FIRMAS

Olvidos y recuerdos. Por Irma Cervino

La interminable serpiente se detuvo y sintió un aliento caliente que le envolvía todo el cuerpo. Detestaba aquel monstruo, su olor y el ruido ensordecedor que le arañaba el alma. Entre la multitud que esperaba, la vio bajar del tren. Estaba seguro de que era ella. Aunque habían pasado demasiados años, veinte, aquel cuerpo redondo y la manera en que lo movía eran inconfudibles. Cargando una enorme maleta roja deshilachada y con una caja de madera en los brazos, la mujer miraba a todos lados en busca de su hermano. Había tanta gente que Mario tuvo que pedir paso entre el barullo para llegar hasta ella.

– ¡Adela! Estoy aquí -le gritó agitando la mano entre el gentío.

Al escuchar su nombre, la mujer se dio la vuelta y encontró la cara de su hermano. En realidad, no lo hubiera reconocido a no ser por su particular tono de voz porque él ya no era como lo recordaba. Los años se habían llevado parte de su cabellera y le habían dejado un pequeño bigote y un par de kilos más. Se abrazaron y, por unos segundos, sintieron que nunca habían estado tan lejos el uno del otro
-Venga, vámonos que nos queda un largo camino hasta casa -dijo él, agarrando la pesada maleta que parecía tener vida propia y ofreciéndose a llevar la pequeña caja de madera para liberar del peso a su hermana pero ella la sujetó con fuerza y le apartó el brazo. «Yo llevo la caja».

No insistió, aunque pensó que su hermana había traído demasiadas cosas para tan solo dos días. Mario la había invitado a su boda que sería al día siguiente. Desde hacía veinte años, los hermanos no se habían vuelto a ver y esta era una magnífica ocasión para reencontrarse y hablar de sus vidas. Ninguno de los dos sabía mucho, o más bien nada, del otro. De hecho, como no tenía el nuevo número de teléfono y no sabía siquiera si ella tenía móvil, Mario había tenido que utilizar el correo tradicional para enviar la invitación a su hermana que aún vivía en la casa en la que ambos habían nacido. Durante la enfermedad de su padre, cinco años atrás, Adela fue la que se encargó de cuidarle y sufrió mucho viendo cómo, día a día, el anciano se deterioraba hasta terminar atrapado en su propio cuerpo y entre sus recuerdos. Pero eso Mario lo desconocía. Desde el día en que se marchó de casa en busca de trabajo, nunca más se volvió a preocupar por él ni por ella. Se olvidó de la familia hasta el día en que escribió la dirección en el sobre donde iba la invitación a su boda. Aquel triste invierno, cuando anunció que se marchaba a la ciudad dejó vacías sus vidas. Durante esos años, Adela fue consciente del sufrimiento tan grande de su padre al no volver a tener noticias de su hijo.

– Hoy no papá. Es que seguro que en la ciudad no hay teléfono. Ya llamará. -le decía al anciano que, todas las tardes sin fallar ni una, preguntaba si Mario había llamado.

 

 

Cruzar desde la terminal de llegadas hasta la salida, fue toda una odisea. Estaba atestada de gente que iba y venía, aunque algo más debía pasar ese día porque varios policías recorrían la estación acompañados de perros. La maleta de su hermana era difícil de llevar. Estaba deformada, abultada, rota y hasta parecía tener vida propia. Mario apenas podía con ella y decidió cargarla al hombro.

– Pero ¿qué llevas aquí? ¿Un muerto? -le preguntó asfixiado.

Adela le sonrió pero no dijo nada.

– El escándalo era tan grande que ninguno de los dos escuchó cuando alguien les gritó.
– ¡He dicho que se detengan!

Ante esa orden tan imperativa, los dos miraron hacia atrás y vieron un policía que con cara de malos amigos. «Ponga esa maleta en el suelo», dijo.

– ¿Ocurre algo? – preguntó Mario mientras dejaba caer el inmenso bulto que inmediatamente causó una metralleta de ladridos del perro que acompañaba al policía.
– Tranquilo Sarko le dijo al animal. ¿Qué llevan en esa maleta?

Mario miró a Adela pero sin perder un segundo respondió él. Es la maleta de mi hermana que ha venido a mi boda. Es su ropa.
– ¿Y en esa caja? -dijo señalando a la que Adela llevaba entre sus brazos.
– Son cosas mías -respondió ella, algo molesta.

El policía levantó las cejas y les pidió que le acompañaran, al tiempo que trataba de calmar al perro que no dejaba de olfatear la maleta. Mario miró a su hermana y le hizo un gesto como diciendo: «camina y haz lo que te diga».

Llegaron a una pequeña oficina en la que un señor gordo y enfadado les ordenó que se sentaran. Era el comisario.

-Tenemos que abrir su maleta. Tiene una pinta sospechosa y hoy no es día para jueguitos. Póngala sobre la mesa -ordenó.

Mario no entendía a qué se refería con lo de «hoy no es día para jueguitos» pero como si buscara en un fichero, su mente pronto encontró la respuesta. El ministro de Turismo, inauguraba hoy la nueva terminal internacional de la estación sur. «Dios mío» -pensó- «no creerán que somos unos terroristas».

-Disculpe señor pero no entiendo porqué tienen que abrir mi maleta -se quejó Adela -usted no puede ni imaginarse lo que me ha costado hacerla y cerrarla esta mañana. No creo que vuelva a ser capaz de hacerlo.

Mario le dio un codazo y su hermana cerró la boca. Dos policías levantaron la maleta, la colocaron en la mesa y la abrieron.

– Pero… señora ¿qué es esto? -preguntó el comisario con la cara arrugada.
– Mis cosas. No las toque.

Uno de los agentes, empezó a vaciarla.

– Comisario, aquí hay un bote de leche, un paquete de azúcar, otro de café, pan, mantequilla, mermelada, chorizo de perro, lonchas de jamón serrano, un tuper con… con potaje o algo así, un espejo, una almohada, un rollo de papel higiénico, bolsas de basura, dos cucharas, un cuchillo…

Mario no daba crédito a lo que estaban viendo sus ojos y empezó a sentir el mismo calor asfixiante que minutos antes había experimentado, cuando el tren llegó a la estación y le envolvió en un suspiro caliente.

– Pero Adela ¿qué es todo esto? ¿Por qué has traído tantas cosas? Yo …no…yo no entiendo nada. ¿Estas loca?
– ¿Loca? Hace veinte años que no nos vemos. No sé cómo eres ahora, ni cómo vives. No sé cómo es tu casa. No sé nada de ti, ni de tu vida. Traje todo lo que necesito -se justificó enfadada porque no solo la policía sino su propio hermano la estuviera interrogando.
– ¡Silencio! – dijo el jefe máximo, que hizo un gesto para que apartaran la maleta que ya empezaba a desprender un olor indescriptible- ¿Y qué lleva en esa caja?

Adela la encajó entre sus pechos y miró desafiante al policía. «Son cosas mías», volvió a repetir.

– Señora, hágame el favor de darme eso. Se lo pido por las buenas.

La mujer se levantó de un brinco, incrustándose cada vez más la caja en el torax y amenazando con morir antes que entregarles la caja. Uno de los agentes forcejeó con ella pero no pudo separarle los brazos y fue entonces cuando Mario le imploró que hiciera lo que le pedían. La cara descompuesta de su hermano conmovió a Adela que entregó con rabia la caja. El inspector pidió unos guantes y, cuando ya los tenía encajados en los dedos, la abrió con cuidado.

– ¿Qué diablos es esto?
– Nuestro padre -contestó ella.

El corazón de Mario soltó una descarga tan fuerte contra el pecho que a punto estuvo de atravesar la camisa. «¿Papá?», exclamó asustado mirando a su hermana que dejó caer los párpados resignada.

– Sí, es papá. Murió hace cinco años.

El comisario inspeccionó con cuidado aquella cajita de madera de roble que contenía cenizas, unas gafas de metal y un mechón de pelo gris. El hombre cerró la tapa con delicadeza y se quitó los guantes con un gesto de pena.

– Tome. Coja a su padre -le dijo el comisario devolviéndole la caja- Ramirez intente cerrar la maleta y entréguesela a la señora. No creo que sea a quien buscamos. Pueden marcharse.

Mario estaba impactado. Después de veinte años había vuelto a reencontrarse con su padre y, aunque tenía ganas de abrazarlo, sabía que no era el momento ni el lugar. Y, de haber sido, no hubiera sabido cómo hacerlo. Recogió la maleta de Adela, que pesaba mucho más que antes, y salieron de aquel despacho sin decirse nada. Su corazón seguía tan acelerado como el tren en el que antes habían llegado su hermana y su padre. Deseaba que aquella locomotora que le agitaba el pecho llegara por fin a la estación; que se detuviera para que sus sentimientos pudieran bajar de una vez por todas y sentirse liberado.

– Todos los días de su vida preguntaba por tí – le susurró Adela mientras caminaban en busca del coche.

El corazón de Mario se detuvo en seco y empezó a llorar. Entre lágrimas, le pidió a Adela que le dejara llevar la cajita de madera y, esta vez, ella no opuso resistencia. Durante años, Mario se había olvidado de su padre pero él se había acordado de venir a su boda.

Mientras cruzaban la estación camino del coche, otra serpiente interminable se detuvo en uno de los andenes y Mario volvió a sentir una brisa caliente pero esta vez provenía de la cajita que llevaba entre las manos.

 

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