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El monolito. Por Eduardo García Rojas

Me pregunto, mientras veo 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), cómo fue posible esta película y si en la actualidad sería posible que alguien apostase por un proyecto con las dimensiones metafísicas de este largometraje gigantesco en las formas y en el contenido.

En unos tiempos donde el cine en vez de crecer ha empequeñecido, un título como 2001: Una odisea del espacio no deja de ser hoy una rareza y un producto que sería radicalmente rechazado o bien mejorado para que resultara comercial en las salas de estreno.

Salas de estreno en las que todavía, aunque cada vez menos, llega alguna cosa que despista al espectador con ganas y entusiasmo por recibir emociones y entretenimiento.

Dos palabras, emoción y entretenimiento que no deben de ir separadas sino cogidas de la mano.

Desgraciadamente, casi nadie apuesta hoy por esta fórmula para los que se dedican a hacer industria en lo que antiguamente fue su Meca, Hollywood, donde el cine debe ser sinónimo de gilipollez elevada al cubo. O de estafa con pretensiones comerciales.

Y este no es el cine que aprendí a amar desde que tengo uso de razón.

Sí, soy consciente de que probablemente debo de haber llegado a una edad viejuna, porque aprecio que lo que se rodaba antes tenía estilo y cierta profundidad. Incluso en lo que se conocía como cine de evasión y para todos los públicos, pero son rasgos que apenas encuentro en las cintas que muy de tanto en tanto voy a ver haciendo el esfuerzo titánico de desplazarme a la sala oscura; o que observo con una horrorosa mueca en casa porque me han vuelto a engañar cuando la cinta se convierte en un disco de dvd cuyas imágenes fustigan la pantalla de mi televisor.

Veo 2001: Una odisea del espacio porque a lo largo de la semana que se fue es un título que no dejó de rondarme por la cabeza mientras la realidad que circula a mi alrededor se difuminaba en algo más oscuro de lo que es.

Pensaba en la cola del supermercado en El Monolito.

Pensaba mientras contemplaba a los que sacan a pasear el perro a cualquier hora del día en El Monolito.

Pensaba en El Monolito conversando con un amigo de los que todavía tiene trabajo con contrato fijo, alarmado porque su empresa anuncia un Expediente de Regulación de Empleo…

El Monolito cruzaba por mi cabeza como Pedro por su casa sin que supiera muy bien el por qué el puñetero Monolito atravesaba de repente y como un rayo mis ideas… Casi como si insistiera en que volviera ver el filme de Kubrick para que por fin descubriera la trascendencia de una cinta que le puso los pantalones largos a un género como es el de la ciencia ficción hasta ese momento solo recomendable para descerebrados.

La primera vez que vi 2001: Una odisea del espacio fue, si la memoria no me falla, en el cine Rex de Santa Cruz de Tenerife. Una sala que cuando dejó de ser sala de cine se convirtió en bolera y en sala de fiestas para que gente bien, que no es lo mismo que gente de bien, se divirtiera y sobre todo se gastase el dinero que los demás no tenemos.

Solo entré una vez en esa sala de fiesta porque no soy gente bien y probablemente tampoco gente de bien, y sentí algo así como el síndrome de Stendhal solo que al revés. Es decir, un desvarío que amenazaba por transformarse en desmayo ante lo que le habían hecho a aquel templo sagrado en el que pasé tantos ratos de entretenimiento y emociones en mi niñez y adolescencia.

La primera vez que vi 2001: una odisea del espacio me quedé sin habla. Sin habla porque no entendí nada de aquella película aunque era imposible sustraerme a la fascinación que sentía ante lo que pensaba era un jeroglífico cuya solución se me escapaba.

Más tarde, volví a verla. Y la solución continuaba escapándose de las manos hasta que un día asumí que lo mejor que podía hacer era no romperme la cabeza con lo que pretendidamente había querido contar Kubrick y Arthur C. Clarke, el escritor del relato original que inspira la película, El centinela, y coguionista con Kubrick de esta especie de catedral, por lo que tiene de religioso, que es 2001: Una odisea del espacio.

El hecho de que el Monolito me persiguiera la semana que se fue resultó así clave para que volviera a ver una cinta cuyos ecos aún resuenan en mi cabeza.

Ecos, curiosamente, que deseo que aún continúen retumbando en mi cabeza porque volver a verla se convirtió en un ejercicio no de nostalgia sino de adoración nerviosa al Monolito.

El filme, que reúne ese peculiar aire cool que Kubrick impregnaba en casi todas sus películas con personajes distantes y fríos, continúa siendo el mismo y fascinante jeroglífico que me dejo tarumba en mi tierna adolescencia.

Jeroglífico que ni Carlos Pumares pudo resolver en aquel espacio radiofónico que conducía y que respondía al nombre de Polvo de estrellas donde, debo de confesar, llamé en más de una ocasión para contribuir a plantearle la pregunta del millón y que más lo encanallaba y le hacía subir por las paredes:

– Carlos, Carlos, ¿qué coño quiere decir el final de 2001: Una odisea del espacio?

Todavía recuerdo el grito de hastío del crítico más dicharachero de este puñetero país que todavía es España. Y las risas que soltábamos los que, estando reunidos en aquel cuarto, vomitábamos mientras Pumares nos mandaba a freír espárragos…

La cuestión, sin embargo, que planea por mi cabeza es intentar comprender la razón de por qué el Monolito me visitó de forma tan insistente la semana pasada y me condujo a que viera la película este domingo por la noche…

La cinta volvió a seducirme…

La primera parte, la del amanecer el hombre, aún impacta; como impacta la segunda, con las naves espaciales bailando un vals de Johan Strauss hijo y la misión a Júpiter, que enfrenta a los dos astronautas contra el súper computador Hal 9000. La cuarta es un misterio que prefiero que no se resuelva.

Me gusta el desconcierto que aún me produce.

Y pienso, aunque ya menos, en el Monolito…

La razón es porque la imagen con la que me he despertado esta misma mañana es la de Hal 9000. Que es una víctima en esta película en la que al principio y al final pone acento sonoro el poema sinfónico Así habló Zaratustra de Richard Strauss.

Entiendo el miedo de Hal 9000.

Y me entristece como le vacía la memoria el astronauta David Bowman pese a que Hal 9000 haya dejado de ser el mismo.

– “Tengo miedo, Dave”, le repite Hal mientras Bowman le drena sus recuerdos…

Y me doy cuenta que empatizo con Hal porque a mi también me están quitando los recuerdos.

Saludos, érase una vez en…, desde este lado del ordenador.

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