FIRMAS

Una misión complicada. Por Irma Cervino

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Llevaba soportando el peso de aquella casa más de cincuenta años pero, después de unos pequeños retoques, que la habían dejado como nueva, se sentía más fuerte. Durante décadas, llevaba siendo el punto de apoyo de muchas almas y corazones que habían pasado por aquella casa. Desde la abuelísima doña Vicenta hasta el joven Gabriel Ponce, el último en marcharse, todos habían dejado su huella. Ahora, aguardaba la próxima llegada.

Firme y discreta, era consciente de su gran responsabilidad pero, también por eso, se sentía un poco relegada y, muchas veces, no podía ocultar sus ganas de parecerse al teléfono inalámbrico, a la puerta de la cocina, al sillón de cuadros o a la mesa del comedor que era con los que más trato tenía.

Todos disfrutaban de una movilidad que ella no tenía. Al ser la columna central del salón, llevaba cinco décadas inmóvil –lo que en realidad era su misión- soportando las alegrías y tristezas de quienes habían elegido aquellas cuatro paredes para pasar un rato de su vida.

Si algo tenía claro es que nació para estar inmóvil y que, en cuanto sintiera el más mínimo movimiento, su vida peligraba. Junto a la puerta de la cocina y la lámpara de araña, que se aferraba desesperadamente al techo, era la más veterana de aquella vivienda; las tres habían conocido con todo lujo de detalles los desamores de Julita, la mala vida de Agustín, las locuras del señor Berrocal y el desahucio de Amparo y Felipe. Aunque, quienes más secretos conocían eran el teléfono y la lavadora.

Tras la marcha de Gabriel Ponce, hacía apenas dos semanas, no se acostumbraba al silencio. Todas las despedidas le habían dejado sumida en una profunda tristeza pero la de Gabriel era diferente. Nadie en la casa imaginaba aquel extraño desenlace. Nadie esperaba que unos hombres vinieran a llevárselo encerrado en aquella caja de madera.

Mientras el sillón tosía –ahogado- el polvo que se acumulaba en su vestido a cuadros, la columna intentaba evocar alguna conversación, algo, que le pudiera haber alertado de que algo estaba pasando. Lo único que recordaba era la patada que Gabriel le dio una noche a la puerta de la cocina y los gritos que profirió por toda la casa. Estaba encolerizado. Luego entró en su cuarto y de allí no volvió a salir nunca más hasta que vinieron aquellos hombres de negro.

 

 

Desde aquella noche, la puerta dejó de hablar como lo hacía cada vez que la abrían y cerraban. Los golpes le habían dejado una grieta bastante profunda y las secuelas le quedarían para siempre, a no ser que don Anselmo, el casero, trajera a Sebas el chico que le hacía las chapuzas en el piso. Al ver la gravedad de las heridas, todos temían por la vieja puerta a la que notaban un poco más débil cada día. “Estoy segura de que acabarán sustituyéndola por otra”, susurró la mesa del comedor que se encargó de difundir el cotilleo por toda la casa, de silla en silla. En realidad, todos opinaban lo mismo pero nadie quería darle el disgusto. Cuando el comentario llegó a la columna, la casa se tambaleó. No soportaba que se metieran con su compañera de toda la vida. “¡Nadie va a llevársela!”, gritó con tanta furia que los inquilinos del piso de arriba, a punto estuvieron de llamar al teléfono de urgencias, temiendo que aquello que habían sentido fuera un movimiento sísmico.

Nunca antes se había vivido tanta tensión entre ellos pero, aquel día, algunos cruzaron la línea roja con aquel cotilleo de tan mal gusto. Había que hacer algo por salvar aquella situación porque era lógico que si don Anselmo se daba cuenta del desperfecto llamaría a Sebas que haría un desaguisado de tal magnitud que, al final, acabaría con el cambio de la puerta por otra nueva.

– Eso no puede pasar. No pueden llevársela-, dijo asustada la lámpara de araña.
– ¿Y qué podemos hacer? – preguntó el teléfono.

Todos miraron a la columna. Ella era su mejor amiga y debía tomar la decisión.

– No podemos perder tiempo. La casa lleva vacía desde hace dos semanas y, en cualquier momento, don Anselmo puede entrar con un nuevo inquilino y eso significa que antes nos tendrá que hacer la revisión. Yo ya estoy acostumbrada –apuntó la lavadora.
– Vamos a dejar de especular y hagamos algo de una vez -insistió la columna.

Pero ¿qué podían hacer? No eran personas. No podían moverse. No estaban preparadas para afrontar una situación así. En realidad, existían para hacer la vida más fácil a las personas pero ahora se enfrentaban a un problema complejo.

– Se me ocurre algo –dijo el televisor –creo que el polvo podría ayudarnos.
– ¿El polvo? No digas tonterías –le espetó la cortina que consideraba una estupidez lo que acababa de decir.
– Déjale que hable –interrumpió la mesa –venga, explícate.
– Estaba pensando que podríamos rellenar la grieta con el polvo y luego con una manita de pintura encima no se notaría -¿qué les parece?

Todos se quedaron callados. No era mala idea. Y se le había ocurrido a la ‘caja tonta’.

– Bien, creo que es la mejor opción que tenemos. Solo que no sé cómo podemos llevar el polvo hasta la grieta -planteó la columna.
– Yo puedo dejarme caer sobre el sillón y con el que yo tengo acumulado y el suyo conseguiríamos una buena cantidad –dijo la lámpara.
Si la ventana se abre y me sacude un poco yo también puedo soltar algo de polvo –apuntó la cortina.
– Sí, muy bonito todo pero solo falta un detalle ¿cómo trasladamos el polvo a la puerta y rellenamos la grieta? ¿Alguna idea? –preguntó la mesa chismosa- Les recuerdo que ninguno de nosotros tiene libertad de movimiento si no hay una persona.

El ánimo volvió a decaer en la casa.

– Basta, por favor –dijo una voz débil que provenía de la cocina- No merece la pena que hagan todo ese esfuerzo por mí. Estoy mayor, vieja y estropeada. Creo que ha llegado la hora de mi relevo. Llevo desde el primer día en esta casa y ya no sirvo para mucho. Ni siquiera pude evitar la muerte del pobre Gabriel Ponce –se lamentó la puerta.
– No digas eso. Tu no eres la culpable; eres una víctima. Ninguno de nosotros supo darse cuenta de lo que le pasaba. Nunca escuchamos nada, ni observamos una actitud extraña en él. Pasó porque tenía que pasar –dijo la columna que volvió a estremecerse de nuevo, con el consiguiente susto de los vecinos que esta vez sí llamaron a emergencias –Ni siquiera él –dijo señalando al teléfono- percibió nada extraño en su comportamiento ni en sus conversaciones. Era una persona muy reservada. Nunca sabremos qué pasó en realidad.

– El muchacho no tenía nada que ver con Julita que hablaba hasta con las paredes –dijo un cuadro de Rembrandt que colgaba del pasillo.
– Bueno, por favor, centrémonos en lo que nos toca. No cambiemos de tema. ¿Estamos todos de acuerdo en salvar la puerta? –preguntó la columna.
– Claro que sí -afirmaron todos a una- y empezaron la hazaña.

La lámpara de araña buscó fuerzas para balancearse y dejarse caer sobre el sillón y la ventana intentó bostezar para abrirse y dejar entrar una brisa que sacudiera las cortinas. Pero, de pronto, la puerta les interrumpió de nuevo.

– Por favor, escúchenme. Les agradezco mucho todo lo que están haciendo por mí pero no tengo ganas de seguir. Creo que he cumplido mi misión en esta casa. No tengo fuerzas. Esperaré a que llegue don Anselmo y tome la decisión. Es el destino. No lo voy a forzar y menos a mi edad.

 

 

La lámpara de araña se volvió a aferrar al techo y la ventana permaneció cerrada. La columna se estremeció de tristeza. Acababa de perder a su mejor amiga, a su confidente que se negaba a seguir adelante. La puerta de madera vieja se derrumbó la noche en que Gabriel Ponce dejó toda su rabia y su vida en aquella grieta.

Durante dos días, nadie dijo nada en la casa. Saber que iban a perderla les había sumido en una tristeza que nunca antes habían sentido, ni siquiera cuando se llevaron la vieja nevera o cambiaron el fregadero. La puerta de la cocina era algo especial.
La mañana del martes, don Anselmo entró en la casa. No venía solo. Sebas estaba con él.
Vamos a echar un vistazo y luego repasaremos cada cosa con detenimiento. Ya he llamado para que vengan a limpiar el cuarto. Cambiaremos el colchón y pintaremos las paredes -explicó el casero.

Don Anselmo, mire esto -le dijo el chapuzas señalando la grieta de la puerta.
Vaya, chiquito taponazo le pegó. Pobrecito. Debió pasarlo muy mal para hacer lo que hizo. Habrá que cambiar la puerta. Así no sirve para nada. Coge la libreta y apunta.

Los dos hombres se perdieron hacia el fondo del pasillo y la columna empezó a llorar desconsolada. Nadie sabía qué hacer para tranquilizarla. La lámpara de araña se puso nerviosa y aprovechó la ocasión para balancearse con fuerzas y tirarse al sillón, al tiempo que la ventana bostezaba para intentar abrirse y dejar entrar una brisa que sacudió las cortinas. De repente, una nube de polvo envolvió el salón, subió al techo y se dejó resbalar por la columna como un abrazo reconfortante. Notar que no estaba sola le hizo sentirse mejor.

El timbre de la puerta sonó. Don Anselmo cruzó el pasillo de regresó de la habitación y abrió. Era el vecino de arriba.

– ¿No ha sentido usted los movimientos? -le preguntó al casero que no sabía de qué le hablaba- he llamado al teléfono de emergencia para preguntar si había sido un terremoto pero me dicen que no tienen constancia. Le aseguro que hace un rato, mi mujer y yo sentimos un movimiento brusco como si se fuera a caer el edificio.
– Pues no, la verdad. Acabo de llegar y no he sentido nada -dijo el hombre mirando a su alrededor hasta que sus ojos se encontraron con la lámpara de araña tirada sobre el sillón- pero miré, igual fue la lámpara que se cayó y eso provocó la sensación de movimiento que me dice. Es tan antigua. ¡Sebas! apunta, tenemos que cambiar la lámpara también. No se preocupen, ha sido la lámpara.

El vecino se marchó más tranquilo.

La columna había logrado calmarse. Iba a perder a su amiga la puerta pero sabía que no estaría sola; la lámpara de araña, haciendo alarde de una bondad grandiosa, se había sacrificado para acompañarla en su desahucio. A pesar de la inmensa tristeza que tenía por perderlas a las dos, se sintió fuerte para seguir soportando el peso de la casa. Siempre tuvo claro que sería la última en marcharse de allí. Tenía claro que la habían hecho para que aguantara.

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