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REPORTAJE. Valle Gran Rey, el día siguiente de las dos semanas

Elblogoferoz/Paco Almagro (La Gomera).-Pasan unos minutos desde que el presidente Paulino Rivero ha comenzado una rueda de prensa para hacer balance de lo que ha pasado en La Gomera. Lleva un rato con lo de los hidroaviones y su voz es el único sonido apreciable en decenas de metros. La radio del coche, con el dial anclado en la canaria, domina el silencio que reina en el valle. Y no es una frase hecha. No se oye ni un pájaro.

En el mirador de El Palmarejo un periodista de Cuatro Televisión entra en directo en ese momento para Madrid. Mientras, una redactora se pinta los labios en el coche de alquiler para estar guapa en la siguiente conexión que hará para otra tele nacional. Comparten la unidad móvil con enlace vía satélite. La noticia lo demanda.

El primer bizcochón. Ya, desde arriba, se presume el desastre. El olor a quemado y la mancha gris ceniza que domina el fondo y los laterales del barranco, se va transformando en historias personales cuando llegamos a las primeras casas. Pasamos por el cementerio. Los cipreses del interior están intactos, y eso que el caprichoso fuego les atacó por varios flancos.

Como hago cada vez que vengo a La Gomera, paro en la dulcería ‘Laura’. La cara de Rosi, la propietaria, lo dice todo. Trata de sonreír pero no puede disimular las semanas que ha vivido.

Evacuada de su casa precipitadamente (cuando vemos el resultado del fuego entendemos las razones) ha estado varios días sin poder acceder a su negocio hasta que por fin ha podido respirar con tranquilidad. Pensaba en las 9 bombonas de gas butano industrial que equipa su pastelería y lo que hubiese podido pasar si el fuego llegaba a ellas. Y no es para menos, la dulcería está sobre una carpintería metálica que ha sufrido serios daños en la fachada, instalaciones eléctricas y en algunos equipos.

Esta mañana Rosi ha encendido el horno y está sacando las primeras hornadas de dulces gomeros. No dudamos en comprar unos cuantos y tenemos el honor de llevarnos para Tenerife uno de los primeros bizcochones – de almendras y pasas – del día. Del primer día de trabajo de una nueva etapa vital que se les abre a todos por delante. Dura, muy, muy dura.

A un lado y otro del valle la suerte y el infortunio ha sido muy dispar. Casas destruidas junto a otras intactas. Viviendas recientes que han caído bajo el fuego mientras, muro con muro, casas con decenas y decenas de años de antigüedad y carpintería de madera, están en perfecto estado.

Y el denominador común, cientos de palmeras quemadas. Un poco, bastante, o totalmente calcinadas, el fuego se cebó en ellas y en sus habitantes (de ahí el silencio aterrador de los pájaros y aves del valle).

Contenedores repletos. Coches y más coches de contratas de teléfono y electricidad tratan de reparar postes, torretas, cables, conexiones y todo aquello que ha quedado expuesto a las llamas. A un lado y otro de la carretera los vecinos están depositando enseres y objetos inservibles por el fuego. Sillas, enfriadores, juguetes, ropa, calzado, ventanas y todo lo que se nos pueda imaginar se apila en montones junto a los contenedores de basura a rebosar.

Curiosos, locales, canarios y extranjeros, observan el barranco desde la carretera. Todos hablan muy bajo. Es sorprendente lo silencioso que está todo. Cada uno lleva la procesión por dentro y los habitantes de Valle Gran Rey lamentan entre ellos las casas que se han perdido y la suerte que han tenido otras. Algunos, los más aventureros, se han metido en el mar de ceniza que inunda el cauce del barranco y comentan la altura que tiene.

Los forasteros murmuramos por lo bajito la barbaridad que el fuego pudo hacer con las vidas de las personas y la acertada orden de desalojo.

La ‘kimco’ achicharrada. En las laderas del otro lado del barranco, en los núcleos de Chele, El Hornillo, La Vizcaína o Lomo del Balo, el fuego también hizo de las suyas. La foto de lo que queda de una moto atacada por el fuego nos permite imaginar cómo fue aquello. Al igual que una cabina telefónica, de las de toda la vida, a la que las llamas reventó literalmente.

En esa zona hablamos con dos trabajadores sudamericanos de una contrata de telefonía que, con cara de resignación, nos dicen -tras impedirnos el paso al tener la carretera cortada por un camión grúa- «esto nos va llevar tres meses«.

Ramón (derecha), propietario del Restaurante El Puerto

Aquí estamos, ¡Gracias a Dios! Abajo, en el Puerto de Las Vueltas, la vida sigue igual. Los restaurantes están a tope de género y con ganas de que entre la gente y olvidar la pesadilla. Ramón, dueño del popular Restaurante El Puerto, me dice que no ha querido subir. No quiere verlo. Accede a ver las fotos de mi cámara y no sale de su asombro.

Poco a poco entran los clientes, veraneantes de la zona y vecinos de La Gomera que han venido a ver «lo del fuego», y Ramón agradece al todopoderoso que las cosas no hayan ido a mayores.

Pero la vida sigue. Mañana domingo en el Restaurante El Puerto van a añadir a la carta un rico pescado salado, guisado y encebollado. Y de postre, una contundente leche asada, hecha por ellos, con un chorretón de miel de palma.

Cuando dejo atrás Valle Gran Rey, arriba, sobre nuestras cabezas, un cernícalo grita en el cielo buscando comida. El eco del agudo chillido rebota en las paredes del barranco, rompiendo el silencio.

 

 

 

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