FIRMAS Juan Velarde

Los puentes de Rajoy. Por Juan Velarde

¿Cuál es el valor de las promesas de Mariano Rajoy? Atendiendo a lo que proponía sobre los festivos entre semana para pasarlos bien al lunes o al viernes y ver luego como el propio presidente es incapaz de incumplirlo, está claro que los anuncios que se nos hagan desde el Palacio de la Moncloa es para ponerlos en cuarentena e incluso en cincuentena. Y es que no se puede salir antes de las elecciones y durante el discurso de investidura a proclamar a bombo y platillo que España tiene que ser competitiva y una de las formas para lograrlo es que se acaben con esos puentes que revientan la productividad de toda una semana y a las primeras de cambio, con el recién pasado día de la Virgen, el 15 de agosto de 2012, sea el inquilino monclovita el primero en echarse a la bartola en Doñana.

Luego nos sorprende que desde la estricta Unión Europea nos pongan mil y un reparos a la hora de que confíen en nosotros. Pero, ¿cómo van a depositar su confianza en España si están viendo que nos preocupa más poder enlazar fiestas y fines de semana que en quemarnos las pestañas trabajando? Los europeos no entienden a qué viene tanto jolgorio, tanta fanfarria y feria de las vanidades cuando estamos con una prima de riesgo considerable, con un país que frisa los 6.000.000 de desempleados y cuando son muchas las familias que no tienen acceso, siquiera, a un mísero trozo de pan que poder llevarse a la boca.

Desde luego, el señor Rajoy se ha transmutado en uno de estos sindicalistas al uso, el Méndez o el Toxo de turno, que sólo viven por y para la fiesta. Aquí no se está dispuesto a hacer el más mínimo sacrificio laboral por parte de nuestros políticos. Ellos tienen un perfecto plan por el cual le piden más productividad a los ciudadanos al menor coste posible, pero luego esos políticos son los primeros en beneficiarse de las ‘bondades’ de un calendario que permite hacer puentes e incluso acueductos.

Hoy en día, tal y como están las cosas, nadie renegaría por tener un empleo, aunque éste conlleve percibir menos de lo que en realidad se correspondería por las horas que se le echan al mismo, pero lo que no casa y lo que no tiene lógica es que desde la cúspide de este país emanen normas que luego sólo cumplen los pringadillos de turnos. Y los empresarios, desde luego, clamando al cielo porque la tan cacareada promesa de evitar las fiestas entre semana para que así la productividad no se resintiera, se ha ido al limbo. Como tantas otras cosas.

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