FIRMAS Salvador García

Preocupante desconfianza. Por Salvador García Llanos

Antes del verano escribimos sobre la crisis de institucionalidad. Pues bien, los datos de la encuesta hecha por El Observatorio de la Cadena Ser, conocidos a principios de esta semana, son contundentes: hay una desconfianza de los ciudadanos en las instituciones que no tiene precedentes: una aplastante mayoría (82%) no confía en el Gobierno de España, ni en el Gobierno autonómico (73,5%) ni en las instituciones europeas (72%).

Se explica pues esa creciente desafección hacia la política y los políticos que todavía los partidos políticos no aciertan a invertir. Al contrario, a medida que pasan los meses y crece el malestar, ni congresos ni programas van robusteciendo ideas para afrontar de lleno, con alternativas, esta delicada situación en la que otos males más apremiantes apenas dejan margen para el pensamiento.

Esa crisis de institucionalidad, esa desconfianza, tiene un vértice muy preocupante en nuestro país. A nuestro juicio es el dato sociológico más inquietante de cuantos se han venido registrando últimamente: la mitad de los españoles, según el citado estudio demoscópico, se desmarca del estado autonómico, no le gusta, no lo quiere. Casi el cincuenta por ciento de los encuestados -esto es lo asombroso- prefiere un Estado centralizado, sin comunidades autónomas o que éstas tengan menos competencias. Sólo un 11% respalda el actual modelo de Estado autonómico, ese cuyas costuras, con tantas peculiaridades, tanto costó hilvanar.

No son porcentajes para mirar hacia otro lado. Al contrario, son reveladores de un estado de opinión muy preocupante. Descontento más desconfianza: en el país se puede estar larvando una involución inquietante. Los responsables institucionales y políticos tienen una ardua tarea para intentar recuperar la confianza y la aprobación de un modelo: los tiempos no están para dar marcha atrás ni para experimentos. Y lo peor: sin saber dónde se puede encallar o cuál es la alternativa.

Pero mal, muy mal se han tenido que hacer las cosas para haber alcanzado este nivel de desconfianza institucional.

N. del A.- Lo habíamos vaticinado. Ayer, aún caliente el cuerpo de Santiago Carrillo, un innombrable medio del derechío, ya desgranaba todos los dicterios que el pasado del político le inspiraba. Casi no le dejaron morir en paz, preocupados para que la historia no le absuelva. Cuando hayan leído las impresiones de miembros del Gobierno, se habrán seguido rasgando las vestiduras. Igual son los mismos que apelan, recurrentemente, al espíritu de la Transición o lo que dicen querer enterrar para siempre los atavismos de la guerra incivil. Es su problema: viven aún con el rencor. Justamente lo contrario de Santiago Carrillo quien, hasta el último minuto, según cuentan, exhibió su lucidez. Vaya lección.

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