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La Educación es un Arte. Por José Oriol Rojas

Existen sociedades cuya definición, pasado y futuro forma parte de la vida cotidiana de sus miembros. Otras, por el contrario han evolucionado de tal forma que las individuos viven vidas locales, de espaldas a su historia, a su identidad o su futuro.

La nuestra, por ejemplo, crece carente de líneas maestras. No es una sociedad religiosa, no es tradicionalista, no es nacionalista, Cambia de modo permanente sin que se sepa bien a donde va o qué se espera de ella, más allá del hecho mismo del cambio por el cambio. La necesidad de innovación parece más evidente que la definición del propósito, la meta o el fin.

Cabalgamos a galope en casi todas las áreas del desarrollo del conocimiento y la tecnología, pero no sabemos a dónde vamos, ni si la dirección es congruente con quienes somos o de dónde venimos. La tecnología se nos muestra como un fin en sí mismo. Los nuevos aparatos, herramientas o técnicas se incorporan sin analizar antes los efectos que van a producir sobre la condición humana de los usuarios. Como en el caso de los ascensores, que obviamente nos facilitan el acceso a pisos altos, pero nos ocultan que debilitan radicalmente nuestra salud.

En Educación ocurre algo parecido, andamos haciendo innovación constantemente, pero pasando por alto los efectos ocultos en la trama de esos cambios. No existe una definición estable y congruente de Educación, de qué es éxito en Educación, ni cuáles son los componentes de la Educación. Y por tanto,  no logra ser un proceso social integrado, donde la sociedad, la familia y las colegios,  actúen de forma congruente,  sino más bien una amalgama dispersa de pretensiones, objetivos, éticas y estéticas, que en muchísimas ocasiones llegan a ser contradictorios e incompatibles entre sí.

Dicho de forma llana, existen grandes dificultades para resolver los problemas de la educación porque se pasa por alto el hecho de que las categorías que se utilizan para su análisis están cargadas de prejuicios culturales, económicos o administrativos y que éstos constituyen un serio obstáculo para  encontrar la clase de soluciones necesarias. Tenemos el descomunal obstáculo de no poder ver claramente las herramientas que usamos, como quien tratara de pelar naranjas utilizando unos guantes de boxeo, sin advertir que los lleva.

Por eso y para evitar quedar atrapados en un modo de verla que no dé respuesta a las verdaderas necesidades de los alumnos. Veamos algunos de los problemas tácitos de nuestro modo actual de entender la educación.

Primero, existe un afán representacional y utilitario en la noción de aprendizaje. Los docentes solos consideran aprendido aquello que los alumnos sean capaces de demostrar: la exhibición teatralizada de determinadas habilidades instrumentales es la condición de su adquisición. Una visión según la cual el individuo no puede mediar entre lo que aprende y lo que desea exhibir y que le niega el derecho a la subjetividad y a tomar decisiones de forma autónoma. En otros términos, los considera un sistema simple de acción y reacción. Autómatas, cuya respuesta además debe producirse de forma contingente e inmediata, no aceptándose los procesos de incubación de lo aprendido, ni el engaño, ni las respuestas por imitación o copiado, que sortean el aprendizaje pero expresan el resultado.

En segundo lugar, siendo evidente que asistimos a una progresiva externalización del conocimiento y de la memoria desde Gutemberg hasta hoy, el papel de la escuela está en continua transformación, por lo menos desde el punto de vista de los soportes en los que se apoya. Pero lo que nadie cuestiona, a medida que la información se vuelve más accesible, es que el papel del docente es aportar un significado a la información. Por tanto, no es un gestor de datos encargado de dar fe de las competencias que el alumno es capaz de exhibir, sino un mediador y un dinamizador del proceso de construcción del significado de la información, en la interlocución y convivencia con el alumno. En otros términos, la información solo adquiere sentido cuando  se la dota de estructura a través del significado y se transforma en conocimiento. Lo que relativiza la función contable y discriminatoria  (aunque no la excluye), del profesor y enfatiza la de constructor de la convivencia en un espacio de significados.

Por tanto y asumiendo que la función radical e innegociable de la Educación es la socialización y el ajuste a la cultura de referencia, la tarea de los profesores y maestros se fundamenta en el arte de conducir la información y los datos hasta el espacio intelectual donde el alumno pueda irlo incorporando, en un proceso recursivo de complejidad creciente.

Y digo «proceso recursivo» para destacar que se trata de un ejercicio multifásico evolutivo,  cuya evaluación solo tiene sentido sobre el  conjunto total del proceso. Teniendo como objetivo la determinación del grado de ajuste y socialización que expresan los alumnos al final. De ahí que los resultados de pruebas puntuales como Pisa solo sirvan para entender el grado de relevancia que ellas mismas tienen para la comunidad educativa. Como un médico que toma las pulsaciones tratado de establecer la salud del corazón de su paciente, y éste las sube o las baja por el mero hecho de ser observado.

Y por otra parte digo «Arte», para  expresar el grado extremo de complejidad que supone la interacción diseñada para modificar la estructura psíquica de otro, en tanto que el profesor tiene la responsabilidad de mantener una relación  basada en la creación de congruencias  interaccionales con el alumno, o proceso de ajuste mutuo dirigido. Con la peculiaridad de que ese ajuste mutuo  está condicionado a la idiosincrasia de cada alumno, cuya personalidad y visión de la realidad es una creación artística de su familia.

«Educación» es, por tanto, (a) un proceso complejo (b) de interlocución no coercitiva entre dos partes (c) dotadas de lógicas distintas, que se produce en un (d) contexto cultural determinado y en búsqueda de unos (e) objetivos definidos. Un proceso de poiésis.

www.oriolrojas.com

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