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La visión de un sueño: Gene Kelly. Por Eduardo García Rojas

Crecí con la televisión en blanco y negro. Una televisión además con un solo canal pero en la que se cuidaba con mimo y mucho esmero su programación cinematográfica.

Crecí imitando junto a los míos a Alfonso Sánchez, que fue el primer crítico de cine del que tuve conocimiento y al que nos gustaba escuchar no por lo que decía sino cómo lo decía.

La pepepelícula que vavavamos a ver….

Aquel hombre, con pinta de simpático abuelete, siempre cigarrillo en mano, tenía un tartamudeo especial que hacía que dijera lo que dijera, invitaba a pensar que lo que íbamos a ver tenía que resultar rematadamente bueno.

Crecí también con José Luis Balbín y su mítico espacio La clave, donde tras la película, se suscitaba un apasionado debate en el que los contertulios además de fumar como chimeneas bebían y bebían lo que, sospechaba mi padre, tenía que resultar un excelente escocés.

En aquella televisión en blanco y negro se exhibían además ciclos dedicados a grandes directores.

Gracias a estos ciclos me acostumbré a ver buen cine.

Y a deslumbrarme con películas que poco o nada podían decirle, presuntamente, a un tierno infante que solo soñaba con un muñeco de Batman. Pienso en Stromboli (Roberto Rossellini, 1950) o En un lugar solitario (Nicholas Ray, 1950), entre otras grandes cintas que vistas en la pequeña pantalla forjaron de alguna manera mi temple como espectador.

Gracias a aquella caja que para nada era tonta e inmune a las patologías que hoy disemina ese rosa podrido que reivindica la prensa del corazón, descubrí a un cómico con el que aprendí a reírme bastante, Eddie Cantor, y a desear bailar con la elegancia de Fred Astaire check to check con Ginger Rogers

Cuando llegó el color a la televisión no recuerdo con tanta emocionada devoción la labor de aprendizaje que sí percibí y aún percibo de cuando se mostraban las cosas en blanco y negro.

Es  verdad que de tanto en tanto descubría algunas cosas nuevas, que atrapaban mi nerviosa capacidad de atención de adolescente, pero se había perdido algo de la magia original.

Cosas de la edad del pavo, supongo. Porque recuerdo con simpatía las memeces de la serie Carry on; alguna película de ciencia ficción, curiosamente en blanco y negro como La humanidad en peligro (Gordon Douglas, 1954) y El increíble hombre menguante (Jack Arnold, 1957), que todavía veo y que todavía me asombran por razones varias.

La primera de ellas  porque cuenta con uno de los inicios más inquietantes de la historia del género, con esa niña en estado de shock caminando por una carretera. La segunda porque me enseñó a entender la grandeza del infinito… Donde lo grande es pequeño y lo pequeño es grande.

El cine, en definitiva, se convirtió en un compañero con el que pasaba el tiempo y me enseñaba que, en contra de lo que anunciaba ese pequeño clásico en la cinematografía de Juan Antonio Bardem que es Nunca pasa nada, sí que podían pasar si te dejabas abducir por aquellas películas en las que la ecuación entretenimiento y mensaje alteraba tu forma de ver y entender el mundo.

Un mundo chiquito de provincias encerrado por todos los lados por las aguas del mar, pero que gracias al cine te hacía ir más allá de las fronteras insulares en las que te sentías –y te sientes– encadenado.

Gracias al cine, los libros, los cómics, la música empecé a darme cuenta de lo relativamente sencillo que resultaba fabricarme unas alas para evitar la penosa realidad en la que me encontraba –y me encuentro– convirtiéndome a partir de entonces en una especie de yonqui al que le gusta alcanzar sus nirvana  mientras le cuentan historias.

Este y no otro es el objeto de este post.

El relato de una enfermiza pasión que me devora por dentro y que hoy me obliga a escribir estas líneas en señal de agradecimiento, y van, en torno a un actor y director que tanto contribuyó a hacerme feliz y a que hiciera locas cabriolas llamado Gene Kelly, de quien se celebra hoy el centenario de su nacimiento.

Gracias a Kelly no de he dejado de cantar y hacer el payaso cuando cae la lluvia. De querer enamorarme en París y de creerme a pies y juntillas aquello de todos para unos, uno para todos, de Los tres mosqueteros en la que, probablemente, sea la mejor adaptación al cine de la inmortal novela de Alejandro Dumas (1).

Gracias primero a Astaire pero más tarde también a Kelly siempre quise bailar claqué. Y si bien hoy bailo claqué, digamos que fui mal alumno de tan venerables maestros.

Cosa curiosa, aún saco las uñas y me pongo bravo cuando comparan a los dos.

No se han dado cuenta que sus estilos no tenían nada que ver. Y que a su manera, ambos fueron avanzados de un tiempo que quiero pensar no ha sido aplastado por el peso de la Historia.

Astaire encarnó la refinada elegancia de una danza vestido casi siempre con su impecable frac y sombrero de copa.

Kelly socializó la coreografía.

Primero como marinero en Levando anclas (donde baila con el ratón Jerry, ¡¡¡el gato Tom estaba durmiendo la siesta!!!), más tarde en la deliciosa El pirata, Un día en Nueva York, una de las mejores tarjetas turísticas que se han rodado de la ciudad de los rascacielos, y en la hechizante, expresionista Un americano en París.

Después vino Bailando bajo la lluvia.

Y Kelly se hizo un clásico.

Un clásico que se atrevió con casi todo.

Ved Brigadoon (Vincente Minnelli, 1954), su último gran musical.

Ved a Kelly y a la extraordinaria Cyd Charisse danzando en ese pueblo mágico que aparece un día después de cien años y que yo, desde entonces, ando buscando…

¿Fue Xanadú un pecado?

No, solo la visión de un sueño.

(1) Los

Saludos, Hello, Dolly!, desde este lado del ordenador.

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