FIRMAS

El ascensor. Por Irma Cervino

La puerta se abrió y dos señores que parecían cuatro abandonaron el ascensor. Ramiro se despidió de ellos y, cuando estaban tan lejos que parecía que podía cogerlos con el pulgar y el índice, apretó el botón para cerrar la puerta. Aprovechó que se quedaba solo de nuevo para mirarse rápidamente en el espejo y comprobar, una vez más, que su chaqueta seguía impecable, después de más de tres horas recorriendo las veinte plantas de arriba abajo.

El ascensor volvió a arrancar y no se detuvo hasta llegar a la última donde dos señoras, que superaban el máximo de laca permitido, celebraron la llegada como si hubieran visto aterrizar el avión que les devolvería a casa. Entraron ansiosas, cargadas de bolsas de todos los tamaños y ocuparon medio ascensor. No solo por el aroma a la carboximetilcelulosa que desprendían sus respectivos cabellos sino por el volumen de los mismos, Ramiro se dio cuenta de que sus nuevas pasajeras venían de la peluquería.

– Buenos días señoras, qué guapas las han dejado. ¿A qué planta van? –preguntó con el dedo preparado para pulsar algún botón.
– A la de Oportunidades –respondió la del cabello color salmón noruego.
Mirándolas de reojo, Ramiro pensó que, a su edad, la vida ya les había dado demasiadas oportunidades pero, fiel a su elegancia, dejó caer los párpados, estiró levemente los labios y dijo: “¡Allá vamos!” Durante el trayecto, ellas no pararon de hablar ni de mover las bolsas de un lado a otro, contándolas, temerosas de que se hubieran dejado alguna atrás.
– No me gusta cómo te dejaron el flequillo, Amparo –confesó de repente una de ellas tocándole una especie de cuerno capilar que había sido inmune a la laca.
– Bueno, a ti tampoco te dejaron, que digamos, demasiado bien, querida –le respondió la otra con cierto retintín, mientras le señalaba un abultamiento en la parte trasera de la cabeza.
Sin saber cómo, Ramiro se vio envuelto en una feroz disputa entre ambas que empezaron a lanzarse palabras envenenadas sin motivo aparente.
– ¡Señor! -gritó la del cabello asalmonado- detenga inmediatamente el ascensor que yo me bajo. Mi amiga seguirá hasta la de Oportunidades a ver si por fin encuentra algo de su talla –y se marchó sin despedirse.

Ramiro llevaba trece años como ascensorista en los mayores almacenes de la ciudad y, en ese tiempo, había visto de todo, así que pocas cosas podían asombrarle ya. Mientras descendía a la planta cuatro, y tal vez anestesiado por el asfixiante olor a laca, sintió que su mente se fugaba al pasado y recordó aquel día en que a un señor se le quedó enganchada la chaqueta en la puerta del ascensor y nadie se dio cuenta hasta que vieron que el pobre hombre empezaba a levitar. Sin pensárselo dos veces, Ramiro se lanzó sobre él y lo arrancó de la chaqueta que se quedó hecha una pasa, engurruñada en la parte alta de la puerta. Demando a la empresa y les reclamó tres trajes de Armani. También había sido testigo de una dolorosa ruptura matrimonial, de una pedida de matrimonio bastante cursi y hasta del parto de una niña a la que llamaron Ascensión, en honor no al día sino al lugar en el que nació.

 

 

A pesar de no poder ver la luz del día y de pasar de pie toda la jornada, encerrado en un diminuto habitáculo de cuatro paredes, Ramiro consideraba que su trabajo era divertido porque le ofrecía la posibilidad de conocer personas distintas que lo único que tenían en común era que habían decidido ir a comprar a los grandes almacenes. Le gustaba tanto lo que hacía que, muchas veces, Marina, su mujer, le llamaba preocupada al móvil para preguntarle dónde estaba, pues no llegaba, después de que él le hubiera avisado, hacía horas, de que ya iba para casa.

– Ya voy bggg.. riño. Estoy en bggg… censor de bggg… minutos bggg… ahí. -le explicaba desde el ascensor de su propio edificio donde se pasaba al menos cuarenta minutos acompañando a sus respectivos pisos a los vecinos que llegaban de trabajar.

Marina no entendía la obsesión de su marido pero había terminado por acostumbrarse. “Pulsa el dos y para en casa ya”, le decía casi todas las noches.

El “din” que anunciaba la llegada a destino le devolvió al presente y Ramiro despidió con un amable buenas tardes a la señora y a sus cinco bolsas que se bajaron en la planta de Oportunidades. Al verla salir, pudo comprobar que sus hombros habían sufrido una importante nevada de laca solidificada, motivada seguramente por el disgusto que le produjo el comentario de su, hasta hacía cinco plantas, amiga pues no dejó de manosearse el pelo tratando de aplastarse el abultamiento trasero.
Antes de cerrarse las puertas, un señor entró corriendo y, detrás de él, una señora que debía ser su esposa. Se colocaron cada uno en una esquina. Parecían enfadados.

– Buenos días, vamos a la sección de caballeros -dijo ella -Es que mi marido necesita un par de calzoncillos porque los tiene, mejor no le digo cómo. Es tan despreocupado que si lo dejo de su mano, todavía está con los de la familia Telerín. Ay, este hombre. Y no le cuento lo de las camisas porque se asustaría.
– Catalina, por favor, no creo que debas contar mis intimidades a cualquiera -le recriminó él avergonzado y con la cabeza encajada entre los hombros.
– A cualquiera, a cualquiera -se burló ella -este señor no es cualquiera es el que maneja este ascensor y estoy segura de que se alegra de que le contemos cosas y, además, voy a aprovechar para preguntarle qué talla lleva porque es de tu ancho más o menos y como tú no te acuerdas y no miraste la etiqueta antes de salir de casa, pues aquí estoy yo para solucionarlo porque te recuerdo que la ropa interior no se puede probar -dijo de corrido sin respirar. -Señor, ¿que lleva usted de calzoncillo? -le preguntó a Ramiro que apretó los glúteos como si ese gesto le diera la respuesta.
– Yo, creo que estoy llevando la 54 señora.
– Ja, eso es lo que usted se cree. Déjeme ver su cintura -le pidió la mujer que, sin esperar a que le diera permiso, lo agarró como a un osito de peluche.
– ¡Catalina, por Dios! -le gritó su marido, justo en el instante en que el ascensor paraba.
Hemos llegado -dijo Ramiro, tratando de zafarse de la señora que seguía abrazada a él.

La pareja salió discutiendo y Ramiro aprovechó el barullo para ajustarse el pantalón, antes de que tres personas entraran. Les preguntó el destino y pulsó los respectivos botones. Durante cinco segundos el silencio llenó el aparato pero, uno de los viajeros lo rompió en seguida.

 

– Disculpe joven, ¿sabría usted decirme en qué planta puedo encontrar un alzacuello? -preguntó un cura vestido con sotana.

– Pues, la verdad que ahora que me dice, no lo tengo muy claro pero puedo preguntarlo. Si me disculpa, hago la consulta.

Ramiro cogió el teléfono y contactó con Información. El cura le agradeció la gestión y esperó la respuesta mirando al cielo. Al techo. A su lado, un chico de apenas 20 años acercó su cabeza a la del religioso y le dijo con voz baja y temblorosa: “Yo siempre he querido ser cura”. Juntando las manos como si fuera a rezar, el sacerdote bajó la cabeza y le animó a luchar por ello. “Entonces, no desistas hijo mío. Lucha por tus sueños”.

– Gracias Luci. Padre, en la planta siete puede encontrar alzacuellos. Es la siguiente -le informó Ramiro que empezaba a sentirse mal. “Debe ser el calor”, pensó.

El cura salió del ascensor dándole la bendición al joven y desapareció. Nadie se unió en esa planta y prosiguieron el camino. Los botones 15 y 19 seguían iluminados. El joven aspirante a cura se había quedado más nervioso que su primo Rafa el día que se sacó una foto con Messi. Se metió la mano en el bolsillo, sacó el móvil y le envió un mensaje a Inés, la chica con la que le habían organizado una cita a ciegas. “No podré quedar. Lo siento ;-( tengo trabajo”.

Ramiro estaba sudando pero comprobó que el aire del ascensor estaba funcionando bien. “Debe ser el ajetreo de hoy”, pensó al despedirse del joven aspirante a cura que se bajó en la planta 15.

Bueno pues vamos rumbo a la 19 -le dijo al señor que se había quedado solo con él y aprovechó para sacar el pañuelo y secarse la frente.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que tenía fiebre. Estaba ardiendo. Pensó que igual era una reacción a la potente laca que llevaban las señoras de hacía unos minutos, así que no le dio mucha importancia.

– Hemos llegado señor -le dijo a su único acompañante.
– No, yo no me voy a bajar. Sigo con usted.
– Bueno, no hay problema. ¿A qué planta le llevo entonces? -preguntó.
– A ninguna. En realidad no puedo salir del ascensor. Mi mujer está comprando y, de lejos, he visto a mi… mi… bueno a una chica con la que yo… que yo conozco y no quiero…

Ramiro estaba acostumbrado a ese tipo de historias y trató de ser discreto pero, al mismo tiempo, quería ayudar al hombre que se movía como si llevara tres días sin hacer pis.

– Pero si se queda aquí puede encontrárselas en cualquier momento que cojan el ascensor -le advirtió.
– No, que va. Por suerte, eso no puede pasar. Este es el lugar más seguro que tengo. Las dos son claustrofóbicas.

Ramiro no sabía si aquello era real o la fiebre empezaba a hacerle efecto. Pulsó el botón de bajada y cerró los ojos. El ascensor paró de nuevo en la 13 y el cura volvió a entrar con una bolsa donde llevaba el alzacuello. Después de dos plantas en bajada, el prófugo se acercó a él.

– Padre, necesito confesarme.
– Díme Hijo, ¿qué problema tienes?
– He engañado a mi esposa y creo que me arrepiento.
– Bueno, has caído en las garras del mal pero obras bien al darte cuenta de que lo has hecho. Reza dos padrenuestros y tres avemarías y vente el martes por la parroquía de Dolores -el cura le pidió a Ramiro que le mantuviera la bolsa mientras juntaba las manos para rezar y darle la bendición al hombre arrepentido.

Al llegar a la planta de salida, el cura se despidió. Entraron tres personas y la puerta se cerró. En ese momento, Ramiro se dio cuenta de que se había quedado con la bolsa del alzacuello. “¡Padre, Padre!”, gritó inútilmente porque el ascensor ya se había puesto en marcha. El prófugo arrepentido se acercó a él y le dijo: “No se preocupe, el martes tengo que ir a su parroquia a terminar de arrepentirme. Yo se lo llevaré”, cogió la bolsa y se colocó al final del aparato.

Las tres personas que acababan de entrar iban juntas y se quedaron en la planta cinco. Una más arriba, en la de Oportunidades, entró una señora que saludó efusivamente a Ramiro. Era una de las de la pestilente laca, aunque se había tocado tanto el pelo que parecía que su cabeza había sufrido el ataque de la tribu de los jíbaros. No dijo a dónde iba, así que el ascensor siguió su camino de ascenso y paró dos plantas más arriba. Allí entró la pareja de los calzoncillos y la señora del pelo salmón. Ramiro empezó a destilar sudor por todas partes. Tenía tanta fiebre que estaba seguro de que, en cualquier momento, saltaría la alarma contra incendios.

El prófugo arrepentido aprovechó el desconcierto para pulsar el botón de la última planta y así seguir perdiendo tiempo. Una vez allí, el matrimonio y las dos señoras pidieron a Ramiro que pulsará la planta baja. Quedaban veinte de trayecto y él ya temía que el viaje no iba a ser tranquilo. Las dos señoras, unas horas antes amigas, ni se miraban a la cara pero habían vuelto a atufar el ascensor. El señor de los calzoncillos llevaba una bolsa con dos pares dentro, después de que su mujer hubiera revolucionado a todos los empleados y a cinco clientes, preguntándoles cuál creían ellos que podría ser la talla de su marido.

– Ahora cuando llegues a casa te los pruebas, no vaya a ser que te queden apretados. Yo creo que tu los llenas pero, como hace tiempo que no te veo esa zona, no tengo nada claro -dijo en voz alta la mujer, mientras su marido le lanzaba una mirada mortal abochornado por lo que acababa de decir su mujer.
– ¡Catalina, por favor! Ya lo hablaremos en casa -le susurró pero la mujer no se dio por aludida.
– Yo creo que su marido lleva la de mi difunto Paco -dijo la señora que aun mantenía su peinado con volumen. Era así de esmirriado como el suyo.
– Oiga, no le permito que hable así de mi marido. De esmirriado nada. Usted no lo ha visto desnudo. Jacinto, desabróchate la camisa y enséñale un poco a la señora.
– Pero Catalina, esto es el colmo. Te pido por favor que lo dejes ya -le rogó su marido de color rojo.
– ¿Es que no la has escuchado? Te ha llamado esmirriado como su marido que, por cierto, ya es difunto. Supongo que aguantarla a usted debió ser la causa de la muerte.

Ramiro no daba crédito a la situación pero decidió no intervenir, sobre todo, porque no tenía fuerzas. El ambiente en el ascensor estaba empezando a caldearse y las dos señoras de peluquería volvieron a hacerse amigas para enfrentarse a Catalina que seguía hablando de las bondades de su marido e insultando al difunto.
– ¡Basta! -se oyó decir en medio del jaleo.

Con las manos juntas como si fuera a rezar, el prófugo que se había puesto el alzacuello, pidió respeto y tranquilidad.

– Señoras, estamos en un sitio público y no debemos perder los nervios. Estoy seguro de que los calzoncillos le quedarán bien a su marido porque es un santo y en cuanto al suyo, rezaremos para que esté en la gloria. Señoras, compórtense, en el nombre del Señor.

Como si hubiera hecho magia con sus palabras el ascensor quedó en silencio. Al llegar a la planta baja, se abrió la puerta y los cuatro salieron sin decir nada. Ramiro agradeció al falso cura su homilía y notó que la fiebre también le había empezado a remitir.
– ¿No ha pensado dedicarse a esto? -Le preguntó al hombre que había decidido dejarse el alzacuello puesto y que se había quedado pensativo mientras viajaban hasta la planta seis. Al llegar allí, se bajó.
– Voy a buscar a mi esposa. Si me encuentro con la … la otra, aprovecharé la magia que desprende este alzacuello para apaciguarlas y poner paz -y salió con el pecho hinchado por una confianza repentina.

Ramiro volvió a quedarse solo de nuevo. Pulsó el botón de parada y decidió tomarse dos minutos de respiro. Hoy estaba siendo un día duro y la fiebre no le ayudaba, aunque ya se sentía un poco mejor. Sin embargo, el olor a las dos señoras no terminaba de irse. Sacó un pequeño ambientador que solía guardar para ciertas ocasiones desagradables y refrescó el habitáculo. Se miró al espejo: estaba pálido. Se ajustó la chaqueta, suspiró y estiró la boca intentando encontrar la sonrisa. Pulso el botón y bajó a la salida. Al llegar, inspiró y, cuando estaba soltando el aire, se abrió la puerta y aparecieron las dos señoras otra vez.
– Es que se nos quedó una bolsa en la planta de Oportunidades.

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