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Yo soñé con Sylvia Kristel. Eduardo García Rojas

Yo soñé con Sylvia Kristel, con Laura Gemser, con Corinne Clery, con Teresa Ann Savoy y con alguna más de cuyo nombre ahora no me acuerdo cuando el cine erótico era un género que aún hacía sombra al pornográfico.

Es verdad que las películas que protagonizaron no han pasado la prueba del tiempo y que si argo producen hoy es más que placer una risa por su esteticismo roñoso y en ocasiones ridículo.

Pero todas esas cintas con pretensiones de autor (Just Jaeckin, Tinto Brass, el hoy incorrectísimo David Hamilton; el excesivo Walerian Borowczyk y el festivo y pequeño burgués Max Pecas) contribuyeron a hacerle más feliz la adolescencia de quien les escribe.

Las razones son obvias, supongo.

Eran tiempos donde todos esos títulos eran codiciadas piezas de culto. Más para una generación a la que se le vedaba contemplar aquellas codiciadas piezas que, por esta misma razón, se transformaron en objeto de culto.

Un culto en el que nos iniciamos a través de revistas que levantaban algo más que nuestra moral y en el que no importaba lo que se dijera sino lo que se mostrara.

Y lo que mostraba eran señoras desnudas mucho tiempo antes de que en España se produjera otro fenómeno que marcó a mi generación: el destape.

Yo aún recuerdo el impacto que me produjo ver en el cine Delta –y es que la primera vez nunca se olvida– Yo soy ninfómana, de Max Pecas.

Volví a ver la cinta hace unos años y todavía me pregunto como fui capaz de aguantar ese ladrillazo

Bueno, no es exacto. Sí que entiendo el porqué aguanté lo que ahora me parece un ladrillazo.

Estando en el colegio, y antes de que se impusiera la moda de un juego que se llamaba el brilé en el que chicos y chicas socializábamos tirándonos un balón –curiosa metáfora para explicar cómo nos enseñaron a mezclarnos a aquella pandilla de salvajes sin distinción de sexo–; en los corrillos que se formaban entre los amigos enterados y los que deseaban ser igual de enterados se hablaba, entre otras cosas, de películas tabú.

Y de entre esas películas tabú siempre se insistía en cuatro títulos que a partir de ese día prometí que tenía que ver.

Si mereció o no la pena es otra historia.

1) El último tango en París (Bernardo Bertolucci, 1972).

Los enterados que decían haberla visto hablaban de la famosa escena de la mantequilla.

– ¿Pero que coño es la escena de la mantequilla?.- preguntaba uno mosqueado.

Lo enterados no daban demasiada información…

Tiempo después vi El último tango en París y por fin me enteré de lo que se hacía con la puñetera mantequilla…

2) Salón Kitty (Tinto Brass, 1976)

Tinto Brass dirigiría años más tarde la película erótica más cara de la historia del cine: Calígula. Una película, Calígula, cuyas escenas más tórridas la co-dirigió Bob Guccione, fundador de la revista Penthouse. Salón Kitty mezclaba sexo y estética nazi, y prometía ir un poco más lejos que Portero de noche (Lilliana Cavani, 1974), que se había rodado dos años antes y que dio origen a un subgénero dentro del cine erótico al que ya se había adelantado el cineasta estadounidense Don Edmonds con Ilsa, la loba de la SS, cine extremo para la época que dio lugar a dos películas más, ya sin temática nazi pero sí sadomasoquista como Ilsa, la hiena del haren e Ilsa, la tigresa de Siberia, protagonizadas por esa formidable  dominatrix –¡veinte premios Nobel!– llamada Dyanne Thorne.

3) Historia de O (Just Jaeckin, 1975)

Basada en la novela de la escritora francesa Pauline Réage (pseudónimo de Dominique Aury, nacida Anne Desclos) no es otra cosa que una fantasía sádica y de dominación nacida en la calenturienta y festiva cabeza de una señorita de provincias.

La cuarta película de la que hablábamos y hablábamos y que nos quitaba el sueño:

4) Emmanuelle (Just Jaeckin, 1974)

Ahhhh, Emmanuelle.

Ahhh, Emmanuelle que debes estar en los cielos.

Ahhh Emmanuelle que serás siempre, con permiso de Guido Crepax, Sylvia Kristel.

La actriz que encarnó al personaje en ésta y sucesivas secuelas al personaje literario nacido de la pluma de Emmanuelle Arsan y que se anticipó en tiempo y lugar a Erika Leonard James y su revival erótico para todos los públicos con Cincuenta sombras de Grey.

Muere un mito erótico, rezan los titulares que leo sobre la muerte de la Kristel.

Una señora de delicada y turbadora belleza que terminó siendo devorada por su personaje. Aquel que disparó la imaginación de lo que se puede hacer en un avión.

Leo la vida de la modelo y actriz.

Repleta de detalles escabrosos que los encargados en redactar obituarios destacan como si con eso quisieran justificar las razones que la llevaron a convertirse en un mito erótico del que apenas sacó partido salvo resacas de alcohol y cocaína.

Y me indigna la falta de respeto hacia una mujer que fue capaz –resulte hoy cursi y gastado lo que hizo– de levantarle la moral a una chavalada de la que me siento muy orgulloso de pertenecer.

Emmanuelle la vi en la casa de un amigo.

Concretamente en la azotea mientras un proyector nos revelaba fragmentos –solo fragmentos– en una sábana que agitaba el viento de la noche…

Aún recuerdo aquella sesión.

A mi amigo pegado a la puerta para avisarnos por si venían sus padres mientras el resto de los iniciados permancíamos con la mirada fija en aquella pantalla que se ondulaba por los caprichos de la brisa nocturna…

Momento que se rompió cuando alguien exclamó ahhh.

Y que otros secundamos con otro ahhh.

La sábana que hacía de pantalla mientras tanto se movía por el viento de la noche.

Saludos, fantasías animadas de ayer y hoy, desde este lado del ordenador.

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