FIRMAS

Antes de que cante el gallo. Por Irma Cervino

Ernesto pensaba que si su hermano hubiera sido el apóstol Pedro también habría negado tres veces. Con los años, y después de toda la vida juntos, empezaba a cansarse de las estúpidas manías de Simón que se habían ido acentuando en los últimos tiempos. Ninguno de los dos era ya un niño. Hacía años que rondaban los 60.

Pero no era ese el único problema que le preocupaba. Había uno añadido: la tía Jacinta llegaría esa misma mañana para pasar con ellos la temporada de Navidad. Era tradicional que, cada año, la anciana, hermana de su difunto padre, pasara las fiestas con uno de sus cuatro sobrinos y, éste les había vuelto a tocar a ellos. La mujer superaba los ochenta y tantos, pero tenía una mente privilegiada y un genio indomable. “Hago lo que me da la gana”, era su frase favorita.

El día había amanecido agradable y con menos frío que el anterior, así que Ernesto se atrevió a abrir la ventana del salón para que entrara el aire y algún que otro rayo de sol en aquella casa oscura y con cierto olor a rancio.

– ¿Qué haces insensato? -gritó Simón corriendo desde el otro lado de la habitación con los dos brazos estirados camino de la ventana.
– Pensé que seguías durmiendo. Solo quería airear un poco el ambiente. La tía Jacinta está a punto de llegar y más vale que le demos algo de vida a esta casa- le replicó Ernesto que vio como su hermano empujaba el sol hacia afuera con la hoja de la ventana- Ya sabes que al final ella hará lo que quiera. Tienes que asumirlo.
– Esta es nuestra casa. Aquí mandamos nosotros. Tendrá que adaptarse a nuestras normas.
– Dirás a las tuyas.
– Pues a las mías. Pues a las mías. Pues a las mías -repitió nervioso, mientras se tocaba la oreja también tres veces y parpadeaba al unísono que era lo que hacía siempre que le daban los “ataques tridimensionales”, como los denominaba Ernesto.

La cafetera perfumó la casa. Los hermanos se sentaron a desayunar. Simón sirvió la leche: primero un chorrito en su taza, luego llenó la de su hermano y completó la suya. Al momento, dos rodajas de pan saltaron de la tostadora. Cogió la que se había quemado de forma más uniforme, abrió la mantequilla y la untó de izquierda a derecha. Ernesto le observaba como si fuera la primera vez que hacía aquella ceremonia que llevaba repitiendo 56 años.

– ¿Y si no lo hicieras? -preguntó después de dar el primer sorbo al café con leche.
– ¿El qué?
– Coger la tostada más quemada y untarla de izquierda a derecha. ¿Qué pasaría si no lo hicieras? -insistió Ernesto.
– Y yo qué sé. Nunca lo he comprobado -respondió Simón, después de beber dos sorbos de su taza, morder la tostada, coger la servilleta y limpiarse la boca de derecha a izquierda.

El reloj marcaba las nueve en punto. No había prisa. El cuarto de la tía Jacinta estaba preparado desde las doce y doce del doce de enero, justo al día siguiente de que la anciana regresara a su casa en el pueblo. Así lo hacía cada año Simón, que hacía cuentas para que coincidieran los tres números. Ernesto siempre temía que ocurriera lo que ocurrió hacía un par de años atrás, cuando la anciana decidió irse en víspera de Reyes y Simón le obligó a madrugar para arreglar el cuarto al día siguiente, el seis de enero, a las seis y seis minutos de la mañana.

– “Pero ¿qué más da que lo hagamos a las diez o a las once?”, le recriminó, “La tía no volverá hasta dentro de un año”.

Simón no atendía a la lógica. Vivía inmerso en un mundo obsesivo de manías metódicas que repetía cada día desde que era un niño. Ernesto que nació tres años antes que su hermano lo recordaba así desde que tuvo conciencia. Cuando Simón era pequeño y quería algo siempre lloraba durante tres minutos seguidos, descansaba tres y volvía a llorar otros tres. El problema se agudizó con la adolescencia y sus padres lo llevaron al médico cuando ya no pudieron soportar más que por la noche, antes de irse a dormir, entrara en su habitación por tres veces con intervalos de tres minutos para darles las buenas noches y tres besos.

– Hijo, no hace falta que vengas tantas veces. Si en apenas siete horas, volveremos a vernos -le decía su padre con cariño.
Eso nunca se sabe -respondía él.

Pero como la situación fue de mal en peor, acabaron pidiendo cita con un especialista que, después de varios estudios, concluyó que se trataba de una especie de sinsentido, contagiado durante el embarazo, y que se curaría con el tiempo. “Lo que nunca aclaró el tipo ese fue en cuánto tiempo”, pensaba Ernesto mientras recogía su habitación y se vestía para la llegada de la tía Jacinta.

El timbre de la puerta sonó y los hermanos se encontraron en medio del salón camino de la puerta. Se miraron, torcieron la boca y respiraron profundo. Simón fue el encargado de abrir.

– Buenos días tía Jacinta. Pasa, pasa. ¿Dónde tienes la maleta?
– Abajo, en el taxi. Es demasiado peso para una anciana como yo.
– Ya voy yo a recogerla -dijo Ernesto pulsando el botón del ascensor.
– Gracias. Y tú, ayuda a esta vieja a entrar -dijo mirando a Simón que se había quedado paralizado al ver que la mujer llegaba con su bastón de madera de roble en una mano y con una jaula, en la otra.
– ¿Qué es eso que traes ahí? -le preguntó.
– Una cotorra de Kramer de la India. Es lo más valioso que tengo, así que ya puedes tener cuidado con ella.
– Dos cotorras, ¡señor, señor, señor! –dijo entre dientes Simón, que odiaba los animales.

Nada más ver a la tal Duquesa el corazón se le aceleró y se imaginó el escándalo que se montaría en la casa cuando las dos “cotorras” se pusieran a hablar porque eso era, precisamente, lo que peor llevaban los dos hermanos: la incapacidad de la tía Jacinta para estarse callada.

– Y tú ¿cómo sigues de lo tuyo? -le preguntó a Simón.
– ¿A qué te refieres?
– Pues a tus manías. ¿A qué si no? ¿Al negocio que no tienes? ¿A la esposa que no tienes? ¿A la fortuna que no tienes?
– Voy bien, voy bien, voy bien -le respondió.
– Sí, ya veo que no has mejorado. Toma, anda, deja a Duquesa sobre esa mesa. Ahí estará tranquila. A las doce se toma un tentempié. Un kiwi y dos albaricoques.

Después de una semana en la casa, los días que aun quedaban parecían interminables. La tía Jacinta se había adueñado de todo: del sillón, del baño y de la tele. Se quejaba por cualquier cosa y Duquesa, que seguía sus pasos, no paraba de hablar, lo cual estaba desquiciando a Simón porque otra de sus manías era que él fuera el último en hablar. Con Duquesa, eso no era posible.

– Frío brr –dijo la cotorra
– Sí mucho frío. A ver si te congelas de una vez –le dijo Simón que se había sentado a leer un libro en el salón, aprovechando la paz que permitía que la anciana estuviera en la siesta.
– Te congelas brr –respondió.
– Maldito pajarraco. Cállate ya.
– Cállate ya brr…

Simón tiró el libro al suelo, se levantó totalmente fuera de sí pero, por fortuna, en ese mismo instante llegó Ernesto y pudo frenar a su hermano que a punto estaba de agarrar por el cuello al animal.

La tarde estuvo más tranquila. Como cada primer domingo de diciembre, la tía Jacinta había insistido en celebrar la cena de apertura de las fiestas de Navidad y le recordó a sus sobrinos que prepararan algo especial, que ella se encargaría de amenizar la velada con las historias de la familia. Le encantaba comer y hablar sin parar, así que cualquier excusa era buena. Ernesto se encargó de ir a comprar el pavo y Simón de cocinar.

A las nueve en punto, la cena estaba lista y los tres se sentaron a la mesa. El pavo tenía una pinta exquisita y el aroma invadió toda la casa. En cuanto a las historias que empezó a contar la tía Jacinta, nada había cambiado: eran las mismas de siempre, con las mismas palabras, en el mismo orden y con los mismos gestos.

– Bueno, al menos hay algo que haces bien. Cada año te superas Simón. El pavo estaba delicioso -comentó la mujer que había repetido por dos veces de todo, salvo del vino que fueron unas cuantas más, por lo que ya empezaba a ver cómo sus sobrinos pasaban a ser cuatro -Uff, creo que es hora de irme a la cama. Buenas noches niños. Buenas noches Duquesa -Y apoyándose en el bastón, la mujer se marchó a su habitación.

Aunque estaba a punto de estallar de todo lo que había comido, Ernesto repitió un trozo más de la tarta de manzana y, al escuchar a su tía despedirse de la cotorra, le comentó a su hermano lo calladita que había estado toda la noche.

– Qué extraño ¿no? El pajarraco ese, que no se calla ni debajo del agua, no ha abierto el pico en toda la cena -dijo mirando a la jaula y dándose cuenta enseguida de que estaba vacía -¡Simón, Duquesa no está!
– Se habrá largado. Yo qué sé. Yo qué sé. Yo qué sé.
– Santo dios, cuando la tía se entere de que su cotorra de Kramer de la India no está se va a liar. Tenemos que hacer algo.

Simón trató de tranquilizar a su hermano y dijo que lo mejor sería que la buscara por la casa mientras él se encargaba de recoger la mesa. Y así hizo Ernesto que no hacía sino pensar en su tía a la que, seguro, le daría un ataque cuando se enterara de la noticia.

Durante más de media hora rebuscó por todos los rincones de la casa pero no había rastro de Duquesa. Volvió a revisar la jaula más de diez veces, miró debajo de la mesa, encima de los armarios, dentro del horno, en la lavadora y en la nevera, donde solo encontró el pavo que había comprado para la cena y se extrañó de que siguiera allí. Estaba realmente angustiado y volvió a preguntarle a su hermano si sabía qué podía haber pasado con Duquesa.

– Yo no sé nada. Yo no sé nada. Yo no sé nada -repitió Simón y Ernesto creyó escuchar el canto de un gallo en la lejanía.

El día siguiente amaneció precioso y el sol ayudó a que la tía se despertara más temprano de lo habitual. A las ocho y media, los tres coincidieron en la cocina para desayunar. Ernesto no sabía cómo darle la terrible noticia.

– Buenos días, brr -dijo la tía Jacinta, mientras se sentaba.
– Buenos días tía, espero que hayas descansado -respondió Simón.
– Magníficamente. He dormido toda la noche, brr

Como era habitual, Simón que ya había preparado el café, se encargó de servir la leche con su rutina de manías. Primero un chorrito en su taza y luego las demás para terminar de nuevo en la suya.

– No me pongas leche. No me apetece hoy, brr -dijo la mujer- prefiero fruta, brr.

Ernesto miró aterrorizado a su tía. Algo no iba bien. Cogió a su hermano por el brazo y lo apartó a una esquina.

– ¿Has visto cómo habla la tía hoy? -le preguntó temblando.
– Sí como siempre: como una cotorra -respondió Simón sin el más mínimo interés.
– Como siempre no. Habla como Duquesa. Como si ella fuera el pájaro o como si… como si…
– ¿Como si se la hubiera comido? -terminó la frase Simón que se zafó de su hermano y regresó a la mesa para terminar el desayuno, tocándose la oreja y parpadeando al mismo tiempo tres veces.

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