FIRMAS Marisol Ayala

Esos lectores anónimos y fieles. Por Marisol Ayala

Busco como un alma en pena una buena noticia que alegre nuestros días y reconozco que el panorama es desolador de forma que fracaso en los intentos. Cada vez cuesta más deslindarse de la realidad dura que nos sacude a golpe de evidencias y observo que cada vez, también, es mucho más complicado consolar a los cercanos que viven situaciones que jamás pensaron; para algunos no hay consuelo, lo sé, pero hay que seguir viviendo, respirando, saliendo a la calle a pelear la vida porque no queda más remedio. Como soy tenaz me empeño en buscar una historia que me haga, como mínimo sonreír, enternecerme, y la encuentro. Hace dos semanas hable con un compañero de profesión con el que trabajé muchos años. Muchos. Siempre nos entendimos bien porque ambos amamos la profesión desde el compromiso. Hablamos una y mil veces a lo largo de los años de nuestras familias y alguna que otra vez me hizo confidencia sobre su madre. Una señora que respiraba por la izquierda, como su hijo, y que de vez en cuando, en correspondencia atenta a una ínfima gestión que no me costaba ningún esfuerzo, me enviaba un regalo. En más de veinticinco años nunca supe como era; solo conocí de ella el cariño que su hijo le profesaba y viceversa. Un día, solo un día en tantos años, hablé con ella. Por teléfono y brevemente. Debió ser por algo relacionado con una información que yo firmaba pero tampoco lo recuerdo con exactitud. Es verdad que cuando algún susto le dio la salud dos o tres compañeros nos movilizarnos para que la mujer saliera del trance lo antes posible.

Sabía por su hijo que era buena lectora de prensa, que devoraba todo lo que caía en sus manos, y que le gustaba hablar de política. Siempre he creído que a instancias de ella su hijo me encargó un trabajo como la Sima de Jinámar y sus atrocidades. Lo último que recibí de la madre de mi amigo, fue un perfume y una prenda. No recuerdo por qué pero un día llegué a la redacción y encima de mi teclado había un paquete… “te lo manda mi madre”, susurró mi amigo. “¡Ay, por Dios…!”, creo haber comentado. Con el paso del tiempo ambos abandonamos aquella empresa creo que incluso el mismo mes. Nos despedimos en la certeza de que íbamos a seguir en contacto y así ha sido. Hace unos meses murió la madre de mi amigo. Le llamé, hablamos y me comentó lo que quisieran poder decir muchos hijos en esos momentos “vivió como quiso, la cuidamos como a una princesa y eso nos reconforta”. Bien.

Hace apenas nada recibí de nuevo la llamada de mi amigo. Me contaba que estrenaba casa, que se mudaba de la que habitó con su madre y sin poder disimular su satisfacción, o así lo interpreté, mencionó una carpeta hallada durante la mudanza donde ella guardaba preciados recuerdos. Recortes de prensa, escritos, fotos… “¿Sabes que entre esos recortes tenía guardados algunos de tus reportajes..?”: A continuación me detalló de cuales se trataba, nos reímos y comentamos la evolución del periodismo, cada vez más mecanizado y escasamente cercano. Signos de los tiempos. Desconocía que la distante relación que mantuve con aquella señora durante tantos años había generado tal afecto; tal respeto al trabajo. De alguna manera la confidencia de mi amigo me pareció un homenaje a tantos lectores anónimos para los que escribes sin conocer su cara, sin saber que piensa, sin saber siquiera que imagen tienen ellos de ti, esa persona también anónima a la que conocen por una firma y nada más. Empecé esta columna lamentado no hallar una buena noticia pero ya ven, hallada está. Sé que es muy personal pero es una buena noticia. Cercana, muy cercana, pero una buena noticia, una noticia grata. La voluntad se premia porque, como ven, una breve llamada me dio pie para recordar a una mujer a la que nunca le puse cara pero que guardaba una carpeta en la que estaba yo. Dentro.

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