FIRMAS Juan Velarde

Un salto al vacío y un progreso para la ciencia. Por Juan Velarde

Dicen que la mente humana es maravillosa y lo que ha hecho hace unas horas el austriaco Felix Baumgartner es, sencillamente, impresionante, algo que no es que sea imposible de superar, pero que sí pone el listón muy alto para otros valientes. Y es que este intrépido ¿deportista, aventurero? ha batido el récord de salto desde más altura jamás realizado, el de la mayor altura lograda con un globo tripulado y ha sido la primera persona en superar la barrera del sonido en caída libre.

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Para que se hagan una idea, más de dos horas y media le ha costado ascender, en una cápsula presurizada colgada de un globo estratosférico, hasta una altura de 39.068 metros, superando por casi 3.000 metros el reto que se había marcado inicialmente, pero como decía José Mota, “si no es por no ir, pero ir pa’ na es tontería” así que este hombre optó por ponerle la guinda a su peculiar pastel y lo cierto es que el resultado ha sido redondo.

Alguien podría pensar con toda la autoridad del mundo mundial que vaya bobada el jugarse el pescuezo por batir un récord. Sí, es verdad, había un elevado porcentaje de posibilidades de que la proeza saliera mal y, desgraciadamente, que a estas horas tuviésemos que estar lamentando la pérdida del señor Felix Baumgartner. Pero los hados estuvieron de su lado y ahora de su proeza se pueden extraer varias conclusiones relevantes para el desarrollo de la aeronáutica y de la carrera espacial.

Por lo pronto, gracias a este arriesgado experimento, se podrá proporcionar información que promoverá el avance de la seguridad aeronáutica. Los datos se podrán utilizar para desarrollar una nueva generación de trajes espaciales con mayor movilidad y visión. Además, se puede utilizar el resultado de este salto al vacío como base para protocolos de actuación para rescatar astronautas en el espacio cercano. Asimismo, la misión servirá para conocer los efectos sobre el cuerpo humano de la aceleración y la desaceleración supersónica, incluido el desarrollo de innovaciones en los sistemas de paracaídas.

Por lo tanto, en 2013, el Premio Nóbel de la Ciencia y la Investigación debería recaer en el señor Baumgartner porque ha sido capaz de poner al servicio del progreso humano su propia vida, en un salto al vacío donde era jugárselo a todo o nada. Sí, es verdad que lo ha hecho por una cuestión de prurito personal, que en su mente no anidaba como deseo primordial esa parte científica, pero eso debe ser secundario a la hora de valorar si merece o no los honores de los académicos escandinavos.

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