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La Muerte Deseada: Ven y enloquece… Por Eduardo García rojas

La primera vez que la vi solo me quedé con los tiros y con el gigantesco Charles Bronson –que es uno de esos actores que siempre hizo de sí mismo porque no sabía hacerlo de otra forma– titulada en España como El justiciero de la ciudad (Death Wish, Michael Winner, 1974).

A la sombra de su éxito, más si tenemos en cuenta que se trata de una producción de bajo presupuesto, se rodaron más entregas con Bronson siempre como hierático protagonista, aunque ninguna de ellas superara a la original.

Un título pues que puede considerarse como seminal en esa especie de subgénero del cine de acción como es el del justicieros. O el de un hombre –o una mujer– de aparente naturaleza pacífica que pierde los nervios cuando le arrebatan la razón de su vida.

Vuelta a ver el otro día, y por una afortunada casualidad mientras me encontraba zapeando canales, redescubro en El justiciero de la ciudad un filme de una fascinante tosquedad, pero también ambiguas y nihilistas lecturas que difumina la etiqueta de fascistoide con la que lo lapidó un sector de la crítica y de un público atontado desde el día de su estreno.

Partiendo de la base que El justiciero de la ciudad es cine de barrio del de verdad, revisionarla en estos tiempos que corren le ha conferido una siniestra actualidad y un aire de tragedia que la convierten a mis ojos en una pieza que, pese a su ruda violencia, merece reivindicarse como la gran pequeña película es.

La historia, imagino, ya la saben.

Tras sufrir una brutal agresión su mujer y su hija, Paul Kersey, un ciudadano liberal y objetor de conciencia –renunció servir a su país en la guerra de Corea– decide vengarse acosando y eliminando a todos los delincuentes de Nueva York que actúan por la noche…

El justiciero, como lo bautiza la prensa sensacionalista, comienza a generar admiradores mientras los índices de delincuencia en la ciudad que nunca duerme descienden escandalosamente mientras la policía se pregunta quién coño es ese individuo que le está quitando su papel de vigilantes…

A lo que responde Kersey/Bronson: “Si la policía no nos defiende ¿por qué no defendernos nosotros mismos?

Contada así las cosas, El justiciero de la ciudad puede entenderse como  una película de objetivo signo ultraderechista pero no se queden solo en la superficie…

Porque esta película se merece un nuevo vistazo en este siglo XXI empeñado en hacernos más pobres y resignadamente cretinos.

Descubran, o redescubran además, el trabajo de quien fue el puto amo: Charles Bronson.  Un actor que si bien no se caracterizó por su variedad de registros fue capaz de hacer un género.

O subgénero.

Pero de género va la cosa.

Observad a Paul Kersey.

Un tipo que, probablemente, podrías ser tú.

Ha dejado su disfraz de Jekyll para transformarte en su Mr. Hyde.

Un psicópata.

Un psicópata desencadenado.  

En el Justiciero de la noche las ejecuciones que realiza Kersey/Bronson son claras provocaciones de un ciudadano normal y corriente –ahora trastornado– que se mete en la boca del lobo para limpiar de “mugre” la gran ciudad.

Asesina a los delincuentes, a la mayoría por la espalda, con una frialdad y un placer cobarde que desarma.

Y a medida que va regando de cadáveres la gran ciudad, Kersey/Bronson disfruta, digo, un poquito más de su trabajo.

Cambia la decoración de su casa, pinta las paredes con colores vivos. Acto que le recrimina su hijo.

Bronson responde: “¿Y qué quieres que haga?” antes de preguntarle cómo desea el hígado que van a cenar…

“Medio crudo”, dice Bronson antes de esperar la respuesta mientras se mete en la cocina.

A medida que avanza la película Bronson se vuelve más loco, aunque le parezca más cuerdo a sus compañeros de trabajo.

Almorzando con ellos en un restaurante que tiene la televisión encendida y en la que pasan las noticias en la que se informa de las últimas ejecuciones de El justiciero, uno comenta que la ciudad parece más tranquila desde que patrulla las calles esa especie de Batman de clase media.

Kersey/Bronson le invita entonces a que lo compruebe paseando esa noche por la avenida Columbus, que debe ser la peor de la ciudad.

El otro sonríe nervioso y responde algo así que ni loco…

Filme de una ruda esquizofrenia, y rodado con un frío distanciamiento que hace imposible que uno se identifique con ese hombre corriente que se ha pasado al otro lado, El justiciero de la ciudad es una película que advierte que nadie debe está por encima de la ley.

Y mucho menos alguien normal y corriente que ha perdido su razón de existir.

No quiero destripar lo que pasa con este asesino psicópata de clase media venido a menos.

Un asesino psicópata que, por otro lado, es el protagonista absoluto del filme… Un filme que raya la perfección de absurdo esquizofrénico cuando el protagonista justifica al Justiciero reivindicando el espíritu de los pionero que forjaron lo que hoy son los Estados Unidos…

Claro que a puntito de llegar al final, digamos que el peso de la Ley que rige la ciudad le recomienda con buenas palabras que se marche tras descubrir su identidad…

Es decir, que no le quite el trabajo sucio a esa policía en la que él ya no cree.

Policía en la que no cree Kersey/Bronson no porque fuera incapaz de evitar el brutal asesinato de su esposa y que dejara a su hija en estado catatónico, sino porque al fin ha enloquecido. Se ha transformado en un lobo solitario sediento de sangre al que se insiste que siga vistiendo una ridícula piel de cordero…

Su pasado está hecho trizas.

Y lo que ha renacido de entre esas trizas es un puto loco.

Un puto loco que en uno de los mejores y más despiadados finales de la historia del cine nos dice: “estoy en otra ciudad pero soy el justiciero.”

Me desarma, me acongoja, me deja k.o. esta revisión insólita, y afortunada, de esta pequeña gran obra de los setenta.

Cine sucio.

Cine de barrio.

Cine tabú.

Es decir, cine políticamente incorrecto.   

Saludos, grande, siempre grande Charles Bronson, desde este lado del ordenador.

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