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Emigración, un flotador en tiempos de naufragios. Por Marisol Ayala

Emigrar; mandarse a mudar. Esa parece ser la única alternativa que tiene la situación de España, una emigración que con anterioridad tuvieron que hacer, en ocasiones con dolor porque detrás de ese viaje hacia el miedo había una persecución política, pero a veces, las más, porque había que llenar la despensa porque los niños tienen la buena costumbre de comer, pedir, estudiar, vivir. Estos días en los que el trabajo, la economía no remonta y las deudas llegan puntuales, la angustia de muchos es una evidencia con solo observar actitudes. Los españoles, los canarios, ya miramos para otros países como una alternativa que no solo es necesaria sino urgente. Todos sabemos de familias que de la noche a la mañana se han visto con tres parados en casa, un sueldo mísero y por tanto un negro futuro.

El Valbanera. Naufragó en el Caribe en septiembre de 1919.
En el naufragio murieron 488 personas, la mayoria canarios emigrantes.

Pero, honestamente, creo que nada tiene que ver la emigración de hoy con la que protagonizaron en los años 60 tantos canarios que cogieron el petate, subieron a los suyos a un petrolero rumbo a La Guaira (Venezuela) y después de semanas de dura travesía llegaron a la octava isla. Nunca me cansaré de alabar a esos miles de canarios, gente modesta, humilde, que tuvieron el coraje de dejarlo todo, un país en ruina, una dictadura asfixiante y que con una mano atrás y otra delante viajaron hacia la incertidumbre. Una de las experiencias profesionales que recuerdo con más cariño fue la serie de trece reportajes que realicé en Venezuela con canarios que habían emigrado y que cuando les vi, tenían el corazón partido. La generosidad de Venezuela les abrió kilos de brazos y ellos se dejaron allí la piel y con los años llevaron más hijos y nietos. Imposible dejar hoy aquel país por muy mal que esté. Hay razones afectivas de peso para no regresar a la casa canaria. Imposible. Los canarios que hicieron aquella travesía hasta Caracas relataban llorosos qué cosas echaban de menos de su isla, qué recordaban de aquel viaje, qué edad tenían.

Algunos como Juan Daniel recuerdan aún hoy el ensordecedor y constante ruido de los motores, el olor a petróleo, el frio en el barco. Juan Daniel es una persona cercana a mi familia y sé de qué hablo; su presente todavía hoy está marcado por aquella travesía. Tenía 9 años. La mayoría eran niños o adolescentes cuando siguieron los pasos de sus padres; cuando los vi años más tarde me llamó la atención ver como en sus casas, en la de los trece personajes a los que entrevisté en su momento, habían detalles que identificaban la vivienda con sus islas de origen. Era ya gente mayor, 65, 70 años, cuyos padres trabajaron a destajo en las ocupaciones más duras para sacarlos adelante y ellos mismos, niños entonces, hicieron lo mismo desde que pudieron. Guardo especialmente una imagen que me llamó la atención: en una de esas casas que visité vi una foto de Las Canteras, la imagen de la virgen del Pino y un cuadro con herreña La Restinga. Releyendo hoy aquellos reportajes rememoro testimonios emotivos como el de la anciana canaria de Isla Margarita que sacaba el pañuelo al tiempo que recordaba sus tardes infantiles en Las Canteras. Sus papás vivían en la Isleta y ella, para jugar antes de ir al colegio, enterraba la maleta escolar en la arena; luego, cuando acababa el juego infantil, la recuperaba e iba a clase. Tiempos pasados, emigración pasada que nada tiene que ver con la de hoy.

Las comunicaciones, la formación y el amplio conocimiento que tenemos del mundo, es un flotador en tiempos de naufragio. Hoy, salir de casa y  la innegable facilidad para viajar ofrece distinta perspectiva y es muy fácil hallar canarios emigrantes en otros países; en Londres, por ejemplo, he podido hablar con muchos canarios, españoles, que ya se fueron. Unos gestionan un hotel en Brighton, otros sirven la mejor paella en uno de los escasos restaurantes españoles de Londres, el de más allá imparte clases de español, otro pincha discos y alguno contaba cómo echa de menos su isla de La Palma, “la más bonita del mundo”. Es verdad que decir todo esto agasajada, en casa, escuchando la radio en español es fácil y que lo difícil es hacerlo. Nadie dijo que sería fácil pero muchos tendrán que dar el paso de mandarse a mudar porque los tiempos no son buenos y poner tierra por medio  ayuda a oxigenarse, a ver la vida de otra manera, a ver que hay sustanciosas alternativa fuera. Aquí, poca cosa. Paradojas del destino. Las generaciones más preparadas de la historia de España, son las generaciones más paradas. Conviene reflexionarlo con optimismo porque no tengo la menor duda de que aunque el mejor pasado no volverá, la vida sigue y el mundo es grande.

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