FIRMAS

El cajero. Por Irma Cervino

Ramón Peña llevaba más de quince años trabajando de cajero en el banco más antiguo de la ciudad. Mientras su compañero Emilio tenía una mesa amplia, un armario para guardar sus pertenencias, un teléfono de última generación, portarretratos con las fotos de sus dos hijas, mujer y suegra y un potente chorro de luz natural que se colaba por el ventanal de su despacho, él se tenía que conformar con una banqueta de madera y una lamparita minúscula.

Cada mañana al abrir la puerta de aquel habitáculo, rememoraba el momento en que el director ejecutivo le llamó a su despacho para comunicarle su nuevo puesto. Qué lejano le parecía ya aquel día.

– Buenos días Peña, siéntese.
– Gra..gracias, buenos días señor Aguirre.
– Verá Peña, estamos muy satisfechos con su trabajo y hemos decidido que vuelva a la calle -por un instante, a Ramón se le pasó por la cabeza que le estaba comunicando su despido pero, enseguida, se dio cuenta de que el responsable de echar a la gente era Calderón, el de Recursos Humanos, así que se tranquilizó.
– ¿A la calle? – preguntó tembloroso.
– Sí. A usted le gusta el trabajo de calle ¿no? – dijo mirándole por encima de unas gafas ridículas que estaban a punto de alcanzar la punta de su nariz.
– Sí, sí, claro. Estuve tres años de comercial y fue muy gratificante -mintió.

Era verdad que durante ese tiempo había ejercido como comercial del banco pero fueron los peores años de su vida. Odiaba el trabajo de tener que salir a captar clientes, ofreciendo préstamos e hipotecas como si fuera su amigo Vitito cuando vendía productos mágicos de limpieza que acababan con la suciedad con un simple flush-flush. Después de aquello, se había jurado que nunca más volvería a la calle.

– Bueno, pues entonces le estamos dando un regalo. ¡Qué suerte tiene usted Peña! Sus compañeros pensarán que es un pelotilla con los jefes, ja ja ja ja ja – empezó a reírse y las gafas terminaron colgando en el aire, mientras una de las patillas trataba de no caerse de la oreja.

El jefe se levantó de la silla, se ajustó de nuevo las lentes y le dio la buena nueva a un Ramón encogido como un caracol asustado.

– No hay más que hablar. Desde mañana, usted será el nuevo responsable del cajero automático.
– ¿Qué? -se asombró Ramón que no entendía que significaba la palabra “responsable” en este caso.
– Póngase en pie hombre, hinche el pecho y salga con la cabeza alta por esa puerta. Aquí tiene la llave. Ahora vaya a hablar con Morín, el encargado de material. Él le dará lo que necesita. Buenos días Peña -y se despidió con una palmadita en la espalda y las gafas camino del suelo.

 

 

Ramón no tenía nada claro cuál era realmente su nuevo puesto. ¿Responsable del cajero automático? Si era automático ¿para qué necesitaba un responsable? Como no quería empezar a marearse dándole vueltas al asunto, decidió subir a la planta dos, y buscar al tal Morín, el del material.

Hola, soy Ramón Peña. Vengo de parte del señor Aguirre. Me dijo que pasara por aquí, que usted me daría lo que necesito para mi nuevo puesto.
Ah, ¿es usted? Vaya, pensé que sería más bajito. Mmmm, bueno no importa. Tome, esto es todo lo que necesita -y le entregó una gorra con una lamparita cosida en el frente. Ramón seguía sin entender nada.

– Disculpe, yo no… ¿para qué necesito esto? -le preguntó.
Háblelo con Matías, el actual responsable del cajero. Ahora mismo puede encontrarlo allí. Él le explicará lo que necesite saber. Buen día y mucha suerte.

Todo era muy extraño. Le habían dado un puesto de responsabilidad de un departamento del que nunca había oído hablar y, encima, tenía una gorra con una lámpara pegada que no tenía muy claro para qué servía. Bajó las escaleras, cruzó la puerta de entrada al banco y se acercó al cajero automático que estaba en la fachada izquierda. Tres personas hacían cola para sacar dinero. Esperó un rato y, cuando ya no quedaba nadie, se abrió la puerta inferior del cajero y de ella salió un tipo mucho mayor que él pero con la misma gorra que minutos antes le habían entregado.

– Buenos días -le dijo el desconocido. Soy Matías
– Qué bien, con usted tenía que hablar. Soy Ramón Peña. Creo que a partir de mañana le sustituyo en su puesto, al menos eso me han comunicado.
– Así es. Yo me jubilo en breve, así que se queda usted a los mandos de esta reliquia.
– Si tiene tiempo, me gustaría que me explicara en qué consiste mi trabajo. ¿Podemos ir a su despacho? Aquí con el ruido de la calle es un poco complicado hablar.
– Pues en “mi despacho” es casi imposible, amigo. Apenas quepo yo.
– Bueno, con que haya una mesa y una ventana, ¿qué más da el tamaño? – comentó Ramón esbozando su primera sonrisa del día.
– Esa es la actitud. El tamaño no importa. Ahora, lo de la mesa y la luz… Tendrá que conformarse con una banqueta y esa gorra. Pero venga, acérquese, le enseñaré cómo entrar sin romperse la espalda -le dijo el casi jubilado.

El hombre abrió la pequeña puerta por la que había salido, le pidió que se colocara la gorra, le hizo señas de que encendiera la lamparita y le dejó meter la cabeza. “Ahí tiene su despacho”.

Dentro, el paisaje era desolador. Una solitaria banqueta coja y cuatro dispensadores de billetes: los de cinco y de diez, a la izquierda. Los de veinte y de quinientos, a la derecha. Olía a papel viejo y a destierro.

– Pero ¿qué es esto? -preguntó Ramón todavía incrédulo.
– Su nuevo puesto amigo. Es usted el conductor del único cajero que ofrece un trato humano y personalizado en esta ciudad. Ah… y aquí ¿lo ve? -dijo señalando con el dedo- este es el micrófono por el que hablará con los clientes que están al otro lado del cajero. Hay de todo: amables, histéricos, con prisas, indecisos, pobres, ricos… pero todos quieren escuchar una voz humana. Sea amable con ellos.

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