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A propósito de ‘Grey’: una reflexión sobre la literatura que se lee con una sola mano. Por Eduardo García Rojas

Anda el patio revuelto con la publicación de Cincuenta sombras de Grey, primer volumen de una trilogía que ha roto el mercado del libro en unos tiempos en donde a la gente ya no le alcanza ni para comprarse el pan.

Me encuentro esta semana con unos escritores que se llevan las manos a la cabeza ante el éxito de esta novela de presunto carácter erótico –no he tenido la suerte ni el gusto de ponerme a leerla– y reclaman en su lugar la buena literatura por encima de la de consumo mientras echan pestes de esas Cincuentas sombras de Grey que, oh sorpresa, ninguno de ellos ha leído pero sí que ha hojeado en las librerías donde al parecer los ejemplares desaparecen con la misma rapidez que el dinero que aún me queda en la cuenta corriente.

Hay que añadir al desprecio de los que critican el libro que nunca leerán –y si lo leen, lo harán a escondidas– que éste aborde la casi siempre espinosa cuestión del sexo. En este caso con tintes bondage y ligeramente sadomasoquista.

Sin filtrear con lo erótico hay muchos, demasiados best seller que ya se han hecho con ese público que no lee libros. Y mucho menos si es de autor porque en la política del best seller no es lo mismo un escritor que vende –Stephen King, Tom Clancy y en España Arturo Pérez Reverte y hasta el día de ayer Alberto Vázquez Figueroa– que un producto que se vende.

Los integrados defienden que lo que hay que estimular es leer, aunque se trate de literatura de consumo rápido.

Los apocalípticos que la verdadera literatura si no muere, retrocede pasos agigantados ante estos fenómenos de ventas bien arropados por una inteligente campaña publicitaria que promete historias políticamente incorrectas.

Nada más lejos de la realidad.

Pero es un gancho que funciona.

Cincuenta sombras de Grey, como en su día fue El código Da Vinci, la trilogía Millenium y los tiernos vampiros adolescentes de la serie Crepúsculo de la escritora Stephenie Meyer, son algo así como productos perfectamente dirigidos, con independencia de su calidad aunque funcionan –y muy bien– como mercancía de entretenimiento, de evasión.

No es sin embargo, aunque alguien pueda creer lo contrario, un fenómeno nuevo en la industria del libro. Y en el caso concreto de lo que podríamos denominar literatura erótica –si metemos en el mismo paquete a las Cincuenta sombras de Grey– algo novedoso.

En los años setenta se publicaron, y se realizaron películas gracias a su éxito, títulos como Emmanuelle e Historia de O, y en los ochenta se popularizó sobre todo gracias a su adaptación cinematográfica Nueve semanas y media, todas ellas historias con un sexo enfocado –como la trilogía Grey– a un público burgués y adulto con necesidades aparentemente no confesas.

En estas novelas, como pasa ahora, la mujer resulta por norma general la protagonista de estas fantasías para leer y ver con una sola mano, y hay cientos de ensayos, algunos de ellos muy notables, en los que se intenta explicar y justificar su éxito momentáneo que suele coincidir, paradójicamente, en tiempos de crisis como el que desgraciadamente vivimos ahora.

O periodos inestables, revueltos de nuestra historia reciente.

¿Valen como productos literarios de calidad?

No es una pregunta que me quite el sueño, aunque sí que disfruté en su momento con la lectura de algunas de las novelas de la serie Emmanuelle aunque notara en falta el carácter transgresor y lúdico de otras experiencias narrativas similares escritas en el pasado.

Si tuviera que salvar de la hoguera a la que unos parecen querer llevar estos libros yo escondería en mi chaqueta la arrugada edición en bolsillo que conservo de Lunas de Hiel, de Pascal Bruckner, título del que Roman Polanski hizo una película que todavía me duele cuando la veo…

En mi cada día más desordenada biblioteca encuentro en la colección La sonrisa vertical divertidas fantasías sexuales escritas presuntamente por escritores reconocidos como Alfred de Musset, Gamiani, dos noches de pasión, y textos anónimos o firmados con pseudónimo en los que me gustaría descubrir la firma de otros gigantes de la novela de finales del XIX y principios del XX que por necesidad alimenticia o como ejercicios gamberros apostaron por la literatura erótica en títulos, a mi juicio, imprescindibles.

Cito Grushenka, tres veces mujer; Venus en India o Memorias de Dolly Morton, todas ellas de autores desconocidos o con pseudónimo en la que continuaron la estela de un género que cuenta con obras maestras que trascienden lo erótico como Moll Flanders o Fanny Hill, de Daniel de Foe y John  Cleland, y mucho tiempo antes textos de referencia como son Las mil y una noches, El Decamerón, Los cuentos de Canterbury y El Satyricon donde el sexo aún sorprende al castigado y reprimido lector de nuestro tiempo por su frenético libertinaje, por su desarmante naturalidad.

Se llegó incluso a atribuir a Oscar Wilde como el responsable de esa divertida fantasía homosexual que es Teleny, y así otros tantas novelas y relatos que todavía conmueve a parte de una sociedad cuya otra mitad pierde el tiempo en señalar estas historias con malintencionado sonrojo o una vergüenza patética.

No, no me veo leyendo las novelas de la trilogía –¡que puñetera manía con las trilogías!–  de Grey porque nunca he respondido al canto de las sirenas,  pero me gustaría encontrarme con alguna lectora –más que lector– que sí lo haya hecho y con confeso placer.

Espero que sea antes de que el fenómeno Grey muera como mueren todos los fenómenos literarios… Porque se trata de eso: un fenómeno.

Fenómeno, curiosamente, en el que últimamente solo dan la talla mujeres escritoras:  Grey, lo firma E. L. James; J. K. Rowlings, que se ha hecho multimillonaria con las aventuras mágicas de Harry Potter, presenta ahora su primera novela adulta, Una vacante inesperada, que se publica España el 19 de diciembre; la saga Crepúsculo es de la ya citada Stephanie Meyer y la curiosísima fantasía distópica Los juegos del hambre corresponden a Suzanne CollinsCharlaine Harris es la autora de la serie Muerto hasta el anochecer, de la que se ha rodado la televisa y cada tenporada más decepcionante True Blood.

Un síntoma interesante.

Tan interesante que cuando les comenté a los escritores que reclaman literatura de autor por encima de todas las cosas ¿qué les parece que sean escritoras y no escritores los que hacen mercado? Ninguno supo darme una respuesta coherente.

– Son libros para chicas.- acertó a decir uno.

Saludos, hoy es 6 de diciembre, desde este lado del ordenador.

1 Comentario

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  • Excelente texto. Análisis certero de un fenómeno y de un estilo literario.