FIRMAS

La calle misteriosa. Por Irma Cervino

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La idea de dejar otra vez a su marido solo en casa le daba verdadero pánico. Adivinación Ramos sufría cada vez que tenía que salir de viaje por trabajo y saber que las niñas cuidarían de él, no le tranquilizaba demasiado. Era un auténtico patoso, un peligro suelto. En casa y fuera de ella.

Mientras preparaba la maleta, recordó el susto que se llevó cuando, a la vuelta de su último viaje, entró en casa y se encontró a Luciano escarranchado en el suelo después de haberse caído de lo alto del mueble del salón a donde había subido para quitar un par de pelusas. “Mamá, le dijimos que no lo hiciera, que debajo de la mesa también habían y era más fáciles de coger pero se empeñó y no nos hizo caso”, le explicó Lisi, la mayor de sus hijas.

Por la ventana del cuarto entraba una brisa y dudó si guardar una bufanda pero pensó que aun hacía bastante calor, a pesar de estar ya en pleno mes de noviembre. De lo que sin duda no podía olvidarse era del paraguas, así que abrió el armario para cogerlo y, allí, en medio de un pequeño caos ordenado, encontró la cajita de madera de la madre de su tatarabuela, que llevaba perdida hacía más de cinco años. Emocionada por el hallazgo, la cogió entre sus manos como si fuera un pajarito herido y la abrió con cuidado. “Pero ¿qué es esto?”, gritó. La cajita estaba llena de pelusas de todos los tamaños. “¡Ya es lo que me faltaba! Ahora le ha dado por coleccionar polvo. No me lo puedo creer”. Cerró la cajita y la dejó donde estaba. A la vuelta del viaje hablaría con él. Luciano era un desastre impredecible.

De pequeño, sus padres pensaban que tenía falta de vista o de memoria, hasta que el abuelo se dio cuenta de que lo que realmente tenía el niño era un despiste monumental. Así que cuando ella tenía que salir de viaje por trabajo se ponía nerviosa porque las pobres niñas eran las que tenían que quedarse vigilando de su padre.

Colocó el neceser en el hueco que quedaba junto a la bolsa de los zapatos y cerró la maleta. En veinte minutos tenía que salir para que no se le hiciera de noche en la carretera. La policía había vuelto a recurrir a sus servicios como última oportunidad para intentar solucionar un caso que traía de cabeza a los vecinos de Montaña Chica, una pequeño ciudad situada a 200 kilómetros de su casa, con lo que tendría que pasar al menos un par de días fuera.

Adivinación no era policía, ni detective ni investigadora. En realidad nadie -ni siquiera ella misma- sabía lo que era exactamente. Lo único que estaba claro es que tenía un talento que la convertía en una especie de zahorí por lo que muchas veces la policía reclamaba su participación en casos de difícil resolución. Ella decía que esa aptitud para descubrir, vaticinar o resolver cosas era “pre innata” pues, estando aun en la barriga de su madre, ésta se preguntó cuándo nacería su hija y como si la pequeña bebé la hubiese escuchado dio tres pataditas pun, pun, pun. A los tres días, su madre dio a luz. Fue por eso que le pusieron el nombre de Adivinación.

Después de tener una conversación seria con su marido y de rogarle a sus hijas que no le quitaran la vista de encima a su padre, Adivinación subió al coche y emprendió viaje hacia Montaña Chica donde la policía y el alcalde ya le aguardaban desesperados.

Durante todo el trayecto no dejó de pensar en qué se encontraría a su vuelta a casa. A pesar de todo, el viaje se le hizo corto y la lluvia tampoco le retrasó demasiado. Pasadas las tres de la tarde llegó a la ciudad. El inspector Héctor Barrios esperaba en la puerta de la comisaría, fumando uno de sus Montecristo mientras se acariciaba un enorme bigote a lo Hércules Poirot.

– Buenas tardes, señora. Le esperábamos ansiosos -le saludó, ayudándola a bajar del coche.
– Buenas tardes inspector. No he podido venir antes. Ya sabe que tengo una familia un tanto especial. Y bien, ¿cuál es el problema esta vez? -preguntó admirada por aquel lugar tan acogedor encajado en la montaña.
– Venga, le presentaré al alcalde, el señor Agustín Carrizo. Él le contará mejor -y entraron en su despacho donde un hombre ancho y nervioso esperaba sentado bajo la ventana- Señor Carrizo está es Adivinación Ramos la experta que nos ayudará a resolver el enigma.

El alcalde se levantó y le dio la mano.

– Encantada. Usted dirá. ¿Cuál es ese problema que no les deja dormir? – preguntó la mujer que pensaba que no iba a llegar el momento de conocer tan intrigante misterio.
– Pues que en la calle del Olvido no llueve -dijo el alcalde.
– ¿Cómo? -preguntó Adivinación dejando espacio en toda su mente para lo que acababa de escuchar ya que, hasta ese momento, también guardaba en una esquinita la preocupación por su marido.
– Lo que oye. Que, desde hace un mes, cuando llueve en esta ciudad, lo hace en todas las calles menos en la del Olvido, que es la que está junto a la iglesia -se explicó el inspector Barrios.

Adivinación carraspeó y empezó a tocarse la oreja que era lo que siempre hacía cuando trataba de encontrar una explicación razonable a algo que parecía no tenerla.

– ¿Y dice que es la única calle donde no llueve?
– Así es. Hemos hecho todo tipo de investigaciones y análisis pero no hemos podido averiguar cuál es el motivo por el que ocurre este extraño fenómeno. Los vecinos de la calle están bastante preocupados porque piensan que puede tratarse de algún experimento científico y tienen miedo -aclaró el alcalde.

De momento, este caso era de los más absurdos a los que se había enfrentado Adivinación. No parecía algo que entrara en la lógica, así que no iba a ser fácil.
Después de tomarse un café con dos gotas y casi media de leche en la oficina del inspector, pidió acercarse al lugar de los hechos. Por suerte estaba empezando a llover y podría comprobarlo con sus propios ojos.

La calle estaba a menos de tres minutos a pie, así que fueron caminando. Adivinación fue la única que sacó el paraguas. Al inspector y al alcalde no les importaba mojarse. “Tampoco tienen mucho pelo que secar después”, pensó ella mientras dedicaba una ínfima parte de su maquinaria mental a comprobar si había traído el secador. Por fortuna, sí. Borró inmediatamente esa búsqueda y se quedó en blanco para empezar a procesar el nuevo caso. El de la lluvia sectaria.

Barrios y Carrizo llegaron empapados a la calle del Olvido. El padre Avelino salía en ese momento de la iglesia y les hizo un gesto como diciendo: “por aquí no tenemos ese problema”.

Durante unos minutos, Adivinación pidió que la dejaran sola. Necesitaba pasear a su aire, tranquila, mirar, sentir, ver, escuchar, hablar con algunos vecinos, tocar. Era cierto que en aquella calle de apenas 50 metros de largo no estaba lloviendo. Tenía un encanto especial. Enseguida se percató de que no pasaban coches. Estaba en la zona peatonal de la ciudad y a esa hora, casi las cinco de la tarde, había bullicio por los niños que regresaban del colegio y por las tiendas que empezaban a llenarse de nuevo de clientes. Además, la calle ya empezaba a convertirse en un reclamo turístico. “Venga a Montaña Chica y visite la calle donde nunca llueve”, leyó en un cartel a la entrada de una casa.

Los rayos de sol se fueron marchando hacia el patio trasero de la iglesia y la calle perdió sus colores. Estaba llegando la noche. Adivinación llevaba más de dos horas tratando de encontrar algún detalle que le sirviera de pista para descubrir el misterio. La dueña de la tienda de bolsos, que era la esposa del hermano del cura le contó que, desde hacía más de quince años, estaba al frente del negocio que heredó de su madre y ésta de su abuelo. La tiendita era pequeña, con paredes anchas y techos altos. Se notaba que habían querido darle un aspecto moderno pero tenía algo que no le dejaba. Mientras escuchaba las historias de la mujer, que no paraba de hablar, Adivinación imaginó a su abuelo -el primer dueño de aquella tienda- sentado en una silla de madera, cosiendo remaches y esperando a que algún forastero despistado entrara a buscar uno de los bolsos.

En la pastelería poco pudo averiguar. Le invitaron a un dulce y a un chocolate elaborado con una receta tradicional, heredada de generación en generación. Los tres hermanos al frente de aquel negocio parecían iguales pero no eran trillizos. El problema era que pasaban demasiado tiempo juntos.

Agotada y algo desanimada en su primer día de trabajo, Adivinación se despidió del inspector Barrios y del alcalde y se marchó al hotel. Necesitaba dormir y hacer una llamada a casa. Se le había vuelto a abrir la ventanita de la preocupación familiar y había un pequeño vendaval en su mente.

Durmió como un tronco toda la noche. La llamada de teléfono a su marido antes de acostarse y comprobar que los tres seguían vivos y la casa en orden la tranquilizó. Ya por la mañana, abrió la maleta y dudó qué ropa ponerse. Seguía haciendo calor. Había encendido la tele y la sintonía estridente del avance informativo la alertó. Giró la cabeza y vio a la presentadora con una sonrisa de oreja a oreja.

– Señoras y señores, buenos días. Tenemos que darles una buena noticia. En la calle del Olvido, hoy, está lloviendo. Conectamos con nuestra enviada especial…

Adivinación corrió hacia la ventana, rodó la cortina y comprobó que allí no llovía. Verse reflejada en la ventana le hizo recordar su indomable remolino en el flequillo. “No entiendo nada. Ahora llueve allí y en el resto de la ciudad no”, pensó en voz alta. Sabía que iba a ser un día largo, así que se metió en la ducha.

A las nueve y cuatro minutos entró en la comisaría. El inspector Barrios ya se había fumando un par de Montecristos y tenía la cara desencajada.

– ¿Ha visto las noticias? Llueve en la calle.
– Sí, lo vi. ¿Y qué dicen los meteorólogos a todo esto?
– Nada. No comprenden lo que ocurre. Ellos ven las nubes en sus predicciones y ven que envuelven a toda ciudad pero no saben qué es lo que pasa luego para que justo en los 50 metros de la calle no caiga ni una sola gota. Y ahora lo mismo. Acabo de hablar con el responsable de la Agencia de Meteorología y dice que en sus mapas no aparece ninguna nube a esta hora. Está todo despejado. Es una locura, una locura -repitió el inspector mientras apagaba el tabaco y cogía su libreta- Vamos habrá que seguir buscando.

Al llegar a la calle del Olvido, Adivinación y Barrios abrieron el paraguas. Estaba cayendo un auténtico chaparrón. El cura vino corriendo hacia ellos con la sotana empapada.

– ¿Han visto? Es un milagro. Está lloviendo.

Adivinación le pidió al inspector que la dejara sola unos momentos. Necesitaba concentrarse para encontrar un detalle que le activara la mente y poder descifrar aquel misterio. Bajo el paraguas, caminó hacia la parte baja de la calle. Allí se encontró con Remedios, una anciana que la tarde anterior le había estado contando historias de Montaña Chica, fundada en el siglo XIX y restaurada hacía solo una década cuando, don Agustín, el alcalde decidió modernizarla.

– ¿Otra vez por aquí? Entre, entre en casa que se va a mojar -le dijo la mujer abriendo la puerta.
Uff, gracias. Hace un día espantoso. Aunque por lo menos llueve.

Remedios le invitó a sentarse y le preparó un té. Del pasillo, salió un hombre encorvado y arrastrando los pies apoyado en un bastón.

– Es Benito. Mi marido. No oye mucho. Así que todavía no se ha enterado de que está lloviendo.
– Buenos días, señora -dijo cuando se encontró de frente con Adivinación- Remedios ¿no le ofreces nada a la invitada?
– Ya estoy en ello -le gritó.
– Buenos días caballero. ¿Cómo está?
– Sí, mucho. Pero este pueblo es así -le respondió él, creyendo que le había preguntado por el calor- Y sobre todo en esta zona. Desde que el hijo del boticario está de alcalde este lugar está trastornado. Cuando se puso a levantar toda la ciudad, a pintar las fachadas y a todo eso, aquí nos plantamos y salimos a la calle para que nos dejaran como estábamos.
– Lo que quiere decir mi marido es que los vecinos de la calle nos opusimos a la modernización. Esta zona es la más antigua de la ciudad y no queríamos perder nuestra historia. Por eso tenemos las calles empedradas. Logramos mantener nuestro origen -explicó la anciana mientras ayudaba a su marido a sentarse, después de haber servido el té.

Adivinación se despidió del matrimonio y les agradeció las atenciones. Cuando salió de aquella casa, sintió que se había abierto otra ventanita en su mente. Su intuición le decía que las palabras de Benito eran la llave del misterio.

El único lugar donde aún no había estado era la iglesia. Estaba en la parte más alta de la calle, así que tenía que recorrer todo el camino andado. Al llegar, vio que la plaza estaba vacía. “La lluvia”, pensó. Dio una vuelta y encontró una puertita en uno de los laterales que debía ser la sacristía. Cerró el paraguas y entró. Había una mesa y un crucifijo solitario en la pared. Olía a humedad. La mesa estaba llena de papeles viejos y mucho polvo. Una ligera brisa llegó de la calle y con ella entraron dos pelusas que fueron a parar a una de las esquinas de aquella habitación. En ese momento, Adivinación se quedó paralizada, agarró con fuerza el paraguas y gritó: “¡Ya está!”

Sin darse cuenta de que seguía lloviendo, salió corriendo de la iglesia y fue a buscar al inspector que le esperaba en la pastelería. Llegó empapada y agitada.

– Inspector, lo tengo. Ya sé cuál es el misterio – le dijo y se dejó caer en una de las sillas, mientras el hombre a punto estuvo de atragantarse con el humo de uno de sus puritos- Esta calle no es de este siglo -dijo Adivinación totalmente seria.
– ¿Qué? Pues claro que no señora. Ni la ciudad. Fue fundada hace 200 años. ¿Pe…pe…pero qué tiene que ver eso con que llueva o no?
– Mucho. Esa es la clave. La ciudad está en 2012 pero la calle sigue anclada dos siglos atrás -le explicó, tratando de adecentarse el remolino del flequillo.
– Mire… yo no entiendo nada y no veo la relación. O habla claro o lo dejamos -comentó el inspector nervioso.
– Verá, hace diez años, el alcalde acometió la mayor remodelación de la ciudad en mucho tiempo. Cambió la imagen de la ciudad, las fachadas, la canalización, la calzada, la electricidad, todo. Excepto… en la calle del Olvido, donde sus vecinos lucharon por mantener su historia.
– ¿Y?
– Pues eso. Con el cambio, la ciudad avanzó pero esta calle se quedó en el pasado.
– Sigo sin entender qué tiene que ver eso con que llueva en un sitio y no en otro. ¡Señora!
– Tranquilícese Barrios -le pidió- Lo que trato de explicarle es que cuando no llueve en la calle es porque hace 200 años exactamente por estas fechas no llovió. La calle del Olvido no ha llegado a este siglo.

El inspector cogió aire y empezó a ventilar. Asintió con la cabeza como si hubiera entendido por fin la explicación.

– De acuerdo ¿pero cómo ha llegado a esa conclusión? -preguntó.
– Cuando entré en la sacristía del padre Avelino, también entraron dos pelusas impulsadas por la brisa; entonces recordé que antes de salir de casa ayer tarde y, cuando buscaba el paraguas en el armario, encontré una cajita que había sido de la madre de mi tatarabuela que nació en 1812. Al abrirla estaba llena de pelusas.

El inspector tenía ganas de encender tres puros a la vez. Pensaba que Adivinación había perdido la cabeza.

– Señora, una pregunta más y con todo el cariño ¿Qué demonios tiene que ver su tatarabuela, la caja y las estúpidas pelusas con esta historia?
– Muy sencillo. Al ver las pelusas en la sacristía, me acordé de las pelusas que encontré en la cajita que, a su vez, me hizo pensar en el pasado al que hicieron alusión Benito y Remedios cuando me contaron cómo se habían opuesto a que el alcalde acabara con la historia de la calle.
– Bien. Voy entendiéndola, aunque no me negará que es un poco difícil de asimilar. Entonces, ¿qué propone? ¿que arreglemos la calle y la modernicemos?
– ¡No! Creo que con cambiarle el nombre, es suficiente.

A la mañana siguiente, Adivinación se despidió de la recepcionista del hotel. Guardó la maleta en el coche y se preparó para volver a casa. Estaba lloviendo otra vez. La ventanita familiar ocupaba ya gran parte de su mente y el caso de Montaña Chica estaba a punto de archivarlo en la caja de “resueltos”.

Desde su ventana, Remedios y Benito observaban cómo unos operarios del ayuntamiento habían retirado ya el antiguo cartel de la calle y colocaban uno nuevo.

– Mira Reme, ahora vivimos en la calle del Recuerdo. Me gusta.

Y empezó a llover.

 

 

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