FIRMAS

Los astilleros. Por José Manuel Ledesma

Desde que en 1505 el Adelantado firmó una data de tierra en el barranco de Almeida para que se levantara un Varadero, esta industria sería muy importante para el puerto, no sólo porque se fabricaban barcos, sino también porque su presencia atraía las naves que necesitaban ayuda.

Las embarcaciones que se utilizaban en la navegación de cabotaje y para la pesca solían construirse en la Isla. El carpintero de ribera era a la vez ingeniero, proyectista y constructor de la nave. Curiosamente el carpintero de ribera Blas Díaz, daría su nombre a la caleta que existía donde actualmente se levanta el Cabildo Insular, al utilizarla como varadero para realizar una nao de exageradas dimensiones para la época.

Después de un primer período de euforia en la confección y reparación de veleros empezó a escasear la madera apropiada, puesto que se arrasaron los bosques cercanos al puerto; existen noticias (1642) que para fabricar la quilla de un barco de diez metros, fue necesario subir hasta el Valle del Bufadero para encontrar árboles con esas medidas. El Cabildo, con el fin de limitar la destrucción de los montes, sólo autorizaba su corte con la condición de que se fabricaran cada año ocho barcos para el tráfico indiano.

Desde 1761 se generalizó la práctica de revestir la obra viva de los barcos de madera con un forro de plancha de cobre para protegerla de la acción destructora de la tarraza. El empleo del hierro (1787) alargó la vida de los barcos y permitió darles mayor longitud y proporciones más esbeltas, ganando en rapidez de marcha.

En la línea de playa, que iba desde el muelle viejo al barranco de Almeyda, carenaban, limpiaban fondos y reparaban las fragatas y bricbarcas balleneras que recalaban para hacer la aguada, embarcar víveres frescos y enrolar tripulaciones. En estas mismas playas se construyeron las finas y gallardas embarcaciones de pesca denominadas dos proas, utilizadas por los pescadores de Los Llanos y San Andrés, así como los recios botes caleteros que iban y venían al fondeadero cargados de huacales de plátanos y atados de tomates.

A finales del siglo XIX, se instaló en la playa de Los Melones, el varadero de la Elder Dempster, que más tarde se llamaría Industrias Marítimas.

A principios del siglo XX, los varaderos se encontraban donde hoy se encuentra la explanada del muelle de Ribera; en ellos, los carpinteros de ribera daban forma a las embarcaciones, reparaban gabarras carboneras, aljibes flotantes, goletas y balandras del vivero y el salpreso, fruteros de cabotaje y los remolcadores; asimismo, fabricaban las embarcaciones que el tráfico portuario y de bajura demandaba. Cuando los calafateros daban por terminada la obra, embreando las cubiertas de manera que quedaran perfectamente selladas, el barco se hacía a la mar.

Durante la época de la depresión mundial -cuando el carbón dio paso al petróleo- los astilleros reflejaron la paralización del tráfico, disminuyendo la reparación de gabarras; no obstante, en 1939, con la recién creada industria pesquera de Tenerife, vuelven a tomar bastante auge, tanto en la construcción como puesta a punto de sus goletas y arrastreros.

El Astillero de Hamilton se alzaba entre las playas de La Peñita y San Antonio, debajo de la muralla de la calle de la Marina; era un galpón de paredes de madera y techo de planchas metálicas donde se reparaban las embarcaciones a cubierto. De su gran actividad destacamos, en 1906, la arboladura de las quillas de las dos primeras falúas de vapor, con máquinas y calderas importadas desde Inglaterra. La botadura (1917) de la goleta Marte, de tres mástiles, la cual comenzó a navegar entre los puertos canarios y los del sur de la península y que, al transformar sus velas por motor, se utilizó para transportar tabaco y azúcar desde América.

Un año después, salía el Diana, un barco tipo Pailebot, de dos mástiles, que llevaba sal entre la Península y Canarias. La mejor construcción de estos Astilleros fue la fragata de tres palos Victoria, de 600 Tn., el mayor velero de Canarias. Otras unidades botadas en estos astilleros fueron: el remolcador Teide, de casco de madera, y los balandros Granadilla y Jorge V que, equipados más tarde con motores diesel, serían los primeros motoveleros que navegaron por estas aguas.

El Varadero de la Junta de Obras, dotado de un taller mecánico completo, se construyó (1919) en terrenos ganados al mar, junto al Muelle Norte; trabajaban en el carenado de las embarcaciones de su propiedad, que habían sido construidas en el mismo y eran utilizadas en sus obras y servicios; en tiempos de mucha demanda, al estar los demás varaderos saturados de trabajo, tuvo que admitir goletas y balandras de otras empresas.

En él se montaron (1927) las piezas enviadas desde la casa Siemens, en Alemania, de los remolcadores Hércules y Mercedes que serían las primeras unidades de casco metálico que se hicieron y navegaron en Tenerife. Después de la II Guerra Mundial se botó la balandra Nivaria de 114 toneladas, 25,60 metros de eslora y 8 de manga, a la que más tarde se le dotaría de un motor auxiliar.

También estaban los Varaderos de Cory, que sólo reparaban las gabarras y el remolcador de dicha firma.

A partir de 1970 se sitúan en la dársena del Este los Astilleros de Tenerife, (NUVASA). La factoría ocupaba una superficie de 40.000 metros cuadrados y tenía capacidad para 13 buques de hasta 2.000 toneladas y 90 metros de eslora.
Realizaban los trabajos típicos de raspado de las incrustaciones animales (caracolillo) y vegetales (algas) que se adhieren durante el tiempo de permanencia en el agua; la limpieza del casco, con aire comprimido y agua; y el carenado, es decir, pintura y chorreado.

También llevaban a cabo reparaciones de mecánica, soldadura, calderería, tubería, electricidad, carpintería, especialidades de frío, aislamiento, renovación de planchas y fondos, colocación de ánodos de sacrificio, etc…

Esta empresa desapareció porque en su lugar se levanta el muelle de contenedores que comenzará a operar en enero de 2013.
En la Dársena de los Llanos existió (1987-2000) un dique flotante para reparaciones de buques de 120 metros de eslora y 6.000 toneladas de elevación.

En la actualidad, en los barcos fondeados o atracados en los muelles se le realizan trabajos de limpieza de cascos y pulido de las hélices con el fin que estos obtengan un mayor rendimiento, ahorro de combustible y aumento de la velocidad.

La limpieza de la obra viva de los barcos -parte sumergida del casco- es necesaria realizarla cada dos años, debido al gran número de incrustaciones animales y vegetales (caracolillo y algas) que se adhieren al buque durante la navegación, lo que le impide alcanzar su velocidad de trabajo, a la vez que degradan sensiblemente las pinturas que lo protegen, acelerando la oxidación del mismo.

Para la limpieza de los cascos se utiliza una máquina hidráulica que funciona a base de cepillos. El pulido de las hélices se realiza con discos especiales que eliminan las rugosidades del material acumulado en las palas debido al tiempo de permanencia bajo las aguas. Ambos trabajos se inspeccionan, desde la base, con cámaras de video grabación de alta sensibilidad

En fondeo también se llevan a cabo operaciones de soldadura, calafateo, desmonte, reposición de ánodos de sacrificio, taponamientos de vías de agua, etc…

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