FIRMAS

La llave. Por Irma Cervino

Todo estaba listo. Cuando el reloj marcara las tres, arrancarían la furgoneta y comenzarían el trabajo. No parecía difícil. Don Anselmo era un hombre tranquilo y, a su edad, no opondría resistencia. Además, a esa hora, siempre dormía la siesta y no se enteraría de nada. Para Chano, esta era la primera vez que participaba en un robo y llevaba dos días sin comer. Sentía como si una veintena de caballos fueran al galope entre su pecho y su estómago.

-¿Ya son las tres? -preguntó nervioso sin quitar la vista del volante.

– Todavía quedan tres minutos. Tranquilo tío -respondió Goyo que estaba acostumbrado a realizar trabajos de este tipo.

La alarma del reloj sonó y los caballos de Chano frenaron en seco obligándole a abrir la boca para tragar aire, pues a punto estuvo de morir del susto cuando por fin fueron las tres en punto.

– ¡Arranca! -le gritó Goyo, mientras estiraba el pie derecho como si el acelerador de la furgoneta estuviera en el lado del copiloto.

Empapado en sudor, Chano giró la llave en el contacto y el motor arrancó sin problema. Ahora solo era cuestión de diez minutos y llegarían a casa del viejo. Con suerte, estaría durmiendo plácidamente la siesta y, antes de las tres y media, habrían conseguido el ansiado botín.

Chano paró la furgoneta justo delante de la puerta. Era una vivienda de tres pisos pero el resto de inquilinos no suponían un problema. Doña Esmeralda, la del tercero, estaba sorda y se pasaba el día viendo la tele. Era una fanática del cine mudo y solía contar la historia de que su prima Rita había hecho un cameo en una de las películas de Charles Chaplin. En el segundo vivía don Luciano, un inspector de hacienda retirado del que las malas lenguas decían que, antes de jubilarse, se había llevado un archivo entero de recibos que seguía revisando en casa en busca de algún fraude.

– Venga, vamos. No podemos perder ni un segundo. Todo está cronometrado. En doce minutos es posible que el viejo se levante al baño -recordó Goyo, ya en el portal del edificio, mientras se colocaba un pasamontañas verde. -Ponte el tuyo -le susurró a Chano.

– Creo que se me quedó en la furgoneta -dijo avergonzado y temeroso de que su compañero le diera un manotazo en la cabeza como siempre hacía cuando se enfadaba con él.

– ¿Tú estás tonto o qué? -y le dio el golpe. – No podemos perder tiempo. Si el viejo se despierta agacha la cabeza y trata de que no te vea la cara. Es que, es que… venga, ¡sube!

A los caballos galopantes se le unieron ahora cocodrilos con la boca abierta. Temeroso de que fueran a romperle la piel, Chano se agarró fuertemente el pecho mientras subía los escalones hacia el primer piso. Su compañero fue el encargado de abrir la puerta. Era un experto y no tardó ni dos minutos. Dentro, todo estaba en silencio. Solo se escuchaba el tic, tac del reloj de madera sobre el mueble de la entrada y, a lo lejos, la respiración de don Anselmo. Apretándose cada vez más el pecho, hasta hacerse daño, Chano temía que también pudiera escucharse la jauría animal que llevaba dentro.

 

 

Durante tres minutos, registraron por todas partes en busca del baúl de madera donde sabían que el viejo guardaba la llave de la caja fuerte. No había sido difícil averiguarlo, después de una noche de “amor” con Lourditas, la chica que todos los jueves iba a casa de don Anselmo a plancharle las camisas. Goyo fue el encargado de la misión dos semanas antes. “Bah, ni se enteró de que me lo estaba diciendo”, le contó a Chano al día siguiente.

A los tres minutos y doce segundos encontraron el baúl pero la llave no estaba dentro. Chano imagino la cara de cabreo de su compañero a tenor de las arrugas que se le habían formado en el pasamontañas. La cosa empezaba a complicarse y eso no lo tenían previsto.
Goyo enfiló el pasillo y se dirigió a la habitación de don Anselmo. Pensó que igual dormía con la llave debajo de la almohada. A esas edades la desconfianza es su mayor aliada.
Desde la puerta, descubrió su cuerpo tendido sobre la cama, de lado hacia la ventana, con lo que no podían verle la cara. Debía tener la boca abierta porque estaba roncando tan fuerte que Chano pensó que se había escapado uno de sus cocodrilos.

– Voy a mirar debajo de la almohada -le susurró Goyo. -Vigila que no se despierte, mientras yo meto la mano.

La escena era digna de una de las películas mudas de Charles Chaplin, aunque faltaba Rita, la prima actriz de doña Esmeralda que, de haber entrado en la habitación, se hubiera desmayado al instante.

Goyo tenía la mano debajo de la almohada y Chano se asomaba desde la espalda de don Anselmo intentando controlar cualquier pequeño movimiento que delatara que sus ojos iban a abrirse. La cabeza del hombre dormido impedía seguir registrando la otra mitad de la almohada y Goyo le hizo indicaciones a su compañero -con la cabeza y la mano libre- para que intentara empujar el cuerpo hacia el interior de la cama.
“Dios mío, eso es imposible”, pensó Chano que tenía claro que el viejo se iba a despertar en cuanto le tocara. Aun así, hizo lo que le ordenó. El ronquido se transformó en rugido y, al sentir algo sobre su espalda, el hombre se desveló, se dio la vuelta, abrió los ojos y vio a los dos hombres, de pie, junto a su cama.

– Pero ¿qué es esto? ¿qué hacen aquí? Fuera, fuera -gritó.

Chano se quedó petrificado y ni siquiera se acordó de taparse la cara. Se quedó mirando fijamente al anciano que se revolvía como un insecto tratando de levantarse y pensó que los caballos y cocodrilos de su pecho se le habían comido el corazón porque no sentía nada. Goyo, debajo del pasamontañas, juraba en todos los idiomas pero, sin pensárselo dos veces, juntó las manos e hizo un gesto reverente con la cabeza.

– Bienvenido a la muerte don Anselmo. Ha llegado su hora. Ha sido durmiendo y aquí estamos para acompañarle en su viaje para encontrarse con el Señor.

– ¿Qué… qué está diciendo? Yo no estoy muerto. Esta es mi casa y no sé quiénes son ustedes. ¡Fuera de aquí!

– No se preocupe. Es comprensible que esté asustado. Al principio es así. Uno sigue creyendo que está vivo y le parece que todo es igual que el último sitio donde estuvo pero no es más que el recuerdo vital. Hemos venido para hacerle el camino más sencillo -dijo Goyo volviendo a bajar la cabeza con un gesto reverencial. Chano no podía creerse lo que estaba escuchando. El viejo los había descubierto y su compañero de robo le estaba haciendo creer que él estaba muerto y que ellos habían venido para llevárselo al cielo.

– ¿Y por que no puedo ver su cara? ¿Por qué lleva eso en la cabeza? ¿Cómo sé que estoy muerto? -preguntó don Anselmo.

– Está muerto porque tiene edad para estarlo -le explicó Goyo. Todos nos resistimos a creer que morimos pero, tarde o temprano, nos llega el momento. Y el suyo ha sido hoy.

– ¿Y eso que lleva en la cabeza? -insistió.

– ¿Esto? Ah, sí, cu… cu.. cuando lleguemos al paraíso podrá verme el rostro. Durante la ascensión, hay varios niveles y el Señor es quién decide si usted ha pasado la prueba y puede mirarme a la cara. Yo soy quien le dará el descanso eterno.

Don Anselmo se sentía aturdido. Entre el sueño que aun tenía -solía dormir cincuenta minutos y se había despertado veinte antes- y la confusión de ver a aquellos dos hombres junto a su cama, no sabía si realmente estaba vivo, muerto o había perdido la cabeza.

– Pero yo no estaba enfermo. ¿Por qué me he muerto? ¿Eh? ¿Por qué? -preguntó.

Goyo volvió a juntar las manos, miró a Chano y bajó la cabeza como diciendo: “contesta tú”.

– Ve…verá señor, a sus noventa años, es normal que le falle el corazón. Y eso fue lo que pasó. Mientras dormía, se le paró y… y…. y bueno, aquí nos tiene. Ya le dijo Chan… ya le dijo mi compañero celestial que hemos venido a ayudarle en la ascensión.

– Así es. Ahora tendrá que esperar unos minutos mientras nosotros vamos a buscar un par de cosas que necesitamos para llevarle al paraíso. No debe levantarse de la cama porque, aunque piense que puede, ahora es un cuerpo etéreo, sin fuerzas – le dijo Chano, mientras seguía rebuscando debajo de la almohada. Ni rastro de la llave.

Don Anselmo, se miraba las manos acercándoselas a la nariz; trataba de comprobar que seguía siendo de carne y hueso pero empezaba a creer que era verdad que estaba muerto pues se veía borroso. No se daba cuenta de que no tenía las gafas puestas.

– Quédese ahí hasta hasta que su alma acepte la nueva realidad. No piense en nada. Deje la mente en blanco y en unos minutos saldremos hacia arriba -le explicó Goyo.

– Lo que ustedes digan -aceptó el pobre hombre que, dada la absurda situación, empezaba a creer que era verdad que había muerto-. Solo les pido una cosa. No tengo a nadie a quien dejar mi fortuna y como no esperaba morirme así de improviso no tuve tiempo de arreglar mi testamento y no quiero que ningún aprovechado se quede con todo.

Mientras hablaba, don Anselmo empezó a desabrocharse la camisa del pijama, agarró una cadena que tenía al cuello y arrancó algo.

– ¡La llave! -masculló Goyo debajo del pasamontañas.

Ante la atónita mirada de los dos ladrones convertidos en santos, el falso muerto cogió la diminuta llave y, llevándosela a la boca, se la tragó.

– Quiero que me entierren con ella -dijo resignado y se recostó sobre la cama esperando su marcha definitiva.

– ¡Será …! – dijo Goyo mordiendo cada palabra para que no le escuchara-. Nos ha fastidiado el robo. Ahora no podremos abrir la maldita caja.

– Pues tendremos que llevarnos al viejo y encerrarlo hasta que eche la llave -apuntó Chano.

– Eres imbécil o te haces. A su edad, pueden pasar hasta tres o cuatro días sin que vaya al baño. Lo que tenemos que hacer es largarnos de aquí antes de que se de cuenta de que no está muerto. Nos ha fastiado el plan. ¡Estúpido viejo este! -y salieron corriendo escaleras abajo hasta llegar a la furgoneta. Goyo empujó a Chano y cogió el volante. “Conduzco yo”, le dijo con desprecio y, en menos de dos minutos, desaparecieron en la lejanía.

 

 

Don Anselmo permaneció en la cama, sin moverse, esperando a que aquellos dos extraños hombres vinieran a llevárselo. Pero nunca más volvieron. Tres días después, la puerta de la habitación se abrió y entró Lourditas, la chica de la plancha. Al ver al hombre inmóvil sobre la cama, se acercó y empezó a sacudirle por los hombros.

– ¡Dios mío! Responda, dígame algo, por favor. ¡Despierte!

El hombre, tendido boca arriba, apenas abrió los ojos, miró de reojo y, sin mover la cabeza, le dijo: “No me agites tanto. ¿No ves que estoy muerto? Ya no hace falta que me planches las camisas”.

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