FIRMAS

Por los niños que fuimos. Por Ana Martín

«…Y a quienes puedan les pido, les ruego que, por los niños que fuimos, colaboren con todas las iniciativas de su zona, de su municipio, de las redes sociales, que tienen como objetivo ayudar y hacer más feliz la vida de los que menos tienen…»

 

Estefanía y yo éramos muy pequeñas. Sonó el timbre del piso, una planta 11 de un edificio en el centro de Santa Cruz de Tenerife, una zona de clase media trabajadora en la que, por regla general, los niños eran visitados por los Reyes a tiempo y de manera generosa.

En casa, unos años se estiraban más y otros menos. Todo dependía de que trabajaran papá o mamá, de que lo hiciera uno solo de ellos –siempre papá–, de que ese año no hubiera habido muchas huelgas por el convenio colectivo o de que no se nos hubiera roto nada de importancia en la casa. Nunca nos quejábamos. Recibíamos con la misma alegría dos regalos que veinte, aunque mi abuela materna se encargaba de que fueran muchos y, además, abultaran. Su mentalidad de posguerra le podía.

Ese día, en concreto, debió ser el colofón a un año bueno, porque la sala estaba repleta de juguetes. La noria de Barriguitas, el tiovivo de Barriguitas, todas las Barriguitas de todas las razas, formas y atuendos. La Barbie, el baño de espuma de la Barbie, los vestidos de fiesta de la Barbie, el dormitorio hortera de la Barbie…

Estábamos nerviosas, yendo de un juguete a otro entre chilliditos histéricos. Y el timbre sonó. Papá fue a abrir la puerta refunfuñando. Qué curioso, ahora siempre sonríe. Pero, en aquel momento, refunfuñaba: “Mari, quién será, qué horas son estas, que estamos en pijama…”. Y abrió, por fin, la puerta.

Allí estaban ellos. Una señora, delgada, morena. Llevaba a su hijo de la mano. Nunca sabré si era niña o niño. El pelito enmarañado, los ojos saliéndosele de las órbitas al ver tanto juguete junto, y nuevo, y escandalosamente inalcanzable.

La señora murmuró algo rápido y bajito. No alcanzamos a oírla. Mi padre se derrumbó primero. Se llevó las manos a la cabeza, después. Acto seguido, sin preguntar a nadie, se fue cogiendo juguetes al azar, de los nuestros, de los nuevos, y se los dio a la señora y al niño. Y dos muñecas sin estrenar del año anterior. Y ya no sé qué más, porque Estefanía y yo estábamos petrificadas, entre avergonzadas y atónitas, viéndolo ir y venir entre nuestros flamantes regalos. Tristes, porque sabíamos que aquello era triste.

Mamá se me ha borrado de la memoria ese día. Seguramente estaría dándole indicaciones a mi padre de cómo hacer las cosas. Pero se me ha borrado. Solo lo veo a él, un hombre trabajador, culto, formado, solidario y, sobre todo, avergonzado de no poder hacer más, con la cara desencajada y los dos brazos sujetando el haz de juguetes.

El niño –o niña- nos miró, ya con otro semblante. Se cerró la puerta y nos quedamos allí, los cuatro. Estefanía volvió a sus Barriguitas. Yo volví a mis Barbies. Nos hicimos, de pronto, varios años mayores. Y así nos comportamos. No dijimos nada, no nos quejamos, no hubo preguntas. Papá tenía los ojos rojos y llorosos. Cuando se ponía así, era mejor dejarlo.

Esa no era una estampa frecuente en aquella época, por eso, mi memoria no ha podido borrarla. En el barrio en el que me crié, hasta la gente más humilde se las ingeniaba para pedir a crédito juguetes y que sus niños no pasaran desconsuelo. Hoy, no. Hoy no hay créditos, ni juguetes, ni dinero que no sea para sobrevivir como se pueda.

Hoy he leído un artículo de mi amigo Octavio Caraballo de León (http://www.lanzaroteahora.es/opinion_blogs/70/) que les recomiendo y que se llama Pese a la crisis, hay esperanza.

Y a quienes puedan les pido, les ruego que, por los niños que fuimos, colaboren con todas las iniciativas de su zona, de su municipio, de las redes sociales, que tienen como objetivo ayudar y hacer más feliz la vida de los que menos tienen.

Es un deber para los que podemos hacer un esfuerzo. Y ya no es una realidad lejana. Es, también, la nuestra.

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