FIRMAS Marisol Ayala

La última llamada de Bretón. Por Marisol Ayala

La mirada de José Bretón, un hombre pulcro, maníaco, ordenado, frío, es la mirada de un machango satisfecho porque ha logrado producir el mayor dolor posible a la persona que más odia, su mujer, la madre de Ruth y José, sus hijos. Matar a sus hijos, hacerlo con milimétrica venganza porque Ruth Ortiz decidió libremente acabar con la relación matrimonial era su objetivo. Este fin de semana el ciudadano Bretón ha ocupado decenas de espacios en medios de comunicación y eso, teniendo en cuenta que hablamos de un hombre acomplejado, de alguien son necesidad de notoriedad, pueblerino, lleno de complejos, con un físico repulsivo, debe tenerlo muy satisfecho de su fechoría. Esta rata mojada, el muy Bretón, debió creerse un héroe porque ha sido capaz de sortear durante diez meses a toda la policía española. De no haber sido por un golpe de suerte hubiera, incluso, subido al pódium de los campeones y hasta pedir indemnización por el daño que ha sufrido su imagen durante la búsqueda de los hijos a los cuales todo apunta que asesinó.

Gracias a esos reportajes sabemos que José Bretón no soporta que una mujer quiera dejarle y ya se ha encargado de decir que “fuera (de casa) soy un mierda, pero en mi casa mando yo” y otros discursos del mismo corte. De cuantas cosas he leído sobre el suceso me impone la frialdad de su última llamada. Bretón se la hace a su mujer con el fin de darle la última oportunidad de regresar al hogar y olvidar la separación o, de lo contrario, llegar hasta las últimas consecuencias su venganza guionizada.

He aquí el proceso del que hablo: Estamos en el 8 de octubre del 2011. Ese día, aun con los niños vivos, a las 13.48 Bretón llama a su mujer sin obtener respuesta: la policía piensa que es una última llamada, a partir de la cual desencadena los acontecimientos. Hay que tener en cuenta que desde las 10.46 de la mañana, Bretón tiene su teléfono apagado y que solo lo enciende dos veces: una para llamar a su mujer y otra, a las 16.15, para descargarse música. No sabía Ruth que tal vez de haber atendido esa llamada hubiera dado algunas horas más de vida a sus hijos. Sabe Dios como hubiera finalizado todo. Debía estar harta de llamadas con el mismo contenido y justo esa no la atendió. Lógico. Probablemente sea ese un dolor que acompañará de por vida a esta madre ejemplo de tenacidad. Vivir con un psicópata no debe ser fácil.

A Bretón los psicológicos lo perfilan como un hombre pulcro, maniático y ordenado. 39 años. Delgado, de baja estatura. Voz aflautada, casi afeminada. Es de los que apunta en papeles notas, las ideas que le rondan la cabeza a modo de recordatorio. Sus anotaciones son, sin embargo, desordenadas, lo mismo hace un apunte sobre asuntos de la separación (“me dice que (Ruth) será justa con el piso, si yo soy justo con la ayuda compensatoria”, “puede (Ruth) decir que mi familia pague porque tiene recursos”) que desbroza los sentimientos que le acosan: “Tal vez prefiero hacer daño antes de que me lo hagan”. En sus notas hay frases enigmáticas como “¿sería bueno desprenderme de las cosas que me recuerdan a ella?”. Y alguna tan concluyente como esta: “Soy mala persona”.

Resumiendo: que estamos ante uno de los sucesos más estremecedores de cuantos han ocurrido en España al que la sociedad europea asiste asombrada, temerosa por los errores policiales/científicos y estupefacta por la frialdad del detenido y el dolor de esa mujer que harta de acosos no atendió una llamada que finalmente multiplicaría por mil los deseos de venganza de Bretón que fue lo que le animó a encender el fuego. Tremendo. Ni el mejor ni más truculento guionista habría sido capaz de imaginar tanto terror. La realidad, una vez más, supera la ficción.

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