Sin categorizar

El bueno, el feo y el malo. Por Eduardo García Rojas

INTRO

Sábado negro, negrísimo, para el mundo del cine. Luto y flores para elogiar la trayectoria de tres caballeros que se han despedido de nuestra realidad grisácea y cotidiana a una edad más que respetable.

El trío encarna, y a mi juicio particular, formas de ser con las que podemos aprender a ser mejores personas si nos dejan.

Que su muerte haya coincidido en el tiempo me hace imaginar que se encontrarán en el limbo, por si existe.

Imagino a Larry Hangman liando un porro de maría.

A Tony Leblanc sentado a su lado invitándolo ansioso y con su acento mesetario a que lo pase de una vez mientras José Luis Borau, retirado a un lado de la pequeña habitación mira la hora esperando la irrupción de un antipático ángel custodio para leerles sus faltas existenciales.

Los tres merecen un post kilométrico.

Así que prefiero escuchar la risa tonta de Hangman y Leblanc cuando aparece el ceñudo ángel custodio. También como le gritan algo así como “anda ya. No nos mires: únete… ¿quieres una caladita?

Y al ángel custodio, acercando el cigarrito a sus labios, señalarles la puerta abierta del paraíso que se merecen.

EL BUENO

Tony Leblanc es el madrileño de cuna. No el impostado, el que viene de fuera y que se ha asentado en la capital de las Expañas. Allá en aquel Madrid del Ay, Carmela,  lo reconocen como gatos

Y algo de gato tenía Leblanc.

De gato comodón, al que le gustaba la caricia para su ronroneo seductor.

No se cansaba de decir a quien quisiera oírlo que vino al mundo en la mayor pinacoteca de este país, que es el Museo del Prado, donde su padre trabajaba como conserje.

Lo imagino, al padre, uniformado y comedor de sopitas mietras recorre las galerías del Museo cuando escucha el llanto del niño…

El niño, tras varios papelitos como secundario, entre otros ese reivindicable por épico trasnochado que es Los últimos de Filipinas (Antonio Román, 1945) se hace hueco en el cine español de la época modelando el personaje por el que al final casi todos lo reconocemos: el del golfo con buen corazón, criado en barrio y que se busca la vida como buenamente puede.

Yo lo recuerdo por El tigre de Chamberí (Pedro Luis Ramírez, 1957), Los tramposos (Pedro Lazaga, 1959) y El astronauta (Javier Aguirre, 1970).

Este último título, una de las comedias más inteligentes –pese a su ruda tosquedad– rodada por el cine español.

Claro que, objetivamente, en estos tres títulos –dejo al margen El día de los enamorados y Las chicas de la Cruz Roja, deliciosas comedietas románticas pero destinadas a chachas y chachos– se hace entomología, y de la seria, de cierto carácter que podríamos llamar sin sonrojo clase media.

Retirado de la gran pantalla por un accidente, Tony Leblanc regresó al cine cuando Santiago Segura le propone que participe en ese disparate que fue Torrente, el brazo tondo de la ley.

Pero es que Torrente y sus sucesivas entregas, donde Tony Leblanc hace de padre y tío del estrafalario y canalla policía putero aficionado al Atlético de Madrid, encuentra el espacio perfecto para darse a conocer a una generación que hasta ese entonces había ignorado su presencia y la de un desnaturalizado entonces cine español.

Así que pienso que no es mal fin para la carrera del actor, por mucho que algunos puristas se lleven hipócritamente las manos a la cabeza.

Torrente explota el espíritu golfo y subversivo de Leblanc de El tigre de Chamberí y Los Tramposos solo que sin el corsé de la censura y sí el feísmo despiadado y desacralizador del Segura.

Un Segura que hoy debe ser de los que lloran su ausencia no con lágrimas de cocodrilo…

Me pregunto, de hecho, ¿habrá un Torrente V sin la imprescindible presencia de Tony Leblanc?

EL FEO

José Luis Borau consiguió lo que poca gente alcanza en esta vida: estar más allá del bien y del mal.

La crítica progre y casposa le perdonó sus inquietudes comerciales –rodó sin ruborizarse espaguetis western y quiso trascender los Pirineos con vibrantes filmes de acción como Hay que matar a B– mientras el espectador de la calle entiende sin consignas que detrás de sus películas más herméticas y de autor, como gusta de decir a los que no disfrutan con el espectáculo del cine, hubo un cineasta con mirada que pretendía llegar a toda clase de públicos.

Su obra maestra es, a mi entender, Furtivos, pero más que por Borau por ese cantautor y actor que parecía autista que fue Ovidi Montllor y la que quizá sea una de las mejores actrices de reparto del cine español de todos los tiempos: Lola Gaos. Mujer en cuyo rostro se sintetiza toda esa España negra que todavía late en el corazón de este país.

Tanto, que casi, casi, parece sacada de una de las pinturas negras del maestro Goya.

Borau rueda otras películas como La Sabina, la serie de televisión Celia, basada en las estupendas novelas de Elena Fortún que escribió un emocionado relato con Celia como protagonista en el Madrid del No pasarán

Dirige también Río abajo en Estados Unidos, un interesante filme sobre la frontera que divide Estados Unidos con Méjico. David Carradine, después de Kung Fu y mucho antes de Kill Bill, trabaja en la cinta.

Retirado, Borau asume responsabilidades administrativas.

Es presidente de la Sociedad General de Autores y Editores y también ocupa un sillón en la Real Academia Española… Pero ya no es el mismo. Ya no escribe guiones, ya no tiene cuerpo para levantar proyectos –olvidemos así Tata mía– porque se ha convertido en un  resignado pensionista.

EL MALO

En los colegios laicos donde estudié todos hablábamos a la hora del recreo, y con la boca pequeña, de la serie de televisión Dallas. Estaba mal visto entonces que comentásemos la última putada de J.R.

J.R. más allá de sus crípticas iniciales, estaba interpretado por Larry Hangman, un actor de bajo perfil que encontró su El Dorado encarnando a quien todavía hoy sigue siendo uno de los malvados más recordados de la pequeña pantalla.

De hecho, está casi a la misma altura de Falconetti (William Smith) en otra serie que marcó a mi generación: Hombre rico, hombre pobre.

Solo que Dallas nació con espíritu de culebrón y Hombre rico, hombre pobre de teleserie. Más tarde llegaría Angela Channing (Jane Wyman) en Falcon Crest y Joan Collins, como la perversa Alexis, en la pija Dinastía… pero nada era lo mismo.

Sus maldades no tenían nada que ver con la de J.R., personaje que ya nos advertía en la década de los ochenta que no nos fiáramos de aquellos aparentes garrulos empresarios tejanos del petróleo por mucho sombrero vaquero que llevaran encima de la cabeza.

La historia le dio la razón cuando George Bush y George Bush jr. asumieron la presidencia de los Estados Unidos.

Claro que, con todo, todos queríamos ver la nueva estratagema que se sacaba del sombrero vaquero J.R., el único personaje que tenía las ideas claras en la desestructurada familia Ewing.

Recuerdo que en Dallas, los personajes permanecían casi todo el rato con una vaso de bourbon en la mano.

Doy fe que en la serie J.R. desayunaba bourbon y no café con leche. O leche con cereales, que es más americano.

Larry Hangman, que tuvo carrera en televisión –debutó con Mi bella genio, la respuesta a Embrujada–  y pobre en el cine, a lo más que llegó es a su papel de estúpido oficial del ejército norteamericano en la estupenda Ha llegado el águila (John Sturges, 1976), fue un tipo que no tenía nada que ver con J.R. en su vida como persona y no como actor.

Para vencer su adicción al alcohol, se pasó a la marihuana por recomendación de Jack Nicholson. Y tuvo que sentarle bien el primer porro de maría porque desde ese entonces, y junto a su paisano Willie Nelson, se convirtió en un firme defensor por su legalización…

Tanto, que leo que espera que esparzan sus cenizas en un campo de rica marihuana para que amigos y enemigos hagan un pastel y suban al cielo pensando lo agradablemente colocado que están gracias a Larry Hangman y no a J.R.

Cosas del humor tejano.

Humor, antes de dar el cierre, que comparto…

Saludos, con risa tonta y feliz, desde este lado del ordenador.

Añade un comentario

Clic aquí para publicar un comentario