El controlador. Por Irma Cervino
Carmela soñaba con ser Michelle Obama pero no era negra, así que se conformaba con apagar la luz, mirarse al espejo y repetir en un inglés casi perfecto, después de diez clases intensivas de Vaughan TV, ‘God bless America’, ‘God bless America’… A su marido no le importaban esas ”cosas” de su mujer pero no soportaba el susto que se pegaba cada mañana cuando entraba en el baño, encendía la luz y la encontraba con el pelo cardado, la bata color salmón abotonada a modo de traje y el ramito de siemprevivas del jarrón del pasillo, clavado en la pechera.
- ¡Carmela, por favor! Qué manía más tonta tienes.
- Oh, sorry darling.
- Déjate de hablar así; soy tu marido y no el Barak sino Fermín, ¿me ves? ¡Feeeermín!
Carmela no entendía porqué su marido subía el tono de voz cuando decía su nombre. Era obvio que aquella persona despelujada, recién salida de las sábanas y con aliento mañanero no era -ni por asomo- su “otro” marido. Su relación era una mezcla espesa de amor y odio. En realidad, se odiaban tanto como se querían y su mayor problema era que pasaban demasiado tiempo juntos. De hecho, nadie recordaba haberlos visto por separado desde el verano del 72 cuando, siendo unos adolescentes, se conocieron en unas vacaciones en la Costa del Silencio, al sur de la isla y ya nunca más se separaron. Juntos habían vivido buenos y malos momentos. El peor fue cuando Fermín se presentó a las oposiciones para controlador aéreo y no logró superar la prueba. Aquel fatídico día decidió quedarse encerrado para siempre; no volvió a salir a la calle ni a mirar al cielo. El sueño de su vida había quedado truncado pero una fuerza interior le empujaba a seguir luchando por aquel antojo que se apoderó de su mente cuando solo tenía seis años. Desde entonces, cada noche soñaba que era el mejor controlador de la torre del aeropuerto internacional John F. Kennedy de Nueva York. Todas las noches de su vida, sin fallar ni una, tenía ese sueño.
- Cariño, ¿por qué no enciendes la luz? Así te verías mejor y podrías practicar tu inglés de primera dama -se burló su marido, mientras se quitaba el pijama para meterse en la ducha.
- La verdad, no sé cuantas veces te lo he explicado Fermín pero, claro, tú nunca me escuchas cuando te digo que desearía ser como ella: guapa, elegante, simpática, y con ese don para hablar en público. Pero no soy negra. Ese es el problema. En fin… -suspiró- Por cierto, ¿qué tal tu sueño hoy? ¿Se arregló el problema que tuviste el martes con el 727? -le preguntó a su marido, mientras se acomodaba el pelo con dos pinzas y achicaba los ojos, como si al verse peor tuviera más oportunidad de parecerse a la mujer del presidente de los Estados Unidos.
- Bah!, el comandante no atendía a razones, así que tuve que darle cuatro órdenes bien dadas y corrigió su trayectoria. Esta noche sabré si el vuelo llegó en hora a Los Ángeles. Justo me desperté cuando alguien empezó a gritar ‘God bless América’ o alguna tontería de esas. Debió haber sido George que entraba de turno a esa hora pero me desvelé y ya no pude seguir durmiendo.
Carmela sabía que los sueños de su marido cada noche eran tan reales que sentía un afecto indescriptible por George, Richard y Burt los tres compañeros de trabajo en la torre del aeropuerto, a los que nunca conocería pues también sabía que no existían, al menos fuera de su sueño.
Mientras Fermín terminaba de ducharse, ella salió del baño, devolvió el ramito de flores secas al jarrón de cristal sobre el mueble del pasillo y fue a preparar la cafetera. De camino a la cocina, como hacía todos los días, encendió los cinco ordenadores que había en el salón.
La primera cafetera del día empezó a silbar y Fermín, vestido ya con su camisa blanca, corbata y pantalón azul marino y las zapatillas de dentro de casa llegó a tiempo para evitar que el café se derramara. “¡Carmela! Un día vas a quemar la casa”, le dijo a su mujer que, en ese momento, escuchaba la crónica que el corresponsal de la emisora en Estados Unidos estaba dando sobre el discurso que la primera dama, Michelle Obama, había pronunciado la tarde anterior en la apertura de la Convención Nacional Demócrata, en Carolina del Norte.
- Dicen que estuvo espectacular. Habla un inglés perfecto y la han aplaudido como si fuera la presidenta -le contó a su marido que no le estaba escuchando, a pesar de que movía la cabeza instintivamente y a Carmela le recordó al Elvis que llevaba su amiga Berta en el salpicadero del coche.
Después de tomarse el café y pan con mantequilla, Fermín le dio un beso a su mujer y se despidió. “Me voy a trabajar”. Salió al salón, echó un vistazo de pasada a los ordenadores y se sentó ante una mesa, presidida por una pantalla gigante y dieciocho televisores. Aquella era su torre. Desde allí, controlaba cualquier movimiento en el edificio: la puerta de entrada, las escaleras, el ascensor, el garaje, la azotea, la calle, y las ocho viviendas. A través de ellas, sabía qué estaba pasando en cada momento, en cualquier rincón del edificio y eso le daba sentido a su vida. Su mujer no estaba muy de acuerdo con aquel despliegue porque tenía el presentimiento de que era un poco ilegal pero reconocía que el sueño de su marido era ser controlador y, en cierto modo, aquello era lo más parecido que podía tener.
Fermín se pasaba horas y horas en la sala de control, vigilando las cámaras y tratando de que no se le escapara ningún detalle. La mañana de los lunes y la tarde de los viernes eran complicadas y solo en esas dos ocasiones o, cuando él la necesitaba, Carmela le echaba una mano, aunque siempre acababan igual: discutiendo. “Es que no estás en lo que estás”, le decía Fermín a su mujer, reacia a cambiar de pantalla cuando la historia le parecía interesante. “Es que Almudena está esperando que Paco se vaya a trabajar para llamar a su cuñada. Estoy segura de que le va a contar lo del hijo de Jerónimo”, se excusaba Carmela que también se enteraba de los entresijos de las vidas de sus vecinos cuando subía a la azotea a tender las sábanas y, de paso, tomaba un poco de sol en su empeño por convertirse en Michelle Obama.
En la última semana, Fermín había tenido que doblar turno varias veces, debido a la intensidad del trabajo. En el edificio, había serios problemas en casa de los Martínez porque habían tenido que acoger de nuevo a su hijo, después de que éste hubiera perdido su trabajo de camarero en un hotel de lujo. “Si es que ahí fuera no hay curro”, se excusaba el chico cada vez que su madre le sacaba de la cama. De mala gana se levantaba y caminaba hacia el sillón donde se apostaba para pasar el día allí tirado viendo la tele. Además, últimamente, había empezado a traer compañía extraña a la casa.
- Carmela, corre ven. Mira cómo se va a enfadar Maruca cuando vea las pintas de la chica que trajo su hijo anoche -gritó Fermín al tiempo que subía el volumen a la pantalla cinco que era la del piso de los Martínez. Ella siempre salía corriendo de donde quiera que estuviera y se sentaba a ver la escena, emocionada como si fuera la telenovela de las mañanas.
- ¡Jesús! La que se va a liar. Y no es para menos. Es que este chico no tiene perdón de Dios. Yo le daba dos cachetadas bien dadas y lo ponía en la calle -comentó Carmela que, sin embargo, parecía estar más interesada en lo que ocurría en casa de los Cruz, dos hermanos sesentones que vivían aterrorizados con la idea de que alguien entrara a robarles- Pobrecitos, qué lástima. Ayer me los encontré cuando venían de comprar y al abrirse la puerta del ascensor me apuntaron con el pan. Claro que, cuando se dieron cuenta de que era yo, lo bajaron. De todas formas era integral, así que no me hubieran hecho daño. Pincha la cuatro que quiero ver cómo están hoy -dijo ella algo ansiosa.
Así, de una cámara a otra, se pasaban el día, la tarde, la noche y algunas madrugadas. Conocían al dedillo qué ocurría en cada una de las casas, los problemas de cada familia y hasta su forma de pensar. En realidad, era como si vivieran con ellos. Por supuesto, nadie conocía la existencia de aquella inmensa torre de control que Fermín había montado en su propia casa y, si algún día llegaba a descubrirse, estaba seguro de que terminaría en la cárcel. Pero no podía evitarlo. Necesitaba demostrarse que él era un buen controlador, el mejor vigilante de lo que ocurría ahí fuera.
Extrañamente, la mañana estaba siendo tranquila. Después de comprobar que los hermanos Cruz, aun seguían durmiendo, Carmela estuvo un buen rato peleándose con la lavadora que se negaba a soltar agua. Luego puso un potaje de lentejas al fuego y comenzó su sesión diaria de oscurecimiento de la piel. Había leído en alguna revista que la zanahoria ayudaba al bronceado y se decidió a comer una cada cuatro horas.
En la sala, Fermín vigilaba el garaje, en la pantalla uno; a la señora que limpiaba la escalera, en la dos; al cartero que estaba subiendo en ese momento en el ascensor a casa de los hermanos Cruz, en la tres y, en la cuatro, la propia casa de los hermanos. “¿Qué demonios les irá a dejar el cartero a estos dos?”, se preguntó subiendo el volumen de la cuatro. No le gustaba nada ese tipo tan extraño.
- Carmela ven rápido. Creo que los Cruz se van a asustar, cuando les suene el timbre.
Con media zanahoria en la mano y la otra media en la boca, su mujer corrió hacia la sala y, a punto estuvo de tropezar con uno de los cables del ordenador central, pero medio segundo le sirvió para recordar su etapa infantil en el patio del colegio cuando saltaba a la soga y logró sortear la caída. Aun así, no evitó que uno de los trozos de la zanahoria fuera a parar debajo de la mesa. Fermín no entendía aquel insólito movimiento de su esposa y dedujo que sería algún baile típico de la mujer de Obama. “Está realmente obsesionada con el tema”, pensó moviendo la cabeza a lo Elvis.
- ¡Mira!, el cartero va a salir ya del ascensor. Esto es bastante raro. Ellos nunca reciben cartas de ningún tipo. Esto me huele mal -confesó Fermín, subiendo aun más el volumen y despistándose de la pantalla uno que, en ese mismo momento, mostraba cómo una furgoneta negra aguardaba fuera del garaje.
Los hermanos Cruz se habían quedado huérfanos hacía diez años tras la muerte inesperada de su madre, que con noventa años, seguía sirviéndoles la comida y haciéndoles la cama a sus hijos. Cuando regresaron a casa, la tarde del entierro, Simón y Camilo, tuvieron claro que no se acostumbrarían a vivir solos. Nunca más superaron el miedo de estar en aquella casa inmensa donde las camas no se habían vuelto a hacer y donde se comía a base de latas para no servir la mesa. Las ventanas siempre estaban cerradas y no era habitual que nadie fuera a visitarlos. El día que Fermín instaló la cámara cuatro en su vivienda tuvo que ingeniárselas para entrar en la casa sin que se percataran de sus intenciones. Les dijo que, como favor de vecino, venía a revisarles el gas porque había habido un pequeño escape en el edificio. Ellos se quedaron tan contentos que hasta le invitaron a una lata de cerveza que luego, vacía, le sirvió a Camilo para sembrar una judía que todavía adornaba una de las mesitas del salón.
- Que cartero tan feo -dijo Carmela al ver salir del ascensor a un hombre de cara avinagrada.
En la pantalla, Carmela y Fermín vieron cómo Simón abría la mitad de la puerta y preguntaba qué quería. El cartero le dio los buenos días y le dijo que necesitaba entrar para que le firmara unas cartas urgentes. El menor de los Cruz se puso tan nervioso que llamó a su hermano: “¡Camilo, Camilo! Ven, rápido. Tienes que firmar no sé qué”. Asustado por los gritos de su hermano, salió a ver qué ocurría. Al comprobar que era el cartero, se tranquilizó y le dejó entrar.
- Carmela, este hombre me da mala espina. No lleva cartera ni un bolso con las cartas. No le quites el ojo de encima -advirtió Fermín que estaba tan tenso como si en el radar hubiera descubierto que dos Jumbos se acercaban peligrosamente- Santo Dios, ¡Mira! la pantalla uno, esa furgoneta ¿qué hace ahí? Antes no estaba. Carmela no le quites ojo al tipo ese y dime qué está haciendo.
- Pues, está hablando con los hermanos. Ahora, se está metiendo la mano en el bolsillo y saca una cosa negra, creo… creo que es una pistola.
- ¡Qué! ¿Una pistola? -Fermín apartó a su mujer y pegó la cara a la pantalla para comprobar lo que le acababa de escuchar. Efectivamente, el cartero estaba apuntando a los Cruz con una pistola y algo cayó al suelo de golpe. Era Simón- Aguanten señores, aguanten -gritó Fermín mientras ordenó a Carmela que siguiera en la mesa de control mientras él subía a rescatar a los hermanos- Y vigila también la uno. Esa furgoneta debe ser la que está esperando para llevarse el botín.
- ¿Pero estás loco? ¿No ves que es un delincuente? Les querrá robar y tiene una pistola. Es mejor que llamemos a la policía.
- Carmela, no llegarán a tiempo y, además, mi trabajo es evitar que los Jumbos choquen en el aire -La pobre mujer no entendía nada de lo que le acababa de decir su marido pero decidió que lo mejor era hacerle caso. A través de la pantalla central, le vio subir las escaleras, llegar al cuarto piso, empujar con cuidado la puerta, entrar de puntillas a la vivienda, colocarse a la espalda del atracador y escuchar cómo Camilo le preguntaba al verle “¿Viene a revisar otra vez el gas?”
El hombre de la pistola se dio la vuelta y se encontró de frente con Fermín que, sin pensárselo dos veces, le asestó un golpe seco en la cara y se abalanzó sobre él, lo tiró al suelo, le pisó el brazo y logró quitarle el arma. Lo tenía controlado. Al otro lado de la cámara, Carmela se sentía negra por primera vez en su vida y, en realidad, casi lo estaba pues -de la tensión- había aguantado la respiración y estaba a punto de asfixiarse. Abrió la boca y se imaginó que era una bombona de submarinismo cuando todo el aire acumulado empezó a salirle por la boca. Pronto recuperó el color.
Dos pisos más arriba, los hermanos Cruz estaban impactados: uno por el golpe que se había dado al caer al suelo y el otro, porque era consciente de que si no hubiera aparecido su vecino, ambos estarían ahora muertos. Mirando al cuadro de la difunta que presidía la entrada de la vivienda y, donde años atrás había instalado la cámara, Fermín gritó: “Carmela, ahora sí, ya puedes llamar a la policía”.
Por primera vez en mucho tiempo, Camilo y Simón se sentaron esa noche a la mesa a cenar. Tras el susto por el intento fallido de robo, Carmela decidió subirles un plato de potaje a cada uno y ella misma se encargó de poner la mesa. Los hermanos parecían dos pollitos asustados y no hacían más que asentir con la cabeza a cada cosa que su vecina les decía.
- Ahora se acuestan tranquilitos y mañana mi marido les pone una puerta de doble seguridad. Esta noche haremos guardia, así que no tienen de qué preocuparse -se despidió con un beso en la cabeza a cada uno. “Seguro que Michelle habría hecho lo mismo”, pensó orgullosa de sí misma.
Pasada la medianoche, Fermín terminó su jornada laboral. Antes de irse a la cama, se asomó a darle las buenas noches al hijo de Maruca que, esa misma tarde y tras el incidente en casa de los Cruz, había quedado contratado por los propios vecinos como vigilante del edificio. Su madre no cabía en sí de gozo porque su hijo había encontrado de nuevo trabajo y sin salir de casa. El chico no parecía tan contento.
De camino a la habitación, Fermín revisó las cámaras y comprobó que todos estaban durmiendo ya. En el edificio no se escuchaba nada salvo el cansino masticar del chicle del hijo de Maruca, sentado en el escalón del portal. Sin hacer ruido, se puso el pijama, pasó por el baño y llegó a la cama derrotado. Había sido el día más apasionante desde que era controlador y estaba feliz. Había logrado evitar una catástrofe. Antes de quedarse dormido, se giró hacia su mujer y le pareció que Carmela tenía la piel negra. Debía ser la oscuridad.



























CONTROLAR…..CONTROLAR…………………..CREO Q EL TRABAJO DE CONTROLADOR AÉREO….ES UN TRABAJO PA MUJERES………Q FELICES SOMOS LOS HOMBRES….NO TENEMOS Q PINTARNOS LAS UÑAS, LOS LABIOS,,,Y A VECES NI NOS BAÑAMOS……..A NO SER Q T TRANQUE TU MUJER Y T DIGA.SI SALES ASÍ….YO NO T CONOZCO…..