FIRMAS

El Monstruo. Por Irma Cervino

Hileras de montañas desordenadas cruzaban de lado a lado, dibujando enormes acantilados que se hundían y volvían a resurgir desde lo más profundo. Disfrutaba mirando aquel paisaje encantado y se pasaba las horas esperando a que el monstruo lograra salir de aquella cueva oscura que se abría y cerraba con cada rugido. El golpeteo inesperado de la taza en el plato provocó un movimiento violento; las montañas se plegaron y el monstruo crujió desde las entrañas de la cueva. Damiana llegó con la merienda y despertó al abuelo.

– Anda Tito, quítate de aquí. Qué pesado eres niño. Siempre pegado al abuelo -le dijo la mujer de cuerpo redondo, apartándole con uno de sus brazos abombados. ¿No ves que tengo que darle de comer? Vete a jugar como hacen los niños de tu edad.

Tito no quería ir a jugar. Él era feliz viendo cómo dormía su abuelo. Se quedaba hechizado metiendo la mirada en cada una de las arrugas que cruzaban su cara e imaginaba que eran volcanes que Gunter, su pequeño soldadito verde, tenía que subir para encontrar al monstruo malvado que habitaba en el estómago de aquel cuerpo decrépito. Cuando el abuelo se dormía, aquel engendro intentaba escapar por la boca pero nunca lo lograba y solo se escuchaba cómo rugía enfadado.

– Damiana, ven corre ya está aquí -le gritaba cada vez que oía los ronquidos del abuelo pero ella nunca le hacía caso y le respondía desde el patio, mientras recogía la ropa tendida, que dejara al pobre hombre en paz, que estaba muy mayor y necesitaba descansar.

Tito se sentía fascinado por él y no entendía por qué estaba tan arrugado. Después de mucho preguntar y no encontrar una respuesta que le convenciera, había llegado a la conclusión de que la culpa era de la “malísima” Damiana y así se lo contó, en confianza, a su soldadito. Imaginaba que la mujer lo había dejado olvidado en la bañera un día que se quedó hablando horas y horas con doña Consuelo, la viuda del quinto, que siempre bajaba a pedir algo de sal y de compañía. El niño estaba seguro de que cuando Damiana se dio cuenta de que el abuelo todavía estaba en la bañera, se asustó mucho, pero no por lo que pudiera haberle pasado al pobre hombre, que ya se había quedado arrugado para siempre, sino más bien por lo que podía pasarle a ella, si alguien se enteraba del incidente.

– Seguro que mamá no lo sabe -le contó en voz baja a Gunter que le miraba fijamente sin moverse -si se entera de que fue ella la echa de casa para siempre jamás.

Damiana llevaba más de veinte años con la familia. Era una especie de señora para todo. Limpiaba, lavaba, hacía la comida, hablaba con los vecinos, con ella misma, por teléfono, por los codos y cuidaba del abuelo. Al niño no le gustaba la mujer. Pensaba que era una espía y le daba mala espina que siempre estuviera hablando con Consuelo. “Seguro que están planeando matar al abuelo”, le dijo una vez a su oficial de plástico duro. “Así no tendría que cuidarle nunca más”.

Desde que nació Tito, que coincidió con la enfermedad del abuelo, hacía ya seis años, Damiana no salía de aquellas cuatro paredes. La madre del niño trabajaba todo el día, así que necesitaba que alguien cuidara de él y del anciano. A ella no le importaba. Al contrario. Se sentía agradecida pero era consciente de cada día se le hacía más pesado atenderlo todo, sobre todo desde que el abuelo se olvidó de caminar.

Mientras Damiana le daba la leche a cucharadas al anciano, Tito seguía el movimiento ondulante de las arrugas que se movían cada vez que abría la boca. Eran tantas que pensó que aquel día, cuando se quedó en la bañera olvidado, Damiana había intentado plancharlas después pero ya era demasiado tarde y se le habían quedado incrustadas. “Por eso mi abuelo tiene manchas oscuras en la cara. Son quemaduras de cuando intentó plancharlo”, le confesó a Gabriel, un compañero de clase. No podía evitar enfadarse cada vez que se acordaba de aquella historia. Creía que si Gunter y él hubieran estado allí ese día, lo habrían salvado de quedarse arrugado pero, por desgracia, aun no había nacido cuando ocurrió aquel fatídico percance. Desde entonces, resolvió que Damiana era una mujer mala y por eso intentaba pasar todo el tiempo que le era posible vigilando a su abuelo. Quería evitar, a toda costa, que acabara matándolo.

– Niño, qué pesado eres. Vete un rato a ver la tele. Deja en paz a tu abuelo -volvió a repetirle la mujer, mientras trataba de hacer desaparecer el humo que salía de la taza revolviendo y soplando al mismo tiempo.

Desconfiado, Tito bajó del sillón y, sin que ella se diera cuenta, colocó al diminuto soldadito, apostado detrás del cojín y le susurró: “Vigila que no le haga nada malo. Voy a ver la tele un rato”. Y se marchó corriendo por el pasillo. Damiana le miró de reojo. Terminó de darle la merienda y fue a la cocina a dejar la taza. El abuelo se quedó solo, mirando a ninguna parte hasta que volvió a sentir unas manos que restregaban su boca de un lado a otro. Eso no le gustaba nada y se puso malhumorado, arrugando la cara todavía más, mientras movía la cabeza de un lado a otro. Cuando se enfurecía agitaba el cuerpo y pataleaba como un niño pero nunca decía nada. Nunca, desde aquella tarde de hacía dos años en que dejó de hablar. Esa vez, la madre de Tito se asustó tanto que llamó a don Julián, su médico de toda la vida. Después de examinarlo y de hablar con él sin recibir respuesta, no encontró ninguna causa lógica a su silencio y determinó que se trataba de un simple capricho que se le pasaría con los días. Nunca dijo cuántos y, así, llevaba 780 días con todas sus noches.

– ¿Se habrá quedado sordo? -preguntó su hija angustiada.
– Para nada. Escucha perfectamente. A estas edades, se vuelven como niños. Es una pataleta, estoy seguro -le explicó el médico.
– Igual es que se le olvidaron las palabras -dijo Tito que miraba de arriba a abajo al abuelo, tratando de encontrar algún mecanismo que activara de nuevo su voz.

Algunas veces, cuando Damiana bañaba al abuelo, el niño entraba de puntillas y se escondía detrás de la puerta porque estaba seguro de que, si lo veía desnudo, encontraría el maldito botón ese de las palabras. Pero su cuerpo tenía tantos pliegues que era totalmente imposible saber dónde estaba.

Damiana dobló la servilleta en cuatro y la dejó en un lado de la mesita junto al eterno vaso de agua. Al abuelo no le gustaba beber agua, así que, de vez en cuando, tenían que humedecerle la boca a la fuerza para que no se deshidratara. Tito no soportaba que lo hicieran y se ponía nervioso cuando veía a su madre o a Damiana forcejear con el pobre hombre tratando de empaparle. “¡Si se llena de agua, el monstruo se enfadará y nunca saldrá del abuelo!”, gritaba desaforado ante la mirada atónita de las dos mujeres.

Con la boca limpia y las arrugas humedas por una pequeña lágrima que se resbaló del ojo izquierdo, volvió a quedarse solo en la salita. Solo con toda su vida dentro, jugando a ser feliz. Fuera, en el otro mundo, escuchó los pasos de la mujer redonda alejarse por el pasillo y se alegró, pensando que era su madre que iba a prepararle la comida antes de que su amigo Mario llegara a buscarle para ir juntos a coger cangrejos al charco. Todo lo que deseaba y amaba lo guardaba en el mundo de dentro. Su madre, su padre, su hermano, sus amigos, sus latas de colores, sus piedras, su casa, el señor Matías, doña Herminia, sus alegrías, tristezas y hasta Olivia, su primera novia. Todos estaban dentro de él. En su cabeza, en su corazón, en su estómago, en el interior de sus manos. A su lado. Con todos ellos se sentía seguro. Por el contrario, lo que estaba fuera le asustaba cada vez más. No entendía muy bien qué era ese mundo y por eso había decidido cerrar la puerta que le conectaba con esa otra vida que no entraba en su cabeza, ni en su corazón. Por eso, también, dejó de hablar; de ver cuando miraba, de escuchar, de caminar. Su vida estaba ahora dentro de su cuerpo.

La tele gritaba a todo volumen. Tirado en el sillón, Tito se reía a carcajadas con la nueva versión de los Picapiedra en el espacio y no escuchó a Damiana gritarle que era la hora de la ducha, aunque a ella tampoco parecía importarle demasiado que el niño no le hiciera caso porque Consuelo acababa de tocar a la puerta en busca de sal o compañía, como hacía todas las tardes a esa hora, y allí se pasarían un buen rato.

En la salita, Gunter llevaba ya una hora vigilando al abuelo sin moverse. Todo parecía en orden. Tenía los ojos cerrados y respiraba agitado. Desde la trinchera, controlaba toda la habitación y parte del pasillo que daba a la puerta de entrada, así que podía ver a Consuelo con su taza vacía donde, antes de marcharse, Damiana siempre echaba una pizca de sal. No era la primera vez que Tito le encargaba esta misión a su soldado. Las voces de las mujeres a lo lejos y el tic tac del reloj de pared se apagaron con el rugido sordo del monstruo que, de nuevo, empezó a quejarse desde dentro del estómago del abuelo. Gunter no se inmutó. Siguió atento como le pidió su capitán.

El sol se fue evaporando de la casa y las paredes empezaron a quedarse a oscuras. Damiana saló la taza de consuelo y regresó a la cocina a terminar de recoger. La tele se había quedado muda, después de casi dos horas. Tito se acordó de Gunter y corrió hasta la salita. Todo estaba en silencio. Se acercó a su soldado y le dijo: “Vengo a relevarte”. Gunter no respondió. Seguía mirando al abuelo hasta que la mano del niño lo agarró y colocó al muñeco sobre la mesita, al lado de la servilleta y el vaso de agua. Estirando la espalda, Tito se puso firme y llevándose la mano a la frente gritó: “Cojo el mando”.

La oscuridad era cada vez mayor en la casa. Aprovechando la luz que llegaba de la cocina Tito se acercó al abuelo a ver cómo dormía. Sus ojos curiosos se resbalaron entre las arrugas que permanecían inmóviles y, en la cueva oscura, no se escuchaba al monstruo rugir. Echó una mirada inquisitiva a Gunter, al tiempo que deslizaba su pequeña mano entre las de su abuelo. Estaban frías y no temblaban como solían hacerlo. Seguía sin salir ningún ruido de la cueva. Tito volvió a mirar a Gunter y le gritó: “¡Has dejado escapar al monstruo!”.

A la mañana siguiente, Damiana, la madre de Tito y Consuelo, vestidas de negro, esperaban a que unos señores vinieran a llevarse al abuelo. Todo estaba en silencio. Hasta el reloj de pared se había quedado sin palabras. La minúscula cabeza de Gunter asomaba por debajo de la mesita donde Tito lo dejó tirado la noche anterior. Vestido con su camisa blanca, abrochada hasta el último botón de arriba, se sentía inmensamente triste y enfadado porque su soldadito verde había dejado que el monstruo que vivía dentro del abuelo se escapara y se lo llevara con él.

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