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Yo también leí ‘La vida ante sí’. Por Eduardo García Rojas

Había en Bellville otros muchos judíos, árabes y negros, pero la señora Rosa tenía que subir seis pisos ella sola. Decía que el día menos pensado se moriría en la escalera y todos los chiquillos se echaban a llorar, que es lo que se hace cuando se muere alguien. Unas veces allí éramos seis o siete y otras veces más.”

De tanto en tanto me regalan libros y de tanto en tanto suelo regalar libros. El último que llegó de manera tan generosa a mis manos me lo entregó una amiga con la que me une afinidades intelectuales y maravillosos descubrimientos literarios.

La novela se llama La vida ante sí, firmada por Emile Ajar, pseudónimo tras el que se esconde Romain Gary, y título por el que obtuvo –es el único caso en la historia de estos premios–  su segundo Gouncourt para demostrarle a la crítica de su tiempo que era un narrador con más miradas y voces con las que se pretendía minimizarlo.

Las reacciones que me asaltan leyendo La vida ante sí son varias pero la más importante, los sentimientos que despierta.

El libro hace reír y llorar pero también logra que te tiemble el corazón –que es una herramienta que últimamente utilizamos poco– porque este sencillo, y quizá por ello complejísimo canto al amor está escrito con una sinceridad que desarma.

Entresaco algunas frases de la novela

En casa de la señora Rosa casi todos éramos hijos de puta.”

El oficio de puta se estaba perdiendo por culpa de la competencia gratuita.”

La vida ante sí es el relato de un huérfano de origen marroquí, Mohamed, aunque todos lo llaman Momo –”que  es más de niño”– que habita en casa de madame Rosa, una señora que lleva una especie de orfanato para hijos de puta.

Sí, han leído bien, un espacio en el que viven niños de todas de las edades que han sido dejados por madres que se dedican al que dicen es el oficio más viejo del mundo.

Afortunadamente, Ajar/Gary no moraliza sino que muestra esa extraña familia en la que se cría el protagonista. Un niño inteligente y despierto, Momo, que a veces se pregunta quién pudo ser su padre y qué le pasó a su madre.

El dinero para que continúe viviendo en esta especie de hospicio que no tiene nada que ver con los que pintara Charles Dickens continúa llegando hasta que un día…

Leyendo La vida ante sí pienso que Léolo (1992), el extraordinario filme sobre la infancia de Jean-Claude Lauzon, le debe mucho a esta novela. Novela que cuenta también con una adaptación cinematográfica, Madame Rosa (Moshe Mizrahi, 1977) que no he podido ver aunque espero ver algún día antes de que me toque el boleto de la Señora de la Guadaña.

Y no solo por descubrir cómo su director reflejó en pantalla el terrible pero atractivo universo que describe literariamente Ajar/Gary, sino por contemplar el trabajo de uno de mis amores no confesos, Simone Signoret, quien hace de la ex prostituta judía que ahora, a sus setenta años, dirige esa casa en la que solo habitan niños perdidos.

Yo creo que los judíos son personas como los demás, pero no hay que tenérselo en cuenta”.

La vida del protagonista de la novela se mueve en un edificio situado en una calle, Belleville, que se encuentra en uno de los suburbios más sórdidos del París de los años setenta, pero no hay nada sórdido en los personajes que sirven al protagonista como referencia, y que le dan su amor a cambio de nada.

Está además de madame Rosa, a quien se le estropeó la belleza durante su estancia en Auschwitz y que para relajarse se maquilla mientras contempla un retrato de Adolf Hitler que esconde bajo la cama; el travestí senegalés Lola, campeón de boxeo en su país y que hoy se gana la vida prestando servicios sexuales en un parque; el doctor Katz y el anciano y sabio Hamil, musulmán cuyo libro de cabecera es Los miserables de Victor Hugo y que, según cuenta, “hace sesenta años, cuando era joven, conocí a una muchacha que me quería y a la que yo quería también. Aquello duró ocho meses, hasta que ella se mudó de casa y ahora, al cabo de sesenta años, todavía me acuerdo“.

No quisiera olvidarme tampoco del tragafuegos y brujo africano Waloumba, entre otros secundarios que refuerzan y dan carácter a un relato que, reitero, camina con paso firme por esa cuerda delicada que separa lo trágico de lo cómico.

La vida ante sí es una extraordinaria novela sobre el amor y sobre la entrega, pero también un martillazo en la cabeza para los que aún siguen pensando que las flores que crecen en la ciudad solo tienen el aroma de la muerte.

Hacía tiempo que no caía en mis manos una obra con tanto calado. Uno de esos libros que sabes, nada más leer sus primeras páginas, que van a quedar grabados al rojo vivo en tu memoria.

Mientras tanto subrayas y subrayas frases. E incluso párrafos.

Y saben ustedes lo que pasa con Dios. Hace lo que quiere porque Él tiene la fuerza de su parte.”»

“- Momo, recuerda siempre que el culo es lo más sagrado que tiene el hombre. Ahí está su honor. No dejes que nadie te busque el culo aunque te lo pague bien. Aunque yo me muera y no te quede más que el culo en el mundo, tú no lo consientas.”

La vida ante sí está escrita con una aparente ingenuidad que hace volar en pedazos esa patina políticamente correcta –que no es otra cosa que censura pólíticamente correcta– con la que en la actualidad quieren sedarnos.

No gustará por eso a los que defienden la tolerancia cero.

Gente que, presumo, hubiera escogido La vida ante sí para arrojarlo a la hoguera.

¿La razón de la sinrazón?

Es un libro que hoy más que nunca resulta sospechosamente peligroso.

O lo que es lo mismo, abre eso que el hoy más que nunca reivindicable Aldous Huxley denominó como las puertas de la percepción.

Y es que  “¿Se puede vivir sin alguien a quien querer?

Saludos, este post lo autodestruirán en cinco segundos…, desde este lado de ordenador.

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