FIRMAS Salvador García

Todos fuímos corresponsales. Por Salvador García Llanos

El número 30 de Periodistas, la revista de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), dedica buena parte de su contenido a la figura del corresponsal, una especie en extinción, titulo genérico de un trabajo muy bien desglosado, con interesantísimos testimonios y puntos de vista que permiten entender perfectamente el papel de quienes han desempeñado una tarea esencial en el conjunto de la comunicación y en el desarrollo de los medios a los que han pertenecido, cuando no al de las ciudades o puntos de la geografía desde donde transmitían sus informaciones.

Hay que diferenciar, naturalmente, entre quienes lo eran de medios o cadenas importantes, de publicaciones de ámbitos nacional o regional y los de ciudades y pueblos. El corresponsal, sobre el papel, era una persona modesta, a menudo con otras ocupaciones profesionales pero que, por vocación y desenvolvimiento, era capaz de prestar unos servicios extraordinarios para hacer llegar la información y hasta para crear hábitos entre los destinatarios de sus mensajes.

Las cosas han cambiado mucho, naturalmente, desde aquella década de los sesenta en que comenzamos a percibir la importancia de la comunicación escrita y audiovisual hasta nuestros días, en que algunas conceptuaciones, especialmente desde el punto de vista tecnológico, son muy distintas. Siempre hubo corresponsales -con el paso del tiempo, empezarían a llamarse delegados o jefes de delegación- y eso, en mayor medida, garantizaba la cobertura de acontecimientos o sucesos salvo que la dimensión de éstos aconsejara la concurrencia de un enviado especial.

En el corresponsal siempre hubo algo de romanticismo y de ternura. Algunos se esforzaban en aprender y otros casi se doctoraron en periodismo. En cualquier caso, debían superar el hándicap de localismo que, con mayor o menor justicia, se tenían atribuido. Era un equilibrio complicado pues, a fin de cuentas, habría de seguir conviviendo en el lugar donde informaba y hasta allí llegaban noticias o pruebas de su quehacer, de sus tendencias y de sus afanes oficialistas, conformistas o críticos.

El corresponsal, ya consolidado, era respetado y empezó a formar parte de cierta grey que accedía a actos públicos y se codeaba en ciertos círculos. Era convocado e invitado. Su presencia era demandada para dar prestancia a cualquier reunión, cualquier visita, cualquier celebración. Y cuando recibía la visita del jefe, o del enviado especial, y se juntaban, era un inevitable introductor y un oportunísimo informador de costumbrismo y valores análogos. Hasta aprovechaba para quejarse del régimen retributivo o de la lentitud y la tardanza con que llegaban los giros. Y no digamos de las dificultades para transmitir: desde las conferencias telefónicas a cobro revertido en viejas centralitas o servicios automatizados pero menos hasta las conexiones más avanzadas y a un clic de nuestros días, pasando por escribir perforando cintas en aquellas dichosas máquinas de telex. Y por el envío del fax. Y por el uso de transportes colectivos -cuyos horarios memorizaban- para poder llegar a tiempo con fotos, rollos y otros materiales. Y por el encargo, más de un favor, a amigos y particulares que se desplazaban hasta la sede principal del medio, muchas veces tomando un avión.

Era gente con nombre y apellidos, que es así como les define Eduardo San Martín, director de Periodistas, en un artículo realista hasta la emotividad. Escribe que “una parte considerable del prestigio de los medios descansaba en su red de corresponsales. Y no solo de los grandes diarios”. El mismo San Martín inserta en su texto la importancia de la oferta informativa “que todavía no había confundido el interés local con el aldeanismo”. Reivindica, en la medida que puede hacerlo salvando las distancias del tiempo y las circunstancias que concurren en la comunicación de nuestros días, la figura de ese corresponsal que ponga su sello personal y sus conocimientos para producir no solo información veraz y de calidad sino aquella alejada de convencionalismos y estandarizaciones. Es lo que llama periodismo con autor. Y el autor es el que pacientemente acumula información, fruto muchas veces de fuentes solventes y seguras que son, a su vez, derivadas de privilegiadas relaciones personales y profesionales.

Para los vocacionales, para los que hemos ejercido como corresponsales, el papel de éstos siempre mereció respeto y admiración. Hasta donde la memoria alcanza, por ejemplo, aquellas intervenciones en serie en “España a las 8”, coordinadas por Victoriano Fernández de Asís que siempre despedía a sus corresponsales nombrando las ciudades donde residían, eran sobresalientes, sobre todo teniendo en cuenta los factores sociopolíticos condicionantes de la época.

Ya metidos, discutíamos quién era mejor, quién aportaba más información en una crónica e dos o tres minutos, si Jesús Hermida o Cirilo Rodríguez.

El Centro Emisor del Atlántico de Radio Nacional de España contó con una estimable red de corresponsales en todas las capitales de islas. Siempre tan puntuales en cada espacio informativo. Así, fue posible conocer cómo José Padrón Machín, en El Hierro, convertía en noticia el asfaltado de un camino rural de apenas un kilómetro. Nos familiarizamos con la voz de Gerardo Jorge Machín, indesmayable en Puerto del Rosario y en toda Fuerteventura. Con ellos, con sus crónicas, desayunábamos y almorzábamos durante una larga época. Fueron quienes primero vertebraron a Canarias con una clara demostración de lo que era el servicio público de una radio.

Durante nuestra estancia en la Cadena de Ondas Populares Españolas (COPE) nos correspondió la gratificante tarea de articular un equipo de corresponsales deportivos que poco a poco demostraron su polivalencia y ahí estuvieron informando de las actividades de todo tipo que se registraban en sus localidades. Siempre ponderé el éxito de audiencia del programa deportivo que coordinamos durante siete años ininterrumpidamente por las aportaciones que suministraban los corresponsales de Radio Popular. Aquellas ruedas informativas, aquellas conexiones sucesivas, inmediatas y con precisión temporal, integradas incluso en programas nacionales, sorteando todo tipo de dificultades técnicas, aquel “Tiempo de juego” y aquellos espacios emitidos con exquisita puntualidad, fueron un modelo radiofónico y una auténtica escuela. Nos cabe la satisfacción de que muchos integrantes de aquella red aún ejercen tareas de responsabilidad o dirección en los medios donde han continuado su labor, donde han acreditado su amor por el medio y donde han abrazado la comunicación entendiendo su dimensión al pie de la letra.

Fuimos, fueron todos corresponsales, dicen que una especie en extinción, por múltiples razones, entre ellas, naturalmente, la cuenta de resultados. Pero quienes han ejercido de tales sabemos que el espíritu y las ganas de cumplir e informar pueden más.

Y lo que es mejor: jamás decaerán.

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