FIRMAS Salvador García

Panorama desde el puente. Por Salvador García Llanos

Total, ¿qué es una raya más para un Gobierno incumplidor? Total, ¿qué más da traspasar la supuestamente línea gruesa roja gruesa de las pensiones si con las anteriores medidas no sólo se han ganado elecciones sino que se ha resistido con toda dignidad y, encima, el socialismo no remonta? Total, ¿qué va a pasar si ahora no se revalorizan aquéllas y se revisa en sentido contrario el año próximo, más cerca de la cita electoral y así queda más fresca en la memoria?

Lo había anunciado por activa y por pasiva, lo había dicho por todos los rincones y plazas, lo había sostenido en todos los discursos, en todas las entrevistas y en todas las intervenciones. Pero Mariano Rajoy ha sucumbido e igual que incumplió con el abaratamiento del despido, con el incremento de los impuestos, con el copago sanitario y con la reducción del desempleo, lo ha hecho ahora con la revalorización de las pensiones. Las pensiones eran el último clavo, la última baza para acreditar que lo intocable era lo intocable; pero un nuevo golpe a la hucha de las pensiones en un solo año revela lo desbordado que está el ejecutivo al que le valen la paciencia, la pasividad y de desmemoria de la ciudadanía para seguir escapando. Es difícil encontrar un gobernante que haya mentido más, que más haya hecho lo contrario de lo que había previsto. En efecto, hemos asistido durante el primer año de la legislatura a una auténtica contorsión de la realidad.
No es de extrañar que hasta empresarios afines a la causa sigan frunciendo el ceño del malestar y de la duda. El derechío mediático, impasible el ademán. Aunque ha de hacer esfuerzos cada vez más notables para invertir o sesgar las situaciones, negándose a evidenciar que por este camino, el de la austeridad pura y dura, el de las restricciones sin anestesia, no se avanza ni se satisfacen las demandas ciudadanas. Hasta la manida herencia ya flaquea: las pensiones han perdido más en el año de gobierno de Rajoy que en toda la era Zapatero. El algodón no engaña: durante el mandato del ejecutivo popular, las pensiones ya se han devaluado 1,9 puntos porcentuales. Con razón la ministra de Empleo ha dicho que se trataba de una de las decisiones más complicadas y dolorosas que han adoptado. Anunciarla tras el consejo de ministros y defenderla ahora en el Congreso de los Diputados es un ejercicio circense: más difícil todavía. Presentarse ante la ciudadanía y ante la representación del pueblo después de haber incumplido tanto y buscar argumentos para justificarse es muy meritorio.
Pero puede que también muy vano, vista alguna clasificación periodística del exterior y el mantenimiento de las constantes de protesta y rechazo popular que se suceden en el país, especialmente en torno a la sanidad y la asistencia social. La credibilidad del presidente Rajoy y la de su Gobierno está bajo mínimos, muy mermada. En el manual estará lo de insistir (en el caso de las pensiones, inevitable medida para cumplir con los objetivos del déficit, Fátima Báñez dixit), pero que en este país, entre incumplientos serios y de fondo y ahora la pérdida del valor adquisitivo de las pensiones, estamos asistiendo a una fractura social como no se había imaginado, es una evidencia que, salvo milagro o giro de trescientos sesenta grados, permite divisar un desolador panorama desde el puente.

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