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Quedarse en los huesos. Por Eduardo García Rojas

La última novela del escritor grancanario Santiago Gil hay que leerla como una fábula sobre el oficio de las letras. Temo que hacerlo de otra manera sería traicionar el espíritu de un libro que no tiene otro objeto que el de indagar –con poca fortuna, por cierto– en torno al arte de la escritura y las miserias y grandezas que se esconden detrás de la que quizá sea la profesión más ingrata del mundo.

Ya lo advierte Gil en el título de su novela, Yo debería estar muerto (colección G21 Narrativa Canaria Actual). Un título llamativo, contundente y radical pero que sin embargo no responde a las expectativas que pudiera generar.

Yo debería estar muerto propone la aventura existencial de un hombre casado y cansado que trabaja como corrector en un periódico de provincias que se siente más escritor que otra cosa aunque las mieles del éxito se le escapan de entre las manos para sumergirlo en una mediocridad que aguanta por pura inercia existencial.

Los dados del destino le ofrecen, sin embargo, una segunda oportunidad cuando la Señora de la Guadaña lo traslada a la otra orilla: la posibilidad de vivir un futuro donde alcanzar el éxito como escritor aunque éste lo empobrezca como persona al refugiarse en sí mismo y, como si de un Juan Carlos Onetti del siglo XXI, escribir mientras gana seguidores que encuentran en sus obras claves que su propio autor desconoce haber escrito.

No es Yo debería estar muerto de lo mejor que he leído de Santiago Gil, me parecen mucho más notables y auténticas su perverso retrato del fin de la infancia en Queridos Reyes Magos o en esa salvaje descomposición familiar que nos mostró en Las derrotas cotidianas, pero conserva a ratos ese sentido de realidad siniestra que caracterizaba a estas dos novelas. Una mirada oscura, no exenta de afortunada ironía sobre el destino.

Quiero entender que Yo debería estar muerto es un pequeño y frustrante paréntesis en la trayectoria literaria de Gil. Un libro ajeno a su universo, generalmente tan apegado a la tierra. Y esto es un obstáculo, a mi juicio, para sumergirse en el pequeño escenario que plantea con su último trabajo.

No obstante, si se entiende el cuadro como una fábula cruel sobre el proceso de la creación y la fama a la que todo escritor aspira, su Yo debería estar muerto podría traducirse como un curioso e inquietante ejercicio a la psique del escritor.

Leída con distancia, Yo debería estar muerto no deja de resultar así una interesante reflexión sobre el papel del narrador y su obra aunque le falte más desarrollo, más carne, más sustancia al relato.

Un relato que parece redactado con demasiadas prisas y al que se le escapa –da la sensación– el camino al que quiere dirigirse.

Lo mejor de la novela, de unas ciento veinte páginas, son aquellos momentos en lo que Santiago Gil recupera su capacidad para describir situaciones y lo peor cuando se nos pone filosófico y se encierra en su nube. Esto descompensa el ritmo de una historia en la que casi parece que el escritor no quiere que se le reconozca, aunque su protagonismo sea el único que monopoliza el texto.

Esta insistencia en el Yo deja en segundo planos a unos , los secundarios, que apenas quedan esbozados, por lo que todos ellos se transforman en manchas y no en personajes reconocibles.

Lo preocupante es que esas mismas manchas afectan al narrador/escritor/protagonista de esta novela, a quien se somete a un ingenuo interrogatorio al principio y final del texto para justificar esta especie de El cielo puede esperar aplicado al mundo de la literatura.

No es una novela redonda Yo debería estar muerto. Pienso, de hecho, que es una novela para nada redonda porque parece como si su autor, Santiago Gil, no creyera en ella porque se trata más que de una novela cerrada en un trabajo que exigía más trabajo. Que necesitaba de una reflexión coherente, que condujera al lector hacia un territorio en el que tan bien se mueve su autor como es el de ese realismo siniestro que  empleó para destripar las ilusiones de un niño y hurgar en las miserias de una familia.

Es probable, de todas formas, que esperara mucho más de Santiago Gil tras revelarme su capacidad para meter el dedo en la llaga en los dos títulos anteriormente citados, capacidad que no he encontrado en Yo debería estar muerto, una novela en la que apenas descubro destellos de vida y sí poco entusiasmo por lo que está escrito.

En este aspecto, da la sensación como si el escritor de carne y hueso que descubrí en Gil se hubiera quedado en los huesos con Yo debería estar muerto.

Una novela escrita como una fábula pero desorientada y sin mucha sustancia a la que aferrarse.

Un título, en definitiva, que me deja indiferente en la producción de un escritor cuyas obras anteriores no me habían dejado indiferente.

Saludos, algo frustrado, desde este lado del ordenador.

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