FIRMAS

Soñar para vivir. Por Irma Cervino

Al cruzar la puerta de la consulta, Manuela sintió como si estuviera traicionando a su marido pero, en seguida, la sensación de culpa se transformó en auténtica rabia. Llevaba años sospechando que Joaquín tenía una doble vida y quería descubrirlo de una vez por todas. Se sentó en la salita de espera y bajó la cabeza. Pensaba que si miraba a la señora que tenía frente a ella, sus ojos delatarían su desdicha y no quería que nadie se enterara de lo mal que estaba. El tiempo pasó tan lento entre aquellas cuatro paredes que cuando la llamaron, Manuela creyó que hacía más de veinte años que había entrado en aquel lugar y ya no se acordaría de lo que tenía que contar. Se levantó aturdida, fijó el apoyo de todo su cuerpo en las piernas y, ahora sí, se atrevió a mirar a la señora. Le dio pena porque su cara estaba desfigurada por el sufrimiento. “Pobrecita. Siempre hay gente peor”, se dijo para sí misma mientras abría la puerta del especialista.

– Buenos días doña Manuela, siéntese por favor. Bien, usted dirá lo que quiere que haga por usted -el hombre de pelo canoso y bigote espeso se apoyó en la mesa y puso cara de estar interesado.

– Necesito acabar con esta incertidumbre. Creo que mi marido me engaña desde hace años. Estoy casi segura de que tiene una doble vida pero no tengo pruebas, solo una sensación. Pero quiero averiguarlo de una vez por todas. Me hablaron de usted y por eso he venido -explicó Manuela dándole vueltas a su anillo de casada.

– Muy bien. Está usted en el lugar correcto para solucionar su problema. Dígame ¿por qué empezó a sospechar?

– Él nunca había sido un hombre de dormir mucho pero, desde hace un par de años, solo quiere irse a la cama y dormir. A veces ni cena porque dice que tiene mucho sueño. Y ya ni madruga. De hecho pidió en su trabajo el turno de tarde para poder dormir más tiempo. Yo creo que tiene otra vida en su sueño.

– Mmm, por los datos que me cuenta, todo apunta a ello. Ese cambio de conducta no es normal y, por mi experiencia, su marido duerme para poder estar más tiempo en esa otra vida. ¿Ha podido comprobar si tiene mujer, hijos…? -preguntó el mentalista mientras tomaba nota en unas hojas sueltas.

– No, ya le digo que solo tengo un presentimiento. Me comentaron que usted podía ayudarme a entrar en sus sueños. Es la única forma que tengo de confirmar mis sospechas -Manuela suspiró con tanta fuerza que el hombre miró al aparato del aire acondicionado temeroso de que se hubiera vuelto a estropear.

 

 

Camino de casa, le temblaban las piernas y trataba de recordar todo lo que le había dicho el especialista para poder introducirse en el sueño de su marido y poder averiguar, por fin, la verdad. Al llegar, Joaquín ya estaba allí. Apenas eran las siete de la tarde y estaba preparándose la cena. “Estoy muy cansado. Necesito dormir”, le dijo a Manuela cuando ella entró en la cocina. Ni siquiera le preguntó qué tal le había ido el día. Terminó su bocadillo, le dio una palmadita en el hombro y se fue a la cama. Manuela esperó a que se durmiera. No era complicado. En menos de cinco minutos estaba como un tronco. No perdió tiempo en ponerse el camisón y, a pesar del hambre, prefirió acostarse e intentar entrar, cuanto antes, en el sueño de su marido. Cerró los ojos, le cogió la mano, hizo un par de respiraciones profundas, visualizó la imagen de ambos y volvió a respirar tres veces más, hasta que se quedó dormida en el sueño de Joaquín.

De repente, apareció en un salón de una casa inmensa y llena de adornos antiguos. Parecía un palacio. Estaba amaneciendo y una mujer de cabello dorado salió de una habitación cercana embutiéndose en una especie de bata. Manuela fue a su encuentro.

– Hola, buenos días, ¿ha visto a mi marido por aquí? -preguntó.

– ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? Yo no… no sé quién es su esposo pero, por favor, váyase de aquí; el servicio no puede estar en esta zona del castillo, regrese cuanto antes a la cocina -le dijo la señora de la bata, que debía ser un ama de llaves o algo parecido.

– Mire, busco a Joaquín. Sé que está aquí y quiero hablar con él. Si no lo avisa usted, entraré en todas las habitaciones de este castillo hasta encontrarlo -le amenazó.

– Dios mío, señora entré en razón. Los duques están a punto de despertarse. Si le ven aquí, corre peligro su vida y la mía también. Hágame caso. Váyase.

Manuela aceptó con la cabeza y le prometió que regresaría a la cocina. Cuando la mujer se dio la vuelta, se escondió en uno de los pasillos y esperó hasta que desapareciera. Todo quedó en silencio y comprobó que estaba sola de nuevo. Entonces comenzó a mirar en todas las habitaciones en busca de su marido. Abrió, una a una, todas las puertas que se encontró en su camino pero dentro de ellas no había rastro de nadie. “Imposible, seguro que me equivoqué de sueño”, pensó. De repente, cuando la desolación empezaba a apoderarse de su pecho, una voz conocida surgió desde el fondo de uno de los inmensos pasillos de aquel castillo.

 

 

– Eugenia, ¿dónde andas? Date prisa que hoy tenemos la visita del Príncipe.

Era la voz de su marido. Por fin lo había encontrado. Sin duda había entrado en el sueño correcto. Manuela corrió en su busca.

– ¡Joaquín! ¿Qué haces vestido así? -le preguntó a su marido que llevaba una chaqueta larga con encajes y una lazada de seda al cuello.

– Disculpe señora ¿quién es usted y qué hace en mi habitación?

– Joaquín soy Manuela, tu mujer.

– Salga de aquí inmediatamente o llamaré a la guardia. Y si no le importa, cuando se dirija a mi hágalo con respeto. Soy el duque de Abona, Joaquín de Abona.

A Manuela le entraron ganas de echarse a reír, no solo por lo que acababa de escuchar sino por la pinta cursi de su marido. Sin miedo a las amenazas, se acercó al duque y trató de explicarle qué hacía allí.

– Joaquín he venido porque sé que me engañas. Estoy segura de que llevas una doble vida y por eso te pasas el día durmiendo. Quiero saber quién es la mujer que te ha apartado de mi y no me iré sin averiguarlo.

El hombre abrió los ojos y miró con más detenimiento a la mujer. “¡Santo cielo, Manuela! Pero ¿cómo has llegado hasta aquí?”

– Cariño, ¿que son esos gritos? ¿Qué pasa? -preguntó una voz de mujer desde la puerta- Pero, ¿qué hace esta criada en la habitación? Salga inmediatamente -le indicó con el brazo extendido y dejando caer hasta la rodilla una manga de seda verde.

– Yo soy la esposa de… de… del duque. Y ¿usted? -señaló Manuela con decisión.

– ¿La esposa? Por favor, señora, ¡yo! soy la esposa del duque, Eugenia de Abona -aclaró- Por favor cariño haz que se lleven a esta loca inmediatamente.

– Mire señora duquesa esto es un sueño no la realidad. En la vida real, el duque es mi esposo, así que ya puede irse despidiendo de él. Me lo llevo a casa, de donde nunca debió salir -dijo Manuela con una mirada desafiante hacia su marido.

Pero Manuela, eso no es posible yo tengo mi vida aquí también. No puedo abandonar a mi gente -se excusó Joaquín que hablaba en un tono bajo para que la duquesa no le escuchara-. Además, tengo dos hijos y no puedo dejarlos solos. Lo siento. Dentro de unas horas volveré a casa -le recordó.

– No Joaquín. Tienes que decidirte. O vuelves a casa o te quedas en el castillo. No puedes seguir con esta doble vida, sobre todo porque pasas menos tiempo conmigo, como si yo no te importara -y Manuela empezó a llorar desconsoladamente.

Aunque no entendía nada, a Eugenia se le partió el corazón al ver a aquella mujer que, seguramente -pensaba- había perdido la cabeza y creía que el duque era su marido. “Pobrecilla, pobrecilla”.
Joaquín se acercó y le susurró al oído para que la duquesa no le oyera.

– Manuela, por favor, aquí tengo a mis hijos. No puedo abandonarlos. ¿Por qué no podemos seguir como hasta ahora? Regresaré a casa cuando duerma en mi sueño. Es lo que llevo haciendo en estos años. ¿No te vale así?

– No Joaquín. No me vale así. No quiero estar con un hombre que solo quiere irse a dormir para vivir otra vida que no es la suya. Si realmente quieres quedarte aquí hazlo -y se marchó corriendo entre lágrimas por los pasillos del castillo hasta que despertó bruscamente sentada en la cama, empapada en sudor. A su lado, aun seguía el cuerpo dormido de su marido.

Manuela se levantó y fue a la cocina a poner la cafetera. Tenía claro que nunca más volvería a ver a Joaquín al que, hacía unos minutos, había dejado en aquel castillo inmenso del reino de Abona. Miró por la ventana y se dio cuenta de que aun no había amanecido. Era demasiado temprano, así que esperaría una horas para regresar a la consulta y preguntar qué debía hacer ahora con el cuerpo dormido de su marido que había decidido quedarse a vivir para siempre en su sueño.

 

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