FIRMAS Marisol Ayala

La tienda del barrio ya es de los chinos. Por Marisol Ayala

No haré una tragedia de esto pero me he quedado perpleja. La tienda de mi barrio, esa que huele a colonia, pan caliente, queso, jabón perfumado, colonia, lejía, aceite, etc., ya no es de Samuel, su dueño desde hace más de 50 años. Hace unos días me acerqué con la intención de comprar algo y de paso molestar a Samuel dado que el Real Madrid es un avispero y mi amigo es merengue hasta el empalague.

Para mi sorpresa detrás del mostrador me sonríen tres chinos, tres; un hombre y dos mujeres jóvenes muy dispuestos, marcando la mercancía, mangoneando, colocando con mimo las cajas de zumos, galletas, suavizantes…”¿Y esto…?”, pregunto sorprendida a Samuel “…”. La tienda ya no es mía. Desde ayer es de los chinos…” señala con la mirada a los orientales.” ¡No me jodas, Samuel…!”, le contesto espontánea y sin ninguna connotación más allá que la de la sorpresa. Como soy curiosa por naturaleza me faltaron dos segundos para pegar la hebra con los chinos y ellos, felices, me contaron su proyecto.

Trabajadores incansables ya han pintado a brocha la puerta de la entrada, recolocado la fruta, contratado a un dependiente y hacen hueco para rentabilizar espacios. Mi única exigencia como clienta, les digo, es que la tiendita conserve el aroma del pan, que se mantenga la limpieza, que la sandía luzca roja y que la variedad de quesos continúe presentando el mismo aspecto, apetecible y ordenado de siempre. “No pleocupalse, señora. Somos buenos y aquí será su casa Todo será más balato”. Concluyente.

Así es la vida. Mi tienda ya no será lo que era, es cierto, pero igual estos chinos superan incluso la atención que hasta hace nada ha prestado Samuel. Difícil. Discrepo de quienes creen que transacciones de este tipo tengan algo que ver con una invasión, con eso tan manido y ridículo como es hurtar nuestra señal de identidad. Boberías. Mientras novelereo en la tienda entra una clienta “de toda la vida”, de esas que eternamente se ha dirigido a la estantería y ella misma hacía la compra; iba amontonando artículos en un hueco de la nevera y luego pasaba por caja. Hizo intento de hacer lo mismo pero Samuel le señala a los asiáticos… “¿y…?, pregunta tímidamente ella. La mujer me mira mal encarada y quiere hacerme cómplice de su leve enfado. Me rio. No lo entiende y en la puerta protesta porque “los chinos nos están quitando todo; se meten en cualquier sitio porque es que los canarios somos unos vagos”, comenta en voz baja.

Sonrío de nuevo porque su pequeña contrariedad es opuesta al semblante de Samuel que refleja la tranquilidad de quien ha hecho un buen negocio. Los chinos le han debido pagar lo que pedía y eso es lo que cuenta para quien lleva más de cincuenta años madrugando, repartiendo compras en un barrio complicado, con muchas casas de duro acceso y disfrutando, como extraordinario lujo asiático, de solo un par de semanas en el sur a modo de descanso anual. Menos nostalgia y más realismo; estos chinos, los nuevos dueños de la tienda de mi barrio, se esfuerzan en ser comprendidos, por abrirse camino y no los veo ni les veré nunca como invasores de nuestra identidad. Menuda ridiculez. Eso sí; solo les pido dos cosas; que no se me fanaticen con el Real Madrid, que me entiendan cuando les pida eso tan nuestro de “ponme todo para hacer un potaje”. Eso y nada más.

Me aventuro incluso a decir que me gustará pasar por la puerta y verla abierta porque gracias a ellos el comercio ha podido seguir activo; guste o no guste, los chinos la han salvado del cerrojo. Gracias a ellos la tiendita que te saca de apuros, la que le da vida al barrio sigue su camino. Esperemos que a estos no les dé por vender junto a dos kilos de papas, un cartón de huevos y dos cebollas, una diadema de colorines. Sean bienvenidos.

Añade un comentario

Clic aquí para publicar un comentario