FIRMAS Marisol Ayala

Un nudo en la garganta. Por Marisol Ayala

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El día 20 de agosto del 2008 a eso de las 14.00 me quedé prácticamente sola en la redacción; un compañero de sucesos y otro de deporte. Poco más. Pero cada uno en distintas zonas de la redacción. De pronto uno de ellos, el que más cerca estaba, desde su asiento, sin darle mayor importancia, dice en voz alta “…oye un avión se cayó en Barajas…parece que no hay víctimas”. A los pocos minutos entré en Internet y observé con estupor que aquello de “parece que no hay víctimas” se venía abajo: ya eran seis, siete, ocho, nueve, los fallecidos…“. El avión tenía como destino Gran Canaria”, comentó el compañero. Y en ese momento, como activada por un resorte, me ofrezco para ir al aeropuerto de Gran Canaria. Si el avión tenía como destino la isla la noticia estaba allí: “Vale, vale, vete y vas llamándonos”. Fernando Ojeda, compañero gráfico, sabe bien que cuando llegamos al aeropuerto lo hicimos a la vez y con la misma interrogación en la cara; “¿Qué ha pasado…?”. Antes, en el trayecto hasta el aeropuerto, el taxista tenía la radio encendida y la cifra de fallecidos aumentaba a velocidad del vértigo. Todo era miedo, desconcierto y terror. Ya en el aeropuerto recuerdo -y no sabe ella cómo lamento no poder sentarme un día y decirle el dolor que me produjo su desasosiego- a Laly, la madre de Rayco, que hasta ese momento no sabía que su hijo estaba entre las víctimas. Recuerdo también con nitidez como la mujer en su desesperación me mostró un sms de su hijo escrito desde el avión: “Ya estamos dentro de avión, mamá”. Amigos comunes me cuentan hoy que Laly ha enviudado hace unos meses, de manera que llamarla en estos días me ha parecido una falta de respeto.

No me pregunten cómo pero en menos de diez minutos el aeropuerto de Gran Canaria se llenó de cámaras, periodistas, llantos, una actividad trágica. Los familiares iban llegando al recinto para recoger a los que venían de Madrid; algunos desconocían lo ocurrido pero otros ya habían escuchado por la radio que un avión procedente de Madrid había sufrido un accidente.

Una lleva en esta profesión muchos años pero la jornada de aquel 20 de agosto de hace cuatro años ha sido una de las más duras que he vivido. Recuerdo, por ejemplo, a la abuela de Marcos, Carmen, que buscaba desolada a su nieto. Lloraba sin aspavientos porque sus hijos no querían verla sufrir. “Mi nieto se llama Marcos, ¿sabe usted algo de él…?”, preguntaba desesperada. Su imagen, sus lágrimas y su dolor nos conmovió a todos.

Silencio y lágrimas. Las salas que las autoridades habilitaron en el aeropuerto de Gran Canaria para facilitar la intimidad en el dolor eran un trajín de entradas y salidas. Apenas se escuchaban voces. Sólo gemidos y llantos. La imagen, aquel día, del padre de Patricia Morillo sigue viva en mi retina. Rafael entró en la sala como una exhalación. Rafa se había enterado del accidente por un amigo en la oficina pero en ése momento no sabía que su hija iba en ese vuelo. Más tarde saltó de la silla: “¡Patri venía hoy, Dios mío…!”. Uno de los titulares del día siguiente  fue el suyo: “Esto pinta mal. Si mi niña venía en ese avión está entre las víctimas”.

Una mujer holandesa, madre de dos hijos canarios, creía que los chicos estaban entre las víctimas. Los pequeños de 13 y 14 procedían de Alemania y en Madrid decidieron enlazar con otro vuelo a la Isla. Lilit llegó aquel 20 de agosto del 2008 al aeropuerto de Gran Canaria a eso de las cuatro de la tarde. Entró llorosa y salió riendo y llorando, pero de incontenible alegría. Sus dos hijos, de 13 y 14 años, tenían previsto volar desde Alemania donde estudiaban, hasta Madrid, y desde allí a Gran Canaria. “Creía que venían en el avión que se estrelló; cuando escuché la noticia me volví loca. Vine al aeropuerto a buscar dos cadáveres, los de mis niños, y al final, ¡gracias, gracias, están vivos!”. Cambiaron de avión, cogieron otro vuelo y se salvaron. Lloraba y reía al mismo tiempo. Recuerdo que ella y su pareja compartían alegría y lágrimas delante de la prensa que también se emocionaba: “Ha sido duro compartir la sala de espera con familias a las que le iban a dar malas noticias y decirnos a nosotros que nuestros hijos estaban bien… Es duro y triste”. Termino diciéndoles que al día siguiente personalmente me sentí orgullosa de mis compañeros por el respeto con el que se trató la horrible tragedia. Era muy fácil echar mierda y vender morbo pero cuando escribes con un nudo en la garganta lo que deseas es terminar e irte para que nadie vea como te derrumbas.

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