FIRMAS Marisol Ayala

Casa Serafín: testigo del boom turístico. Por Marisol Ayala

En 1958 Serafín y Aurora, comenzaron a servir en un chamizo destartalado de Meloneras paellas y cazuelas que se hicieron famosas. Una leyenda gastronómica del sur grancanario que todavía sigue en marcha. Él compró una barquilla y salía de pesca; ella la cocinaba.

El comedor estaba a diez metros del mar y cuándo subía la marea los “guiris” perdían las chanclas “pero eso les hacía gracia”.

En un solo día preparaban hasta 200 paellas con 18 butsir, tres motores y 20 empleados. Tienen la Medalla al Mérito Turístico y trabajaron de sol a sol, pero se hicieron ricos.

El chamizo, la primera Casa Serafín

Observen con atención las fotos del reportaje e imaginen en que desierto de viento, arena y agua, a la orilla del mar, en Meloneras, Aurora González y Serafín Trujillo, su marido, comenzaron a servir comidas a turistas y canarios que transitaban esas playas en el año 1958; lo que ellos llamaban pomposamente “restaurante” no era más que un chamizo sin puertas donde además vivían y cuyas paellas y cazuelas de pescado eran muy celebradas. La actividad gastronómica del negocio se inició en el año 1958 cuando Meloneras y en general todo el sur grancanario era un desierto; con los años el ya restaurante sería distinguido en 1992 con la Medalla al Mérito Turístico por el gobierno canario. Para que el lector se haga una idea de lo que fue aquel negocio, su volumen de trabajo, basta decir que en los años sesenta y setenta Aurora y Serafín llegaron a vender en un solo día 200 paellas, con 18 cocinas butsir, un par de motores y 20 empleados que sabían de hostelería lo mismo que ellos, es decir, apenas nada. Pero lo hicieron. Todo era precariedad y ¿tipismo?, tal vez.

La cabaña, el chamizo con comedor instalado en la arena de Meloneras estaba tan cerca de la orilla, a diez o doce metros, que en más de una ocasión cuenta su hijo que al subir la marea “el agua entraba al local y algunos clientes perdían las chancletas” lo que provocada las risas. Se las llevaba el mar. El negocio no tenía secreto: Serafín salía con su barquilla de amanecida y lo vendía todo entre los bañistas; más tarde se unió a un amigo y entre ambos comenzaron a nutrir el restaurante familiar con lo que capturaban. El matrimonio compartía la necesidad de abrirse camino para darle estudios a su único hijo, Manolo Trujillo, 52 años, y trabajaban de sol a sol, y nunca mejor, porque el solajero estaba muy presente en sus vidas.

Aurora y Serafín, delante del negocio

Hay que explicar que la historia de Aurora y Serafín fue una historia de amor a primera vista: Aurora González nació en Segovia y la primera vez que pisó Gran Canaria fue en 1956 y lo hizo como señora de compañía de un matrimonio de la alta sociedad de Madrid. Los Barchilón, se llamaban. El señor Barchilón se dedicaba a los negocios, no tenían hijos y su mujer estaba impedida de manera que acabaron instalándose en Vegueta con la idea de pasar una temporada en la isla cuyo clima le venía muy bien y tenían la intención de dar la vuelta al mundo en barco. A la señora le gustaba el mar y la arena porque su calor le aliviaba la artritis. Eran amantes del mar de manera que un día llegaron los tres a Maspalomas con el fin de buscar un pescador que les llevara a dar un paseo por las aguas canarias. Esa excursión se repitió varias veces hasta que un día quiso el destino que un tal Serafín, pescador, fuera el guía que les acompañara. Aurora iba con ellos y tenía 26 años.

Pasó que cuando meses después los señores decidieron regresar a la Península surgió un problema que ambos, Aurora y Serafín, solucionaron en menos que canta un gallo: “Se habían enamorado y no querían separarse”, recuerda su hijo. Gran enfado del matrimonio peninsular pero finalmente comprendieron que pocas cosas tienen tanta fuerza como el amor. Los novios se quedaron en la isla y el matrimonio regresó a Madrid sin ella. El amor embarrancó en Meloneras y allí se quedó su ayudante, Aurora; los señores avisaron a la madre de la chica que se desplazó desde Madrid a la isla para vestirla de novia. De eso hace más de medio siglo.

“Mira, lo primero que hicieron mis padres cuando descubrieron en Meloneras un pequeño saladero de pescado, en la playa, fue pedirle permiso al entonces alcalde de San Bartolomé de Tirajana, Marcial Franco, que se lo concedió. Ése fue el principio de lo que sería durante 54 años Casa Serafín, eso…”.

Manuel dice que su madre, “era muy negociante, un lince. Ella fue la que vio que por aquí llegaban gente a bañarse, a tomar sol, en fin, personas “bien” de Las Palmas; turistas, amigos, médicos, empresarios, etc., que después del paseo por la playa no tenían ni donde tomar un vaso de agua y ahí vio un negocio”. Lista y emprendedora.

Serafín con un grupo de turistas

El matrimonio trabajó sin descanso y las paellas y las cazuelas de Aurora y Serafín se hicieron muy famosas. Por allí aparecieron también populares de televisión, artistas, escritores y hasta algún monarca cuya foto guarda Manuel con cariño porque tiene una curiosa dedicatoria. “Aquí todos pedían lo mismo: “El arroz de Serafín”. Cuenta que desde pequeño retiene en su memoria una escena que no olvidará jamás; “A mi madre casi de noche, sin amanecer, partiendo trozos de pollos para las paellas y así día tras día… ¡Uf!, trabajó un montón y todavía cuando viene por aquí si la dejan se mete en la cocina, pero ya no puede, no la dejamos”.

Actualmente el negocio lo defiende Manuel que saca fotos y fotos de la época y los recuerdos se le amontonan. Hoy Aurora, 82 años, está malucha y su hijo y nietas relatan su vida porque ella debe descansar. “Yo estoy bien, pero un poco cansada”, me dice, “pero mi hijo se lo contará todo”. La miman y la cuidan. Vive el descanso de la guerrera porque fueron años de durísimo trabajo.

Manuel delante de su negocio, actualmente

 

Serafín, su marido, murió hace unos años y Manuel mantiene intacto los recuerdos de su niñez, de playa, salitre, baños y juegos. “Yo viví con mis padres en Meloneras hasta que tuve que ir al colegio y me internaron en La Salle de Arucas. Solo venían los fines de semana porque es que aquí no había nada. Ni colegio, ni nada de nada y venir desde Las Palmas en guagua era un martirio de horas y horas. Playa, plataneras y tomateros, nada más; yo, un chiquillo, veía desde tempranito como los “guiris” iban llegando a la playa; veían la cabaña en Meloneras, se sentaban en una mesa, y pedían algo de comer porque venían muertos de hambre así que, poco a poco, mis padres se dieron cuenta que aquello era un negocio. Poco a poco fueron repitiéndose las visitas y llegó también gente de la isla y tal. La comida de mi madre fue un éxito”. La infancia de Manuel ha sido como una película; “en un principio la casa de comida funcionó como un club de playa donde todos los clientes se conocían ya que pertenecían al mismo círculo y volvían año tras año. Aquí, en esta casa, en el chamizo, en la cabaña, se han criado muchos chiquillos, niños que se quedaban a dormir, que jugaban, que vivían, éramos una familia. ”. Manuel muestra fotos de las fiestas, las juergas playeras, y el ambiente familiar que había entre mesa y mesa. Una de ellas, por muestra a padres jugando con sus niños en la orilla y al fondo, la cabaña. Casa Serafín.

Aurora González en la actualidad, en su fiesta de cumpleaños

Doña Aurora González tiene hoy 82 años y fue junto a su marido, ya fallecido, Serafín Trujillo, quienes se dejaron la vida en Meloneras. Fueron los primeros que vieron llegar el “boom” turístico y le pusieron mesa y mantel. En una maltrecha cabaña abrieron una modesta casa de comidas en plena playa. Él pescaba, ella hacia comidas. 200 paellas en una jornada. Tiene la Medalla al Mérito Turístico. Que menos.

La ley de Costas les cayó encima al matrimonio porque alguien se percató de que el negocio era demasiado atractivo para dejarlo en manos de gente modesta. Un pastel demasiado atractivo y años de litigio. Finalmente le autorizaron su instalación y hoy es de su propiedad. En la imagen la originaria ubicación de Casa Serafín.

En 1992 el gobierno de Canarias le concedió al matrimonio la Medalla de Plata por Méritos y en favor del turismo.

Doña Aurora recuerda que en los años sesenta llegaban a Meloneras turistas que venían caminando desde el Faro de Maspalomas por medio de los tomateros que se plantaban casi a la orilla de la playa. Les pedían de comer y de beber y ahí estaba ella.

Suecos, ingleses y alemanes. Esa fue su clientela principal que años tras años llegaban en busca de las cotizadas paellas, las cazuelas de Serafín y el sol y playa. Manuel, su hijo, guarda como oro en paño fotos dedicadas por autoridades.

Con sus manos, Aurora y Serafín, arreglaron la carretera de acceso a la playa para que los coches bajaran a la playa; no tenían agua de abasto ni tendido eléctrico. Trabajaron duro pero mereció la pena, porque, recuerda su hijo, “vivimos en un paraíso”.

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