FIRMAS

La lucha. Por Irma Cervino

La mosca se posó al lado de una gota de sudor que empezaba a resbalar y a punto estuvo de morir aplastada cuando Mauricio estampó el dorso de su mano contra la frente para secársela. Hacía un calor agobiante y el ventilador apenas daba avío para refrescar aquella oficina llena de papeles y ruidos de teclas que bajaban y subían con el golpeteo apresurado de los dedos de los cinco empleados.

Después del susto, la aturdida mosca se posó en el reloj de Damián, uno de los más veteranos de la empresa y, de haber tenido corazón, hubiera sufrido un infarto pues, al dar las cinco, sonó la alarma y salió despavorida hacia el escote de Marisol que ese mismo día había estrenado perfume nuevo.

– ¡Las cinco! La hora de la libertad. Señoras y señores, con todos ustedes, ¡las vacaciones! Recojan que nos vamos- gritó Esteban lanzando la carpeta de “asuntos pendientes” hacia el techo, justo en el momento en que pasaba la pequeña mosca que huía borracha de la piel de la mujer. La carpeta cayó al suelo y, pegada como si fuera otro punto de la “i” de “pendientes”, la mosca se quedo atontada.

Marisol, Damián, Esteban y Gloria apagaron sus ordenadores, empujaron sus sillas y se dirigieron hacia la puerta comentando lo que harían en sus vacaciones. Sentado en su mesa, Mauricio continuaba con una mano sobre el teclado y la otra secándose una nueva gota de sudor, antes de que empezara a rodarle por la frente.

– Mauricio, vamos que aquí cierran. ¡Estamos de vacaciones! Lo que tengas pendiente lo harás a la vuelta. Vamos hombre, levántate de ahí -le apremió Esteban -en un mes estarás aquí de nuevo.

Las últimas palabras se perdieron entre los gritos y el alboroto del resto de empleados, con lo que Mauricio sintió un ligero alivio pues no quería oír hablar de vacaciones. Deseaba que se fueran y le dejaran en paz con su trabajo.

– Bueno, te esperamos abajo en el bar para tomarnos la última cerveza. No tardes. -le dijo Damián-. Si no bajas en diez minutos, enviamos a la policía, jajajaja.

 

 

Cuando todos se marcharon, la oficina quedó en silencio. Solo se escuchaba el runrún de las aspas del viejo ventilador y el zumbido intermitente de la mosca que consiguió despegarse de la carpeta y llegar hasta el vano de la puerta donde terminó aplastada bajo la mano de don Ramón, el director de la empresa. Cada tarde, cuando ya se habían marchado los empleados, tenía la costumbre de revisar uno por uno todos los ordenadores para cerciorarse de que habían quedado apagados.

– Mauricio, ¿qué hace todavía por aquí? Ya terminó su jornada y, además, hoy empiezan las vacaciones. Cerramos hasta dentro de un mes. -le recordó el hombre que, hacía más de cuarenta años, había fundado aquella compañía.

– Sí, don Ramón, lo sé pero yo no me quiero ir de vacaciones. Yo me quedo. -le respondió casi sin levantar la vista del ordenador.

– ¡Pero qué dice, hombre! Aquí cerramos y todos nos vamos de vacaciones. Venga, levántese. -insistió.

– No, no me iré de aquí. No quiero vacaciones.

Don Ramón no entendía qué tontería era aquella de no querer vacaciones. Hacía tres años, los cinco empleados habían montado una pequeña revuelta para reclamar más días de descanso al año y él tuvo que terminar cediendo. Ahora, ¿uno de ellos estaba renunciando a sus vacaciones? No podía creerlo.

– A ver Mauricio, ¿cuál es el problema? ¿No tiene a dónde ir? Véngase conmigo a El Hierro. Tengo unos amigos allí que me han invitado a pasar unos días. -le propuso.

– Se lo agradezco don Ramón pero no puedo aceptarlo. Quiero trabajar. Nada más. No quiero vacaciones. No las necesito.

– Pues tendrá que cogerlas como el resto de sus compañeros. La empresa queda cerrada y no voy a permitir que haya gastos porque usted no quiera descansar. Apague de una vez el ordenador. -le gritó.

Mauricio no se inmutó y siguió trabajando. Don Ramón se estaba empezando a enfadar y, justo en ese momento, se dio cuenta de que tenía una mosca aplastada en la palma de la mano. Sacó el pañuelo del bolsillo y cuando iba a limpiarla, salió volando a trompicones. En ese momento, el ascensor se abrió y de él salieron Damián y Gloria que venían en busca de su compañero.

– Buenas tardes don Ramón, dijo Gloria, que siempre se había sentido atraída por su jefe y deseaba que hubiera sido el padre de sus dos hijos en lugar de su marido, un aburrido repartidor de butano.

– ¿Todavía estás aquí? -le recriminó Damián que le agarró del brazo y trató de levantarle de la silla.

Mauricio se encaró a su compañero y le gritó que le dejara en paz. Del susto, Gloria abrió tanto los ojos que las pestañas se le quedaron pegadas al párpado por culpa del rimel y tuvo que sacar el espejito del bolso temiendo que don Ramón pudiera verla en ese estado.

– Este hombre está loco. -apuntó el jefe-. No responde a razones. Inténtelo usted Gloria.

– ¿Yo? -preguntó la mujer que trataba de arreglarse el desaguisado que le había ocasionado el susto. Con un ojo en el espejito y el otro en su compañero, Gloria intentó calmarlo y aconsejarle que apagara el ordenador y se fuera a casa, que el mes se pasaría rápido y pronto estarían de vuelta en el trabajo.

De nada sirvieron las palabras apaciguadoras pronunciadas sin parpadear -las pestañas de Gloria seguían pegadas y sus ojos empezaban a secarse con lo que salió corriendo hacia el baño. Don Ramón pensó que la actitud de Mauricio había ofendido a la mujer y se puso hecho una furia.

-¡Se acabó! Damián, llame a la policía.

– ¿A la policía jefe?

– Sí. Haga lo que le he dicho.

Lejos de asustar al atrincherado, la amenaza le encolerizó aun más y Mauricio cogió la silla, la empuñó como una espada y empezó a gritar:

¡Atrás, atrás! Si llaman a la policía me detendrán pero porque antes habré cometido un delito. Así que les advierto, déjenme en paz.

Gloria que regresaba del baño, parpadeando como un abanico, se encontró con la escena y solo se le ocurrió decir: “Vaya, qué bien. Ya se levantó de la silla. Ha entrado en razón”. Ajena a lo que estaba pasando, se acercó a Mauricio para darle un abrazo y éste la agarró por la cintura y le dio una vuelta hasta que se le quedó pegada al pecho.

 

 

– Si viene la policía, no respondo. -amenazó.

Gloria volvió a abrir los ojos, impactada por el nuevo susto pero esta vez controló la frenada y a dos milésimas de milímetro de los párpados detuvo las pestañas.

– Por favor, ayúdenme. Va a matarme. Está loco. Don Ramón por lo que más quiera no llame a la policía hasta que me suelte -gritó atemorizada pero, al mismo tiempo, con cierto orgullo de haber conseguido frenar el desastre que podía haber ocasionado de nuevo el rimel contra sus párpados.

Don Ramón y Damián se quedaron paralizados. No se esperaban que Mauricio llegara a tanto. Estaba fuera de sí y no sabían si cumpliría su amenaza. Por si acaso, Damián intentó retomar el diálogo. La única escapatoria era que Esteban y Marisol, extrañados por la tardanza, subieran a buscarlos y, al escuchar los gritos, llamaran a la policía sin que el “secuestrador” se diera cuenta.

Y, a veces, las cosas ocurren como uno desea. Así, inquietos por que sus compañeros no bajaban, Marisol y Esteban decidieron ir a buscarlos. Pero no siempre todo ocurre como uno desea. Al oír los gritos corrieron hacia la oficina y ni se les pasó por la cabeza llamar a la policía. Al llegar vieron la escena dantesca de Mauricio aprisionando a Gloria con uno de sus brazos y empuñando la silla como un arma arrojadiza con el otro.

– ¡Santo cielo! -exclamó Marisol- ¿Qué es esto? ¿A qué están jugando?

– ¡No hagan nada! -gritó Damián. Está loco. Hay que tranquilizarlo.

Los tres empleados y don Ramón parecían tres visitantes a punto de tirar comida a la jaula del orangután. No sabían qué hacer.

El viejo ventilador seguía dando vueltas y más vueltas silenciado por el escándalo. Cada vez hacía más calor y la pintura de las pestañas de Gloria corría el riesgo de empezar a derretirse. Ahora tenía una preocupación más. Mauricio se sentía acorralado pero sabía que, por el momento, él dominaba la situación. Si conseguía que todos se fueran sin llamar a la policía, dejaría libre a su compañera, soltaría la silla y seguiría trabajando hasta que dentro de un mes, al regreso de las vacaciones, todo volvería a la normalidad. Él no quería dejar de trabajar. No quería vacaciones. No quería ir a la playa, ni de viaje, ni estar tirado en casa. Quería seguir trabajando. “¿Por qué es tan difícil de entender?” Se preguntaba.

De repente, mientras Gloria trataba de mantener los párpados a medio camino y don Ramón sufría porque uno de los ordenadores seguía encendido horas después del cierre, algo inesperado provocó que Mauricio soltara a Gloria y dejara caer la silla. Los tres hombres y las dos mujeres aprovecharon para abalanzarse sobre él y dejarlo inmovilizado. “¡Lo tenemos!”, gritó Esteban.
En el suelo, Mauricio no oponía resistencia, solo se llevaba las manos a los ojos, luchando contra algo. Al abrirlos, la mosca moribunda salió dando vueltas agotada y cayó muerta en el suelo.

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