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Confesiones de un payaso: ¡Siguiente! Por Eduardo García Rojas

Toda nostalgia es un fervor decaído.” (André Gide)

 

Alguien me dijo una vez que en esta tierra si levantas una piedra salen tantos poetas como hormigas. La frase se ha convertido ya en un tópico, y podría extenderse a otras áreas creativas: si levantas una piedra volcánica te sorprenderá la cantidad de escritores, pintores y cineastas que salen de debajo corriendo como si fueran hormigas.

Desgraciadamente, y a los hechos me remito, la mayoría de estas hormigas con inquietudes artísticas terminan convirtiéndose en funcionarios, olvidándose de sus pecadillos de juventud, aunque hay otros, probablemente porque estuvieron en el momento justo y en el sitio adecuado, que lograron acariciar el sueño.

Escribo todo esto porque en contra de otras comunidades autónomas, en esta en la que vivo y con todos sus defectos, brota junto a los artistas y creadores gentes de buen y mal vivir que se dedican a escribir sobre lo que hacen ellos. Sobre lo que cocinan los que van de creadores y artistas.

Es verdad que casi siempre en un tono blando y amable, pero es  entendible si tenemos en cuenta que quien lo escribe es, por norma general, uno de sus amigos. O un conocido con algo de estudios.

Esta mañana, mientras tomaba un café con una amiga, se sentó a nuestra mesa un escritor lagunero con una pequeña bolsita donde llevaba ejemplares de su último libro publicado: una compilación de relatos que olían todavía a tinta fresca.

Después de pedir un vino, el escritor soltó una de esas verdades que también se han convertido en tópico en la tierra en la que vivo.

Se quejó de los grupos, las camarillas culturetas que se han acostumbrado a mirarse solo el ombligo y que solo se dedican a liquidar lo que hace la otra tribu.

Tribu  que cae en lo mismo: reírse de los defectos que hace quienes considera sus contrarios.

Le respondí entonces que si no fuera así no viviríamos en Canarias.

Mi amiga, sin embargo, fue de la opinión que es un mal que también sacude la conciencia de este país que aún me atrevo llamar a España, aunque cada vez más con la boquita pequeña.

Soy de los que cree, no obstante, que en islas esta forma de ser se amplifica porque habitamos un territorio demasiado pequeño, en el que casi parece que nos conocemos todos y en el que cada día parece que casi no cabemos todos.

Somos, además, espíritus domésticados.

Claro que, objetivamente, hay que tener en cuenta que la existencia en este archipiélago nunca ha sido fácil. Yo lo justifico –como quien no quiere la cosa– porque los primeros pobladores de Canarias tuvieron miedo al renunciar enfrentarse al mar.

También porque después de la conquista las islas fueron continuamente asaltadas por piratas que venían, precisamente del mar.

Y solo en los años treinta, cuando parecía que la paz podía ser una realidad tras la sangría de la I Guerra Mundial, un grupo de adelantados descubrieron que no todo lo que venía del océano tenía que ser malo. O invasor.

Esa gente, marcianos más bien, formaron lo que más tarde se conoció como facción surrealista de Tenerife. Facción a la que diezmó la inevitable Guerra Civil que dividió nuestros corazones y cuyo eco, ya legendario, todavía alimenta el entusiasmo de muchos de los amigos que conozco, ese aliento para reconocerse en un pasado del que quieren huir.

Pero huir no es renegar.

El problema es que, salvo la dichosa facción surrealista, apenas se reivindica más de unos tiempos pretéritos que, inevitablemente, nos han marcado como personas.

Esta misma semana, un profesor canario de inglés se quejaba del carácter aplatanado del canario.

Explicó que había quedado a las tres de la tarde con un concesionario de coches usados con el fin de preguntarle si podía conseguirle el modelo que buscaba. Cuando llegó a la cita, el vendedor no estaba presente en el lugar.

El profesor de inglés hizo la pertinente llamada y tras sonar varias veces el teléfono, el caballero le respondió que hiciera tiempo porque estaba terminando de comer.

La reacción lógica del profesor canario de inglés fue mandarlo a paseo y  buscar en otro concesionario con la esperanza de que el trato que recibiera fuese, fuera más profesional.

No dijo si tuvo suerte.

Aunque durante su explicación a mi me entró la risa tonta.

Una risa que me vino de muy dentro quizá porque estoy acostumbrado a esta forma de actuar.

Es decir, al inconsciente y aplatanado desprecio con el que me topo todos los días.

En una cafetería, sentado en la barra mientras ojeo el periódico, se está convirtiendo en habitual en que no se acerque el camarero a preguntar qué me apetece tomar.

Por mucho que levanto el brazo y hago llamar la atención, el individuo va a la suyo.

O igual aprovecha ese momento para limpiar la barra con un paño grasiento o conversar con otro cliente del partido de fútbol que televisan esa tarde.

Al pasar unos quince minutos hace como que te ve / hace que toma nota y al final, para desgraciarte un poco más el consumo, te pone un cortadito en vez del barraquito que pediste.

Entonces, solo entonces, es cuando te atreves a pedirle “si es usted tan amable” que te sirva un vaso de aguas de bolitas.

A veces tengo suerte.

Otras me explican, mirando a otra parte, que si quiero agua con bolitas debo pagar una botella pequeña de agua con bolitas…

Con esto quiero decir que me he acostumbrado a la endemoniada pachorra que nos ahoga.

Y que esa pachorra también forma parte de mi.

De hecho, sostengo que ha contaminado a todos los que vivimos en estas islas tan infelices.

Es como una desgana agridulce y resignada. Casi como si te invitara a que asumas que es imposible que las cosas se hagan de otra forma.

Entiendo por eso la queja del profesor canario de inglés aunque no creo que él haya entendido mi risa, más cómplice que burlona ante lo que denunciaba con inquietante mirada de loco.

El caso es que esta triste forma de hacer las cosas se ha extendido a otras áreas en las que me muevo.

En una de las actividades que más detesto como es hacer cola frente a una ventanilla de la administración pública en la que te dan un número como si fueras a la carnicería, continuamente interrumpo la lectura del inevitable libro que llevo siempre conmigo para observar el letrero que avisa que llega tu número.

Sí, es verdad que logro avanzar algo en la novela pero el ring, ring, ring antipático me hace levantar la mirada una y otra vez al panel donde se avisa de los turnos hasta que, dos horas después, ¡por fin! te toca.

– Buenos días, señorita, vengo a entregarles estos papeles…

La señorita, que tiene una maltratada belleza, coge los papeles sin mirarte a los ojos.

Teclea en el ordenador tras pedirte el DNI que es como se te conoce en ese universo burrocrático con olor a pies kafkiano.

De pronto, levanta la cabeza y sus ojos de un turbio color marrón se tropiezan con los tuyos.

-¿Ha traído el formulario 2040?

– ¿Cómo?, ¿qué?

– Sin el formulario 2040 no podemos hacer nada…

Debe ver mi cara descompuesta.

Nadien me dijo nada….- pronuncio como un cabrito degollado.

– ¡Siguiente!

Encima de mi cabeza suena la insufrible campanilla y el tipo que tengo detrás ocupa mi espacio, dejándome con mis puñeteros papeles en la mano al tiempo que maldigo por no haber llevado conmigo el puñetero formulario 2040.

Me quedo un rato atontado, pensando en el larriano Vuelva usted mañana.

– ¡Siguiente!- ladra a mis espaldas la funcionaria de belleza maltratada.

Giro entonces la cabeza y observo a quien me seguía en la cola con la misma expresión atontada que debía de haber tenido yo apenas minutos antes.

Entonces me entra una conmovedora solidaridad ante el pobre y desamparado.

Y aunque basta que nos miremos a la cara,  me pregunto si coincide conmigo en que Kafka tuvo razón: El mundo es una Kafka.

Alguien me dijo una vez que en esta tierra si levantas una piedra salen tantos poetas como hormigas. La frase se ha convertido ya en un tópico, aunque olvidó que entre tantas hormigas con aspiraciones creativas también hay hormigas frustradas de belleza maltratada que al final se hicieron funcionarios.

Algunos de estos insectos siente incluso un extraño placer, quiero creer que incluso un diminuto orgasmo estando detrás de la ventanilla cuando exclaman: ¡siguiente!

No sé si el canario profesor de inglés lo entenderá.

Pero a mi me basta.

¡Siguiente!

Saludos, ¿volveremos mañana?, desde este lado del ordenador.

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