siglo XX, con independencia de que se esté a favor o en contra de lo que defendió a lo largo de su vida. Un ideario que le costó estar postrado en una silla de ruedas tras un intento de atentado perpetrado por mercenarios pagados con el oro de Madrid.

Ha querido la fortuna que antes de que lo llamara la muerte, Cubillo viera reflejado en pantalla su frenética vida y el maremoto que originó, en el ambicioso e interesante documental Cubillo: historia de un crimen de Estado, dirigido por su sobrino Eduardo y del que ya ofrecimos nuestra opinión en este mismo blog.

El líder independentista deja además una reducida obra escrita que será fundamental para conocer un periodo de la historia del archipiélago que aún permanece entre sombras, como fue la década de los setenta y ochenta.

En estas semimemorias, como acuñó el mismo Cubillo, y que fueron publicadas por el Centro de la Cultura Popular Canaria en dos tomos –al parecer estaba trabajando en un tercero– Antonio Cubillo escribe sobre su niñez, adolescencia y juventud con insólita nostalgia… Se tiene esa sensación solo leyendo sus títulos: Los años verdes y Trópico gris.

En el primer volumen, el también abogado nos relata sus años de infancia con acento en ocasiones dickensiano. Su lectura permite conocer también su toma de conciencia, el despertar al que las circunstancias lo condujeron a fundar, años más tarde, el Movimiento por la Autodeterminación e Independencia del Archipiélago Canario (Mpaiac), asunto que esperaba desarrollar con más amplitud en la tercera entrega de sus recuerdos dispersos.

En Trópico gris, libro en el que su autor refleja sus años de adolescencia y juventud, el político convertido ahora en escritor reflexiona sobre su toma de conciencia aunque apenas bordea sus experiencias como activista político, capítulo que sospecho reservaba para ese tercer volumen que no llegó a publicar.

Entrevisté en una ocasión a Antonio Cubillo precisamente con el objetivo de preguntarle si continuaría con sus semimemorias tiempo después de que apareciera el primer volumen de la misma, Los años verdes.

Recuerdo que fue una de las entrevistas más difíciles de mi vida no porque el entrevistado fuera reacio a responder las preguntas sino más bien por lo contrario. Cubillo hablaba como una ametralladora y volvía una y otra vez sobre su vida proporcionando tal cantidad de datos que terminó mareándome la cabeza.

No volví a encontrármelo desde entonces, aunque de tanto en tanto me lo tropezaba en tertulias televisivas donde me parecía, es una opinión muy personal, que desmontaba al personaje que había labrado en sus semimemorias.

No, aquel Cubillo al que se ridiculizaba y que se ridiculizaba así mismo no tenía nada que ver con el Cubillo de Los años verdes y Trópico gris.

Al margen de que no entienda el porqué derivó su discurso hacia la acción armada que solo trae como consecuencias víctimas inocentes, y pese a mostrarme poco favorable a su causa, fui de los muchos que a finales de los años setenta se conmovió cuando se dio la noticia de su ruin atentando.

Por ello, y en la que quizá sea la mejor escena del documental Cubillo: historia de un crimen de Estado, volví a reencontrarme con el personaje de sus semimemorias cuando el hoy fallecido líder independentista canario se enfrenta con uno de sus asesinos en un estremecedor cara a cara.

Quiero ver en ese Cubillo, un Cubillo con el no comulgo ideológicamente, al hombre detrás del disfraz independentista capaz de perdonar a su enemigo.

Es un momento grande y afortunadamente no casual del documental. Una de esas escenas que pone punto y aparte a la caprichosa relación de amor y odio que une los destinos del archipiélago con España.

Saludos, quizá sea horas de recuperar esas semimemorias, desde este lado del ordenador.

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